jueves, agosto 02, 2018

exponerse


Aunque lo tenía en el radar, tarde más de la cuenta en leer este título de Lolita Bosch: Ahora, escribo, (Periférica, 2011).
Quizá la demora se deba a que lo leído de la autora española no me había entusiasmado lo suficiente, como Japón escrito y La familia de mi padre, no porque fueran proyectos fallidos, sino a razón de falta de conexión con ellos. Suele ocurrir y pienso que ya es hora que comience a subrayarse la diferencia entre lo que no te gusta de aquello que te parece deficiente. 
En este pequeño librito, Bosch traza una línea discursiva delgada y gaseosa mediante la autobiografía y el ensayo. La autora parte de un hecho triste: recordar la muerte de su padre. A partir de aquí, Bosch enhebra una serie de conceptos pautados por la pena y la memoria, que le sirven para presentarnos la trastienda que ha ido nutriendo su obra, el ánimo que la ha impulsado. En este sentido, se destaca la mesurada reflexión en relación a su escritura calmada, pero no libre de furia contenida. Por medio de esta actitud hayamos la primera riqueza de la publicación: la exposición de la sensibilidad quebrada. Sin duda, Bosch es de las autoras a las que algo le ha ocurrido y lo dice sin enunciar, siendo el propio discurso el eje protagónico de esta sensación. La segunda, la cadena de circunstancias que la llevaron a luchar contra el bloqueo creativo, que no es más que la falta de ideas (o cuando el cerebro se seca, dicen) para echar a andar una empresa narrativa. Es precisamente en estas líneas en las que se hayan los momentos más reveladores del híbrido: quebrar la no escritura valiéndose de una confrontación despiadada con la misma. Hay que ser muy valiente para haber escrito un libro así, cosa que nos satisface en estos tiempos narrativos con autores entregados a la payasada y la floritura verbal, o peor: a la narrativa de compensación.

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