jueves, julio 29, 2010

Luis Hernán Castañeda - EL FUTURO DE MI CUERPO - Texto de presentación

No pude asistir a la presentación de la novela EL FUTURO DE MI CUERPO (Estruendomudo, 2010), de Luis Hernán Castañeda.
Los que sí estuvieron, me dicen que la presentación estuvo muy buena; no me sorprende, he sido testigo virtual de la expectativa que ha despertado este quinto libro del autor, a quien sigo considerando el de mayor proyección de la nueva camada de narradores peruanos. Aún no leo efdmc, pero lo haré a partir de la próxima semana, de todas maneras.
El texto que leerán a continuación es el que preparó LHC y que no pudo leer por la sencilla razón de que la presentación empezó un poco tarde, como bien sabemos, los horarios tienen que cumplirse sí o sí en un contexto de feria.


“El futuro de mi cuerpo” es una novela que me tomó por asalto. La tarde del 15 de julio del año pasado, yo iba en un taxi por la Vía Expresa cuando, de repente, la semilla de esta historia, quién sabe desde cuándo alojada en regiones oscuras, irrumpió en mi conciencia. Lo sé muy bien porque ese mismo día anoté, en la libreta que después se convertiría en el diario de la novela, las características de ese embrión inoportuno: se trataba del sueño de una sensación, una tristeza profunda, desolada, que impregnaba una situación inicial: la imagen de dos personas que se miran, dos amantes frente a frente, que después vendrían a llamarse Ángel y Serena, los dos peruanos residentes en Estados Unidos que protagonizan el argumento; ellos están ahí desde hace tiempo, simplemente observándose, pues comparten una historia intensa que, pese a lo aparente, ha terminado ya, en algún momento del pasado, de manera que su presencia, al parecer sólida y real, no es más que el espejismo de un mundo perdido, la danza terca de dos fantasmas que se niegan a disolverse y admitir que no existen.
Dicho de otro modo, lo primero fue esa terrible sensación de la presencia de la muerte en la vida, o de la ausencia de vida en los que creen estar vivos, y se engañan; en las horas, días, semanas y meses siguientes, esta semilla de melancolía se transformaría en un agujero negro que atraería, absorbería y transfiguraría todo lo que saliera al paso. Como suele suceder, todas las manifestaciones de la vida psíquica se pondrían a su servicio, generando una confabulación de recuerdos, sensaciones y afectos que devendrían, gracias al esfuerzo organizador del novelista, en una escaleta de imágenes concatenadas en movimiento. El escritor Iván Thays, quien fue y sigue siendo un maestro para mí, en la literatura y en la vida, propone una imagen más bella para explicar este proceso de acopio y organización de los fragmentos que componen una obra: Iván escribe, en su novela “La disciplina de la vanidad”, que “los escritores son pájaros que acopian ramas y hojas secas sin saber bien para qué, hasta que un día saben, por naturaleza, que con esos retazos deben construir un nido, la obra literaria”.
Entre los fragmentos de vida interior secuestrados por mi nido o mi agujero negro, lo central fue el recuerdo vago de un evento, un festival muy particular que se realiza todos los años en Colorado, Estados Unidos, que es el sitio donde vivo: el Festival del Hombre Muerto y Congelado. En mi novela habría una pareja, habría una separación, habría una muerte y habría un viaje, y todo sucedería en el marco de los tres o cuatro días que dura el mencionado carnaval. De ahí partí, el resto fue llegando y acoplándose por su cuenta: aflorando en la mente, cuya misión no fue crear sino darle una estructura al caos.
El Festival del Hombre Muerto y Congelado se celebra todos los marzos en el pueblito de Nederland, Colorado, una aldea bizarra de 1,500 habitantes situada a 2,500 metros sobre el nivel del mar y a media hora de Boulder, la ciudad universitaria donde vivo desde el año 2006. ¿Por qué elegí este evento como el marco de la historia? Yo había estado en Nederland varias veces, de visita, pero nunca había asistido al festival, una celebración de la que oí hablar y descarté al instante, con una sonrisa despectiva, como una excentricidad rural del todo ajena a mis intereses. Sin embargo, algo en mí no olvidó esa leyenda local, la rescató de la intrascendencia y me la devolvió de pronto, convirtiéndola en uno de los asuntos más importantes de mi vida. ¿Cómo así, por qué y para qué? No fue, en realidad, una decisión mía; fue una asociación instantánea entre el hombre muerto y congelado y mi propia fábula de muertos en vida; una analogía realizada porque sí, en un segundo extraviado y providencial, cuyas razones profundas fueron haciéndose más claras con el paso de los meses y la reflexión post-parto de la primera idea. En un principio, todo fue confiar; luego empecé a investigar, descubrí más sobre la riquísima cultura hippie de Nederland y el carácter especial de su gente. Aprendí que, durante el mencionado festival, miles de visitantes llegan al pueblito para celebrar la memoria de Bredo Morstoel, un inmigrante noruego que vivió allí muchos años y a su muerte fue congelado de cuerpo entero con la esperanza, ilusa en opinión de muchos, de ser reanimado en algún momento del futuro, cuando la tecnología de la resurrección lo permitiera. De allí surgió el título, “El futuro de mi cuerpo”, que luego establecería lazos con varios otros aspectos de la novela.
Quizá el detalle que más llamó mi atención es que los visitantes que se acercan a Nederland para el festival tienen la oportunidad de “ver” al hombre congelado; en alguna página de internet leí, o tal vez me lo esté inventando, que se realiza un desfile en el cual la momia estelar, el imán de todas las miradas, es el cuerpo gélido del abuelo noruego, que es sacado a pasear por esas callejuelas de barro congelado, decoradas con estatuas de osos y otros animales propios de la zona, rodeada por bosques de pinos; dicho sea de paso, estamos hablando de un abuelo que, según el testimonio de sus familiares y amigos, fue un sujeto muy saludable y dedicó su existencia al ejercicio físico y a la vida salvaje. Ahora que lo pienso y que lo escribo y que lo digo, la cuestión central aquí es la posibilidad de contemplar, cara a cara, a los que están y no están; la ocasión de ver a los muertos como si fueran vivos y a los vivos como si estuvieran muertos; como si todos nosotros fuéramos fantasmas de carne y hueso, o peligrosas obras de arte que se debaten entre la vida y la muerte, entre la inmovilidad del reposo eterno, y un dinamismo precario y triste.
