martes, noviembre 27, 2018

testimonio de una adicción


El sábado pasado me reuní con un amigo. Estábamos a la espera de lo que se suponía la Superfinal del mundo, tal y como fue bautizado el encuentro definitorio de La Libertadores entre River y Boca. Más allá de ser toda una vergüenza el desenlace que conocemos, me resulta evidente que así como el argentino es un gran anfitrión, este no es ajeno a su innata capacidad para destrozar lo que ha organizado.
Cuando nos enteramos que el partido se jugaría al día siguiente, no nos quedó otra que pedir la cuenta y salir a caminar. En ese trayecto hacia el destino indefinido mi pata me preguntó por lo que estaba leyendo, “¿qué título me recomiendas?” En verdad, no supe qué contestar, mi racha de buenas lecturas no es tan buena, tampoco es algo de lo que deba traumarme, pero ese es uno de los peligros cuando abandonas el placer de las relecturas en pos de novedades a sugerir.
En principio no supe bien de qué título hablarle, pero recordé que días atrás había presentado en Escena Libre la reedición de la novela El copista de Teresa Ruiz Rosas, que no se la recomendé porque él la leyó a los dieciocho años. Pues bien, en la noche de la presentación recibí un pequeño paquete del editor de Surnumérica. Entre los títulos, cada cual con su singular atractivo, hallé el testimonio sobre su paso por las drogas del narrador mexicano Carlos Velázquez, El pericazo sarniento (selfie con cocaína)
Si mal no recuerdo, Velázquez participó a razón de esta publicación en la última edición de La Independiente. Tuvo un fugaz rebote en medios peruanos y no volví a saber de él hasta que leí este título en donde nos cuenta su experiencia con la cocaína. El lector no tarda en ser partícipe de sus peripecias, pero no por lo que Velázquez cuenta (obviedad temática), sino por la manera risueña en que lo hace. He ahí su mérito, narrar con desparpajo sin descuidar la carga reflexiva que algunos confunden por estos lares con aburrimiento y mariconada soporífera. El peligro de este tipo de proyectos es el riesgo de ser episódico (de lo ya contado) y el autor cae en ello. Para contrarrestar recurre al atavío anecdótico, estrategia que ayuda pero que no garantiza la llegada a buen puerto. En su caso lo consigue mediante oficio y maña narrativa (llámalo experiencia). Así es: estamos ante un libro irregular pero que transmite, y mucho, que deja cosas para reflexionar y cagarse de risa. Ojalá el diez por ciento de lo que se produce en materia narrativa local tuviera dosis de este fuego festivo-trágico.



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