La idea, entonces, era hablar de esa frontera donde la vida y la muerte se tornan indiferenciables. Por algún motivo, este voyeurismo doloroso, esta forma de curiosidad vana, empezó a interesarme demasiado, “me dijo cosas” a todo nivel, y, lo más importante, despertó la máquina verbal que desea escribirlo todo. El estilo fue un resultado natural de la materia: apenas empecé a escribir la novela, en agosto del año pasado, me percaté de que una parte del trabajo sería fácil, y la otra muy difícil. Lo fácil fue la estructura: opté por una narración lineal, cuyos eventos fui imaginando uno tras otro y colocando en orden, de principio a fin. Cada mañana me levantaba muy temprano y escribía, de un tirón, la nueva escena que había planificado la noche anterior. La parte más complicada, sin embargo, fue el trabajo microscópico al nivel de la prosa. Esta labor se inició con el martirio de reescritura, que se prolongó varios meses y me llevó a juzgar todas y cada una de las 40,000 palabras que componen el texto, juntas y por separado, en el mismísimo tribunal de la perfección imposible, para determinar si respondían o no a la consigna general de la atmósfera que deseaba sugerir: yo estaba escribiendo un libro sobre la ausencia y sobre la muerte, sobre la errancia y el desarraigo, sobre peruanos perdidos en Estados Unidos, sobre parejas rotas y cuerpos torturados, sobre espectáculos macabros y grandes territorios hostiles, sobre forasteros que se enfrentan a una crueldad absurda, casi inhumana; sin embargo, el tratamiento no podía ser solemne, tenía que incorporar tres ingredientes que considero esenciales en mi escritura: la ironía, el lirismo y lo grotesco. Un corriente de lirismo perverso, otra de comicidad grotesca y una tercera de distancia humorística frente al lenguaje y al mundo, debían recorrer todas las páginas de “El futuro de mi cuerpo”. Para lograrlo, manejé un estilo ligeramente anticuado y levemente artificioso: un estilo, quizá, congelado en el tiempo y a la vez fluido, de raíz barroca y resonancias de futuro, al que siento capaz de incorporar también lo nuevo y lo extranjero, es decir, algo de esa lengua en gestación que está forjándose en ciertos lugares de Estados Unidos, gracias al contacto entre el español y el inglés.
El resultado de todo ello es la novela que les ofrezco esta noche: espero que ella sí logre resucitar, sin mucha ayuda de la tecnología, en las mentes de todos ustedes cuando la lean. La novela está dedicada a un grupo de personas muy queridas. No voy a mencionarlas aquí, pero ellas saben que sin su ayuda, este libro no sería una realidad, y además sus nombres aparecen en los agradecimientos. Por último, gracias a todos los presentes por acompañarme esta noche. Antes de dejarlos ir, quisiera leerles la última página de la novela. Se trata de una carta que Ángel le escribe a Serena, para despedirse de ella y, en realidad, de todo un mundo, de una forma de entender la vida y el arte. Digamos que “El futuro de mi cuerpo” es, entre otras cosas, una larga despedida.
Serena,
Ya ves, no podía terminar así. El caso resuelto, los detectives felices y la merecida vuelta al hogar. Dirás que me quejo porque, a diferencia tuya, yo no tengo hogar al que volver, ni tribu a la que plegarme; en parte, no te falta razón. Sé que estoy violando tu mandato al escribirte esta carta imaginaria, esta coda o comento innecesario, pero importa poco, pues no pienso enviártela ni revelarte las ideas que voy atando en mi cuaderno. Hay un joven escritor peruano en el que pienso mientras viajo en el Expreso Chihuahueño, esta vez haciendo el camino de vuelta. Los dos hemos leído sus cuentos, pero a mí me gustan y a ti no: he ahí una de las diferencias, tal vez no tan nimia como parece, que nos alejan, entre tantas otras. En una de las colecciones de cuentos del escritor, un personaje adolescente, que debe tener unos diez años menos que yo, narra un viaje en autobús que se parece demasiado, peligrosamente, al mío, porque el chico no sabe muy bien a dónde va, aunque entiende con exactitud lo que va dejando atrás: una relación determinante, la más grave y dolorosa de las que ha tenido en su vida. Mientras viaja el chico escribe en su cuaderno, va convocando ciertas imágenes perdidas, irrecuperables, que intenta fijar en su memoria, no con la intención de preservarlas de la muerte, un proyecto de cuya inutilidad incluso él es consciente, sino para conferirle cierto orden textual, cierta estructura legible, a la melancolía. En otras palabras, lo que busca es administrar su propio duelo, y, en ese esfuerzo, algo conmovedor sucede, hay una intensidad que trasciende el marco de la escena, que es, en sí misma, efectista y trillada. No sé muy bien qué es, pero está ahí y uno lo percibe; si pudiera explicarme el fenómeno, posiblemente sería fácil reproducir aquí esa conmoción y de ese modo, con un poco de suerte, lograr emocionarte, derretirte un poquito, princesa de los hielos. Sin embargo, sé que ese consuelo me está prohibido. Vivo y viviré de emociones prestadas, de textos y pretextos que han domesticado mi alma y, temo decirlo, quizá constituyen su sustancia. No me niegues que tú eres como yo: ambos somos fríos y lo sabemos. Somos dos animales de baja energía que se diferencian por saber elegir textos distintos, irreconciliables incluso, para manifestar en ellos su frialdad. Es en este paso, la distribución de gustos y disgustos, donde se rompe toda comunicación. La aventura de Nederland, que fue obra tuya y no mía, es el último testimonio de nuestras distancias en materia de lecturas, aunque, sobre todo, en el terreno de los afectos. Está bien, tendré que aceptarlo. Admito que es probable, triste y probable, que la única solución para esta inarmonía radical sea la separación definitiva; pero no quería marcharme, o mejor dicho, no quiero seguir yéndome sin antes demostrarte —es decir, demostrarme a mí mismo— que yo también soy capaz de imaginar mis despedidas. Así que ésta es mi despedida, la que te ofrezco sin que lo sospeches, mientras la estúpida máquina hacedora de futuros, que solo sabe viajar en línea recta hacia ninguna parte, continúa poniendo tierra de por medio. De este modo sabrás que antes de que fuera demasiado tarde, antes de que toda relevancia cesara, me atreví a intentarlo, me lancé a susurrarte a través del desierto que, concluida esta aventura, apenas extraigo de ella una humilde certeza. Me pesa la convicción de que la vida está en otra parte, de que su imposible esqueleto de luciérnagas nunca estuvo entre nosotros y nosotros nunca respiramos en su ámbito, por cobardía, por incapacidad, porque allá lejos y hace tiempo, alguien, algo, nos congeló el corazón, lo transformó en ese nido de fantasmas del que nacen las historias. ¿Es nuestro hijo muerto, su cuerpecito helado, una prueba de nuestra ineptitud para vivir, una síntesis de nuestras falencias personales? ¿Estamos condenados a deambular por este país sin encontrar, nunca, un hermano pastor? No lo sé, pero una vez más, es muy poco lo que sé, aunque por ahora esta célula de saber me basta y me sobra: casi no puedo con ella. Dejo de escribir, atravesado por la amargura de intuir que no he articulado las palabras correctas. Será que ellas no están en mí, que me abandonaron una noche sin que yo me diera cuenta, tal vez la noche en que creí cruzar esa frontera que nunca se termina de abrir; o será que nunca me pertenecieron de verdad. Ojalá esas palabras, esas que sangran unas dentro de las otras, se encuentren allá, en el lugar al que me dirijo: esperando que las busque, las reclame y las haga mías.

Booktrailer: PÁLIDO CIELO, de Alonso Cueto

Entrevista a Miguel Gutiérrez en La función de la palabra

No suelo ver el programa de televisión de Marco Aurelio Denegri, La función de la palabra, pero como hace un tiempo le hizo una entrevista a Miguel Gutiérrez, consigno entonces los videos de la misma, cosa que así vamos esperando la edición definitiva de LA VIOLENCIA DEL TIEMPO.

Booktrailer: FANTASMAS DEL AZAR, de Fernando Ampuero

A veces, solo a veces, la madrugada limeña te depara sorpresas...

martes, julio 27, 2010

Taller gratuito: Cómo pasarla bien leyendo la poesía medieval. El caso de Razón de Amor

Tomado de aquí

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Fecha: Jueves 5 de agosto, 3pm a 5pm.
Lugar: Casa de la Literatura Peruana (ex Estación Desamparados, Centro de Lima)
Costo: Gratuito (previa inscripción)
Vacantes: 22
Acerca del Taller
La literatura antigua y especialmente la literatura medieval suele asociarse con erudición y tediosos comentarios filológicos. En este taller quiero presentar un enfoque alternativo que anime a los interesados a fijarse en los textos medievales de otra manera, buscando el asombro que hay en su simbología, entendiendo sus inesperadas conexiones con el presente y, sobre todo, procurando una lectura inspirada en el placer. Para disfrutar este taller, solamente se necesitan las ganas. No importa que nunca hayas leído literatura medieval. Si sabes muy poco y quieres comenzar a saber más yendo más allá de los enfoques filológicos, este es el taller para ti.
En este taller entonces vamos a enfocarnos en el conocido poema castellano llamado “Razón de Amor” a fin de comprender algunas claves para entender la poesía medieval peninsular. A pesar de su singularidad (se conserva una sola copia manuscrita), “Razón de Amor” es uno de los textos más antologados de la tradición lírica castellana pero es mucho más que eso: es un poema sumamente lúdico que discute, en clave humorística, la poderosa sexualidad de los clérigos y afirma la superioridad de sus habilidades como cortejador, amante y escritor sobre la de los caballeros. Menos que un poema de amor, se trata de una sátira del amor cortés y una victoria simbólica de las letras sobre las armas. El terreno de esta batalla es el cuerpo de la mujer y el cumplimiento de su gloria es el goce erótico.
Quiero demostrar cómo el conocimiento de los detalles sobre dónde y cómo fue escrito este curioso texto y sobre el espacio secreto que ocupa dentro del manuscrito, puede ser el punto de partida para entender quiénes y de qué manera se divirtieron escribiendo y leyendo este poema. Pero lo más importante: quiero que leamos este poema compartiendo el goce y la alegría de los clérigos aragoneses que lo ocultaron para sí en su libro de sermones y quienes jamás pudieron haber pensado que en el siglo XXI podrían tener cómplices.
El requisito para entrar en este taller es tener interés en el texto y estar dispuesto a leer crítica y lúdicamente. No es necesario el conocimiento previo de la historia o la literatura medievales. Se trata justamente de acercar el asunto a aquellos que tienen curiosidad en él, aunque no hayan tenido la oportunidad de investigarlo.
Inscripciones:
Enviar un correo electrónico a relit@peru.com con la siguiente información:
- Nombre completo (nombre y apellidos)
- Edad
- Ocupación (Profesional o Estudiante)
- Centro de Estudios y nivel: (Indicar en qué ciclo-año o si ya es graduado)
- Teléfono
- Correo electrónico
- Comentar ¿Porqué le interesa el taller? (en máximo 4 líneas)
La inscripción es abierta. La únicas condiciones para inscribirse son: ganas, interés y estar dispuesto a compartir tus ideas.
Los primeros 22 inscritos recibirán una confirmación de participación y la lectura “Razón de amor” (4 páginas) por correo electrónico.
Sobre el expositor
Mi nombre es Daniel Salas Díaz. Soy doctor en literatura hispánica por la Universidad de Colorado en Boulder. Mi tesis doctoral se llamó “El tejido del presente: La manufactura del tiempo, la historia y los nuevos cristianos en la España de los Austria (1569-1619)” y versó sobre la escritura de la historia relacionada con la conversión en el Perú y Granada. He enseñado en la Universidad Católica (como asistente de docencia), en el Instituto Peruano de Publicidad, en la Universidad Peruana Cayetano Heredia, en University of Colorado at Boulder (como instructor de Español) y en Colby College. El siguiente año trabajaré en Indiana University como visiting lecturer. Soy un convencido de que la literatura debe estar enfocada principalmente en la búsqueda del placer. Invito entonces a todos los que compartan mi pasión a este taller. Como repito, no es necesario tener ningún conocimiento previo del asunto, pero sí las ganas de divertirse, de comentar y de aprender.

Novelón: JUEGOS SAGRADOS, de Vikram Chandra

1200 páginas que se leen en dos días.

lunes, julio 26, 2010

Lunes 26: Presentación de SONATA PARA KAMIKAZES, de Giancarlo Poma Linares

El Banco Central de Reserva del Perú tiene el agrado de invitar a usted a la presentación de la novela ganadora del XIII Premio de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro:
SONATA PARA KAMIKAZES de Giancarlo Poma Linares que se realizará el lunes 26 de julio, en la sala Ciro Alegría, de la Feria Internacional del Libro.
Presentarán la novela los doctores Eduardo Hopkins Rodríguez y Marcel Velázquez Castro
Lima, julio de 2010
Parque Próceres de la Independencia
Avenida Salaverry, Jesús María.
Hora: 8:15pm.

viernes, julio 23, 2010

Viernes 23: Conversatorio entre Leonardo Valencia (Ecuador) y Carlos Calderón Fajardo (Perú)

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El escritor ecuatoriano Leonardo Valencia es uno de los autores más importantes de la literatura contemporánea latinoamericana. A su paso por Lima, para participar en la Feria Internacional del Libro, el escritor será recibido como visitante ilustre en la Casa de la Literatura Peruana y participará en una actividad.
Junto al peruano Carlos Calderón Fajardo, el viernes 23 de julio, a las 6:30 p.m., el escritor participará en el conversatorio “El síndrome de Falcón: un libro que un peruano debió haber escrito”. El título del conversatorio hace referencia al libro de ensayos que Leonardo Valencia publicó en el año 2008. La mesa estará conducida por el joven escritor Gabriel Ruiz Ortega. La cita es en el auditorio de la Casa de la Literatura Peruana (Jr. Ancash 207, antigua Estación de Desamparados). El ingreso es libre.
El síndrome de Falcón es un libro muy celebrado ya que el autor entabla un diálogo frontal con la tradición literaria ecuatoriana, expresada en obras canónicas de los sesenta como Entre la ira y la esperanza de Agustín Cueva. Valencia invita al lector a explorar e incorporar un legado literario universal, a través de textos que recorren la obra fundacional de Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Vila-Matas, Aira, Juarroz y Ribeyro y, también las más distantes de Ishiguro, Lampedusa, Buzzati y Adonis, que Valencia convierte en cercanas y sugerentes.
Leonardo Valencia (Guayaquil, Ecuador, 1969) vivió en Lima entre 1993 y 1998. Ha publicado el libro de cuentos La luna nómada (1995), por el que ha sido incluido en varias antologías internacionales. A su vez, ha escrito las novelas El desterrado (2000), El libro flotante de Caytran Dölphin (2006), el libro de ensayos El síndrome de Falcón (2008) y su novela más reciente Kazbek, que cuenta con varias ediciones en España, Argentina y Ecuador. En la actualidad dirige el Laboratorio de Escritura y es editor de la revista www.comunidadinconfesable.com.
Para mayor información comunicarse con la Srta. Alessandra Tenorio, Responsable de la Oficina de Imagen Institucional, a los teléfonos: 426 2573 / 990977993.
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ALESSANDRA TENORIO CARRANZA
Jefa de Imagen Institucional y RR.PP. de la Casa de la Literatura Peruana
Oficina: 426 2573
Celular: 990 977993

Fernando Ampuero en El Malpensante

jueves, julio 22, 2010

Jueves 22: Presentación de EL FUTURO DE MI CUERPO, de Luis Hernán Castañeda


Jueves 22: 19:00 - 20:00
Lugar Feria Internacional del Libro de Lima - Sala Blanca Varela
Parque de Los Próceres de la Independencia - Jesús María (Alt. cdra. 17 Av. Salaverry)
Lima, Peru
Presentadores: Jeremías Gamboa y Johann Page
Sobre la novela:
En "El futuro de mi cuerpo", la última novela de Luis Hernán Castañeda, descubrimos un cadáver congelado que es una atracción turística, una localidad insólita y excéntrica a muchos metros sobre el nivel del mar, una pareja en crisis que juega a esclarecer un misterio y un celaje sospechosamente andino sobre el paisaje desaforado de las Montañas Rocosas. No hay arbitrar ...iedad ni capricho en ese retablo de las fantasías y los temores que, con diestra artesanía, construye Castañeda: la errancia --que José María Arguedas llamó, apropiadamente, “el forasterismo”--, el dolor y la violencia racistas, el placer de los rituales y el fulgor sombrío de las esperanzas mesiánicas pasan por el filtro de una comicidad delirante y un lirismo perverso. Alto y riguroso ejercicio creativo, "El futuro de mi cuerpo" es una obra singular, pero no aislada: en ella, los fantasmas de la cultura peruana emigran a una realidad alternativa cuya verdadera geografía no es la de los mapas, sino la de las mentes. Se trata, sin duda, de un ejemplar de esa especie rara: el divertimento lúcido, la obra de imaginación que anima el pensamiento.
(Peter Elmore).
"Mientras más lejos parece el Perú en esta historia, más próximo acecha al lector (y a sus personajes). Cuando más distinta es la violencia de este escenario (el medio oeste norteamericano), más visibles los trazos comunes entre todas las formas de beligerancia que habitan lo humano. Cuanto más extraños e inusitados lucen los personajes y sus acciones, más cercana la sombra que proyectan sobre el ánimo de quien se encuentra con ellos, en las páginas de esta novela. Relato misterioso y de nerviosas anticipaciones, hecho de fragmentos de memoria y proyecciones del subconsciente, en "El futuro de mi cuerpo" todos los objetos materiales y las personas de carne y hueso parecen reclamar su condición de fantasmas y todos los fantasmas quieren ser reconocidos como seres objetivos y palpables. Esta novela de Luis Hernán Castañeda involucra al lector en problemas que van mucho más allá del espacio y el tiempo de la ficción. Quienes quieran encontrar en ella un retrato vívido aunque no poco enrarecido de la sociedad semi-rural estadounidense, lo hallarán en el Festival del Hombre Congelado, en esta dura trama de caracteres insólitos, en las callejuelas de Nederland, en el aire espectral pero vivo de Colorado y los rostros secos de los pasajeros del Greyhound, entre las Montañas Rocosas. Quienes quieran descubrir aquí una reflexión sobre la omnipresente ubicuidad de la muerte y la constante persecución del mal, no tendrán otra salida que convivir con ellas en cada línea. Una de las mejores novelas peruanas de los últimos años, sin duda alguna."
(Gustavo Faverón Patriau).

martes, julio 20, 2010

Martes 20: Presentación de SUEÑOS BÁRBAROS, de Rodrigo Núñez Carvallo


Tomado de aquí.

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La editorial Peisa presenta la nueva novela del escritor peruano Rodrígo Núñez: Sueños bárbaros. La cita es el martes 20, a las 7:30 p.m., en La Noche (Av. Bolognesi, Barranco). Los comentarios estarán a cargo de Marcela Robles, Luis Hernán Castañeda y Pierre Vandoorne. Luis Hernán ha adelantado que se trata de una novela a todas luces interesante.

Contra Saramago

Caminaba con un par de amigos hacia el minimarket del grifo de Schell con la Vía Expresa. El objetivo: una botella de Jack Daniel´s, cigarros, palillos, bolsas gigantes de papitas Lay´s y demás cosas con las que puedas celebrar una buena labor cumplida.
Como estos dos amigos son buenos escritores –y no lo digo porque sean mis amigos-, y de paso también grandes lectores, nos pusimos a hablar de literatura mientras llegábamos al minimarket. La conversa de cuando en cuando estuvo pautada por largos silencios, debido a las preguntas que se formulaban en el fragor de una conversa literaria, y cuando se tocó el tema sobre la obra de José Saramago, no tuve mejor opción que cobijarme en el más puro de los mutismos, y lo hice no porque no hubiera leído la obra del renombrado portugués –hacía una semana que había fallecido-, sino porque lo que leí de él no fue lo mejor, recordaba que sus libros no me decían nada, que no me llevaban a la más mínima reflexión, es que en la época que los abordé tenía la pésima de costumbre de terminar sí o sí las publicaciones que empezaba a leer, felizmente ahora me he vuelto más arbitrario, a las novelas, por ejemplo, les doy un margen de tolerancia de cuarenta páginas, si me enganchan, las termino, si no, pues hasta nunca, y me va bien aplicando este filtro porque siento que leo mejor y muchísimo más que antes.
En este sentido, acepto que no conozco de Saramago lo que debería conocer. Para que tengan una idea, aún no abro las páginas de EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS, que a decir de muchos es su obra maestra. Este conocimiento sesgado del escritor no me ha impedido dar cuenta de los textos que sobre él he reproducido en este blog, me consta que no pocos lo admiraron por su dimensión humana y por su poética.
Me puse a buscar un texto que estuviera a tono, aunque sea en algo, con estas líneas, y encontré el recomendable Contra Saramago, de Ricardo Bada, publicado en la excelente revista Frontera D. Por lo visto, Bada tampoco leyó EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS, ni siquiera la menciona.


Al enterarme de la muerte de José Saramago, mi primera reacción fue escaquearme del tema. Pero luego pensé que siempre es bueno que en la hora de los ditirambos y de las jaculatorias no falte la voz de un abogado del diablo. Con lo cual queda claro, implícitamente, que José Saramago nunca ha sido santo de mi devoción. Y si bien hay un dicho decidero (Unamuno dixit!) según el cual de mortuis nihil nisi bonum, jamás lo he admitido en mi fuero interno. Con ese criterio, no se podría hablar mal ni siquiera de los peores déspotas.
Lo que me resta, pues, será justificar –rectifico, testimoniar– mi contra a Saramago.
En 1972, cuando le concedieron el Premio Nobel de Literatura a Heinrich Böll, su modesta reacción fue preguntar: "¿A mí sólo? ¿y no con Günter Grass?" En 1998, cuando se lo dieron a Saramago, la primera reacción que esperé de él fue que preguntase: "¿A mí sólo? ¿y no con Jorge Amado?"
Y es que éramos muchos los que pensábamos que si por fin, al cabo de un siglo, la Academia Sueca se dignaba acordarse del idioma de Camões, debiera haberlo hecho dividiendo el premio entre Portugal y Brasil. Y si bien era evidente que en Portugal (pormenor –¡pormayor!– de mucho peso que entretanto parece haberse olvidado), igual o bastante mejor que a Saramago hubieran podido otorgárselo a Augustina Bessa Luis, a Cardoso Pires, a Lobo Antúnes o a Miguel Torga, también era evidente que en el Brasil, muertos Drummond de Andrade y Guimarães Rosa, el único Nobel indiscutible era Jorge Amado.
Hasta aquí la cosa sólo nos incordiaba a quienes hubiésemos esperado una mayor grandeza de ánimo en un escritor de tanto fuste, y además comunista convicto y confeso. Pero es que muy poco después, preguntado directamente acerca de si no le parecía que el Nobel debiera haber sido compartido entre él y un autor brasileño, Saramago reaccionó con la vehemencia de un defensor del Santo Grial del idioma: no, y mil veces no, el idioma portugués era oriundo de Portugal y en justicia sólo un autor portugués –modestamente omitió añadir que él mismo, ça va sans dire!– tenía que ser galardonado primero en Estocolmo. Una actitud tan abierta, tan desvergonzadamente metropolitana, esto es, tan colonialista, que si no fuera para echarse a llorar, hubiera tenido uno que reírse de buena gana.
En mi caso llovía sobre mojado porque a mí Saramago, pasado un primer deslumbramiento pasajero por Memorial do convento, nunca me gustó. Ni como escritor ni como persona. Y lo había conocido muy de cerca, en casa de su agente literaria alemana, la inolvidable Ray-Güde Mertin, donde nos reuníamos en las vísperas de la feria del libro de Fráncfort, y donde Pilar (la esposa de JS) y yo, ambos andaluces, éramos los indiscutibles animadores de las veladas, turnándonos en contar chistes casi sin respirar. Una vez, además, los atendí como cicerone acá, en Colonia, y otra vez les tuve que echar una mano durante el estreno mundial en Münster de una ópera de veras horrenda, con libreto de Saramago. Divara se titula ese engendro, que lo es más aún por la partitura que por el libreto, todo hay que decirlo, no me duelen prendas.
¿Por qué no me gustaban ni su persona ni su obra? Su obra porque no logré conectar con ella, pero eso, naturalmente, no es culpa suya, sino también mía. Ocurre que siento un rechazo innato hacia toda escritura que se pretende importante, trascendente, necesaria, y en último término depositaria de la verdad absoluta. Y eso lo he sentido siempre leyendo los libros de Saramago, una vez pasado aquel primer deslumbramiento en el que jugaba un papel no desdeñable la simpatía asimismo innata que he sentido desde niño por todo lo portugués. (En la casa de mis padres en Huelva, en los tiempos del primer y más brutal franquismo, lo que más se oía era Radio Lisboa, un modo contestatario subliminal, una legítima defensa acústica frente a la dictadura propia, si bien con otra ajena, pero con un talante más civilizado y en un idioma que es la verdadera lengua de los ángeles... desde que cruzó el Atlántico).
Y por lo que se refiere a la persona, lo que me producía rechazo es la transferencia osmótica de ella a su literatura, y viceversa. Sobre todo viceversa, y más aún desde que en Estocolmo dieron el traspié, y le recayó a Saramago sobre los hombros el peso de esa púrpura que el entrañable José Cardoso Pires, por ejemplo, hubiese usado como impermeable. O como bata para andar por casa. Esto, desde luego, después de preguntar, si le hubiesen concedido el Nobel a él: "¿A mí sólo? ¿y no con Jorge Amado?” Porque la diferencia de estatura moral suele ponerse en evidencia donde menos se la espera, que es allí donde salta la liebre.
Llegaré más allá y seré todavía mucho más insoportable y reprobable, dejando de atenerme al políticamente correcto de mortuis nihil nisi bonum, pero lo diré: lo que en último término me producía más rechazo en Saramago era sentirlo como un santón. Desde siempre he desconfiado de los sartres [sic, para que no haya dudas], y qué duda puede caberme de que el autor del Viaje a Portugal se creía el sartre lusitano, si me pongo a considerar que un libro que cualquier otro autor hubiese titulado Viaje por Portugal, él lo trascendió por el uso mayestático de una preposición develadora.
Soy consciente, plenamente consciente, de lo injusto que puede parecer el testimonio que dejo en estas líneas. Pero también lo soy de que «en este mundo traidor / nada es verdad ni mentira, / todo es según del color / del cristal con que se mira», y aquel con el que yo lo miro es el mío, de manera que no engaño a nadie. Tengo entre mis mejores amistades algunas que se han expresado en público muy doloridas por la pérdida de Saramago, a quien amaban y admiraban. Sólo puedo decirles que gracias a la despreciable y cristianísima necrológica del órgano oficial del Vaticano, la verdad es que ahora me cae simpático.

Cueto: Secretos de Familia

En la edición del domingo 18 en Perú 21, se publicó Cueto: Secretos de Familia, artículo de José Miguel Oviedo sobre la novela LA VENGANZA DEL SILENCIO, de Alonso Cueto.
Me gustaría decir algunas cosas de la mencionada novela, pero aún no la leo. Sin embargo, me parece sumamente acertado que el escritor homenajeado de la próxima Feria Internacional del Libro 2010 sea Cueto, que a punta de pujanza, talento y honestidad ha sabido ganarse un lugar de privilegio en la narrativa latinoamericana contemporánea.


Basta leer las primeras líneas de La venganza del silencio (Lima: Planeta, 319 p., 2010), la última novela de Alonso Cueto, para entrar, sin preámbulos, en el núcleo de la situación que desencadena todo:
“Recuerdo una sombra, el estallido de luz, las palabras de mi tío Adolfo.
–Antonio, ha pasado algo. Tus padres han tenido un accidente. Ven conmigo.Ven” (página 9).
Así, súbitamente, Antonio, el protagonista y narrador de esta historia, se entera (y nosotros con él) de que a los diez años ha perdido a sus padres y que ahora va a vivir en casa de sus tíos Adolfo y Adriana. Su adaptación a la nueva realidad familiar no es particularmente difícil porque es acogido y protegido por la pareja como si fuese un hijo. Además, se trata de un hogar muy confortable, que refleja bien el poder económico de los Hesse, que, como dueños de un banco, pertenecen a la alta burguesía limeña. Todo parece cómodo en la lujosa casa presidida por la matriarca Adriana, que rige ese tranquilo mundo privado con sus ritos de almuerzos dominicales, hábitos y tradiciones inalterables a lo largo de los años.
Pero esa es solo la apariencia pues debajo de las buenas maneras y el decoro de la numerosa familia de tíos, sobrinos, primos y otros parientes, vemos surgir secretas tensiones, diferencias y frustraciones. Una de ellas –y quizá la principal– es la que se abre entre la matriarca, que encarna los viejos valores de su clase, y su marido, Adolfo, cuyo origen provinciano y la sospecha de que su amor por ella escondió en algún momento una forma de arribismo social, que él trata de paliar con sus bromas y otros gestos simpáticos. También vamos enterándonos de que hay una sorda pugna entre los que quieren ganar dinero vendiendo sus acciones a otro banco y los que prefieren “modernizarlo” y seguir siendo sus dueños exclusivos.
Por su parte, el joven Antonio y el tío Adolfo han establecido una especial relación con el chofer Venus (su padre le puso ese nombre creyendo que era el de un dios, no una diosa), que cruza las barreras de posición, origen y raza, pues Venus es negro. Los dos aceptan asistir a una fiesta en casa de este; ese ingreso a un mundo popular para ellos casi del todo desconocido o remoto, les produce una especie de inesperada fascinación; gran parte de eso se debe a la atracción casi magnética de Lorena, la hija de Venus. Poco tiempo después, Adolfo y ella inician una relación amorosa clandestina que acaba trágicamente con un balazo mortal en plena calle.
En este punto es prudente –pensando en el posible lector de la novela– no revelar más detalles sobre el resto de la historia porque, a partir de allí, se convierte en una pesquisa por saber quién es el asesino, proceso que no conviene adelantar. De este modo, el tema de la familia –uno de los constantes motivos de la literatura de todos los tiempos, desde Sófocles hasta Cien años de soledad– se entrecruza con el diseño propio de la novela policial, género que Cueto ha cultivado en Deseo de noche y otras narraciones. Su arte para atrapar al lector, no soltarlo y casi no dejarlo respirar gracias a un hábil manejo de la intriga es notable y alcanza lo que es esencial en una novela: entretenimiento e interés constantes, sin que lo primero quiera decir que esta historia sea ligera o banal; al contrario: ofrece un profundo análisis de la conducta humana enfrentada a situaciones que plantean dilemas morales difíciles de resolver.
La trama va tejiendo una tensa red de continuas y crecientes complicaciones, de giros inesperados que abren nuevas perspectivas, de expectativas frustradas, de dilaciones fríamente calculadas, de pistas falsas y de otras trampas que el novelista le tiende al lector, casi jugando a frustar o a alentar sus sospechas sobre el posible culpable. La nómina de implicados es larga, pero el desenlace, que solo llega en el capítulo XVIII con lo que nos cuenta Venus, es una sorpresa total: la persona culpable no figuraba en esa lista, lo que demuestra la destreza del autor para manejar el suspenso y atar bien las hebras de la intriga.
Lo que está más allá o por debajo de la indagación de la verdad a la que se entrega Antonio, quien opera como un 'detective’ aficionado y cuyas conjeturas y teorías están estimuladas –como él mismo reconoce– por sus lecturas de novelas policiales, es algo sustancial para la historia; hay un velo de silencios entre los Hesse que encubre secretos nunca confesados, pequeños crímenes morales que su poder económico y prestigio social a la vez permiten y niegan. Sus relaciones internas están teñidas por frustraciones o recelos con algún otro miembro de la familia y que deciden disimular para bien de todos.
Estas calladas intrahistorias alcanzan al propio Antonio, quien llegará a enterarse de que el accidente en el que murieron sus padres y que decidió su destino, tal vez –y solo tal vez– fue el resultado de una pelea por celos entre los dos, precisamente con uno de los hermanos de Adriana. Como buscando una defensa contra el mundo exterior, hay cierta tendencia endogámica entre ellos, lo que parece confirmarse cuando Antonio decide casarse con Sonia, su prima hermana.
El retrato de la casona de los Hesse, con su elegancia algo sombría o rigurosa, crea una atmósfera muy intensa, casi de realidad viviente, poblada por los fantasmas que convoca la imaginación de Antonio. La caracterización de los personajes (con la ayuda de sus inflexiones del habla local) es igualmente intensa y convincente, aunque es justo señalar que la tendencia a la adjetivación paradójica (un rasgo del estilo de Cueto) a veces resulta excesiva, como cuando dice que Sonia “era una chica fea y a la vez una de las mujeres más atractivas que yo había visto” (107). Igualmente cabe decir que, pese a estar bien tejida, hay en la intriga policial algunas incidencias que están al filo de lo inverosímil, como el hecho de que Lorena deje a la puerta de la casa de los Hesse los regalos que Adolfo le hizo. Nada de esto impide afirmar que los méritos literarios de la novela son, sin duda, poco comunes.

lunes, julio 19, 2010

Cazadores de nazis en América Latina: Klaus Barbie, el carnicero de Lyon

Desde hace algunas semanas viendo siguiendo de manera casi enfermiza los especiales Cazadores de nazis en América Latina, que se emiten los lunes en la noche por Nat Geo.
Como supondrán, se trata de reportajes de casi una hora en los que se nos detalla la persecución, y en contados casos ejecución, de los jefes militares nazis que huyeron hacia América Latina a medida que los aliados iban aplastando a las fuerzas hitlerianas a fines de la Segunda Guerra Mundial. Estos mandamases nazis eran los responsables de las matanzas de judíos en los campos de concentración.
En el último capítulo de estreno se dio cuenta de cómo se capturó a Klaus Barbie, conocido también como El carnicero de Lyon.
Pues bien, hace algunos meses reproduje un artículo del sociólogo Nelson Manrique, en el texto se intentaba brindar mayores luces sobre la posible participación nazi en el asesinato del millonario empresario pesquero Luis Banchero Rossi, acaecido en 1970. Este artículo sintoniza con uno de los puntos de Guillermo Thorndike en EL CASO BANCHERO, en donde también se baraja la posibilidad de la injerencia nazi en dicho asesinato, esto tendría mucho asidero lógico ya que, a pesar de los años transcurridos, a pocos nos convence cómo Juan Vilca, un hombrecito de casi metro y medio, pudo torturar y dar muerte a un hombre de contextura atlética y de poco más de metro ochenta de estatura.
En el artículo se abordaba principalmente la figura del alemán nacionalizado boliviano Klaus Altman, quien habría mandado asesinar a Banchero en venganza por el “soplo” de este con los cazadores nazis Serge y Beate Klarsfeld, a los que también envío una fotografía que confirmaba que el vecino de Santa Clara era pues el mismo Klaus Barbie.
En el especial no se menciona, ni por asomo, a Banchero, solo se consigna un mezquino “recibimos una llamada de Lima, Perú”.
Para variar, el gobierno militar peruano, para no verse en un escándalo internacional, se prestó a la chanchada de escoltar a Barbie hasta la frontera con Bolivia. Esta jugarreta no desanimó a los Klarsfeld, que después de varios años de lucha, lograron llevar a juicio al carnicero, a quien encerraron en la cárcel de Lyon, en el mismo lugar donde ordenó ejecutar a miles de judíos.
A continuación, los cinco videos del reportaje sobre la captura de Barbie. Imperdible.






viernes, julio 16, 2010

Artículo de Carlos Calderón Fajardo: La novela moderna no europea: Arguedas, Kundera, los zorros


Los artículos que Carlos Calderón Fajardo publica en su columna Bloc de Notas en Letra Capital son ahora quincenales, si es que aún no lo saben. Yo los voy a reproducir los viernes. El que motiva el post se titula: La novela moderna: Arguedas, Kundera, los zorros.
Antes de dejarlos hasta el lunes, quiero expresar mi admiración pública hacia CCF. Acabo de leer su última novela LA NOVIA DE CORINTO (Altazor), con la que he vuelto a los años más felices en los que vivir, en la experiencia de la palabra, una aventura lo era todo para mí. No me equivoco en catalogarla desde ya como la mejor novela breve del 2010; claro, puede sonar un tanto prematuro, de hecho otros autores peruanos publicarán, imagino, novelas breves, empero, el pico que ha puesto CCF es muy pero muy alto.
LA NOVIA DE CORINTO la podrán adquirir en el stand exclusivo que tendrá la editorial Altazor en la Feria del Libro.


El día que se suicida José María Arguedas en la Universidad Agraria, minutos antes había almorzado con Luis Alberto Ratto. Cuenta Ratto que en ese almuerzo, el escritor había comentado con entusiasmo sobre el Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, al parecer el último libro que Arguedas leyó en su vida. Curiosamente, Gargantúa y Pantagruel, es para Milán Kundera, el libro con que se inicia la novela europea moderna.
Para Kundera novelas escritas por escritores no europeos son novelas europeas escritas fuera de Europa por escritores no europeos. No estoy de acuerdo con esta afirmación. Existe una novela moderna no-europea, escrita por novelistas con una identidad no europea, una sensibilidad surgida de una cultura y un paisaje que no es el europeo, y que enfrentan problemas históricos que no son europeos.
La idea que la novela es la expresión artística por excelencia de la modernidad europea es también debatible. ¿Si no hubo modernidad en América Latina, entonces de dónde salió nuestra novelística auténticamente moderna? Una respuesta posible es que en América Latina se produjo otro tipo de modernidad, una que generó un tipo de novela moderna no-europea. Rulfo, Asturias , García Márquez y Arguedas, entre otros, crearon una novela no europea de un nivel estético original y de alcance universal.
Arguedas es un escritor moderno de este tipo. Él se llamaba a sí mismo: un hombre “quechua moderno”. El Zorro de arriba y el zorro de abajo no solo es una gran novela sino testimonio novelesco de la crisis de la novela no-europea en su intento de representar la realidad en los márgenes de occidente. Arguedas no elige al azar a Chimbote para escenario de su novela. Había viajado a ese puerto norteño a efectuar un estudio antropológico por encargo de la Universidad Agraria. Encontró en el puerto norteño el escenario perfecto para lo que deseaba expresar en su última novela: las consecuencias que ocasiona la gran industria moderna en la destrucción de la identidad y la cultura andina pre-moderna. Al insertar Arguedas su diario en la novela, donde narra como se procesa su suicidio, el novelista nos cuenta sobre la rajadura en su sensibilidad y en su inteligencia, y da testimonio de la crisis final que produce la imposibilidad de la forma novelesca para enfrentar a la realidad social y a los problemas personales. En su última novela José María Arguedas parece decirnos no que la novela como género no sólo ya no puede dar cuenta de la realidad destruida, devastada por la modernidad sino que la novela ya no sirve para realizar el que fue su sueño personal, su proyecto de vida: el encuentro de la cultura occidental y la cultura andina en una misma forma expresiva.

Rafael Inocente sobre la novela RETABLO, de Julián Pérez

Días atrás recibí un mail del narrador Rafael Inocente, en el que me pedía que posteara su reseña sobre la novela RETABLO, de Julián Pérez.
Como conozco la novela, a decir verdad una gran novela, accedí a publicarla. Sin embargo, le comuniqué a Inocente que iba a editar la reseña, ya que en ella había frases que podían ser chocantes o incomodas para terceros, a uno de ellos lo admiro mucho como escritor. Inocente me dijo que no había problema y que editara todo lo que creyera conveniente.
Ahora, si alguien quiere ver publicada su reseña en este blog, adelante, pero eso sí, solo dos condiciones: 1) que el texto sea exclusivamente del libro (no tengo tiempo para estar editando lo que no debería) y 2) el texto debo conocerlo, ya que en lfdls posteo lo que me gusta o me parece interesante, aquí no se difunde sebo de culebra.
Pienso que todo aquel que se precie de buen lector, debe leer sí o sí RETABLO. No sintonizo con las ideas políticas desplegadas en la novela; pero en realidad qué importa eso, lo que me queda claro es que se trata de una estupenda proeza narrativa.

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Quizá para algunos el vocablo retablo evoque nada más —pero nada menos— a las famosas artesanías ayacuchanas representativas de la complejidad de un mundo hoy casi inexistente en el Ande peruano. Para cualquier muchacho desnutrido en los tugurios húmedos de Lima, el término retablo le hará añorar seguramente la zona más nórdica de Comas, aquel garbanzal de discotecas, pubs y chiquillas aligeradas de ropa y modales que deforman sustantivos con el sufijo ex (Jorgex, Carlex, Retablex, amix) y se revuelcan con chiquillos alfondohaysitio al ritmo de la ortocumbia (de Tarapotooo, Peerúuu) mientras bailan por un sueño, ribeteado de celulares chinos, autos relucientes y estadísticas mandraqueadas. Pero pocos, muy pocos, sabrán que Retablo es el título de una de las mejores novelas escritas en el Perú en los últimos años, concebida por el ayacuchano Julián Pérez Huarancca (1954).
Empecé a leer Retablo en el baño, a mucha honra. Y ya veo las sonrisas cachacientas. No es el consuelo intelectual del constipado, esto de leer en el baño. Es en el excusado en donde quienes disponemos de escaso tiempo enriquecemos el espíritu. Además, como que resulta gratificante intercambiar el producto del catabolismo, por uno de carácter intelectual, mucho más valioso y etéreo si se quiere, que la acumulación nitrogenada que nos encantaría faxear a Alan García. Imposible leer de un tirón novela tan dolorosa y multiforme. Tal vez un cuento pueda leerse de un empellón sentado en el inodoro. El tirón que puede permitirte aliviar el rumen en diez minutos, no más, por las almorranas. Pero no fue así. Abstraído como estaba con las deliciosas narraciones que intercala Julián Pérez en Retablo, mi abstracción fue tal, que no reparé en que otros, urgidos por la opresión del cuajar golpeaban la puerta del sanitario, notablemente incómodos ante mi involuntaria demora. Proseguí con mi lectura en una combi asesina del Callao. Sucedió lo mismo. Tanta fue mi concentración en las múltiples historias que se cuentan, que incluso no increpé al chófer de la Colonial por la atroz tortura con la que estos humanoides maltratan a los pasajeros: el infame reggaetón de la hez centroamericana que florece en Yankilandia, pasó inadvertido en esta ocasión a mis oídos. Por la noche, convertido en un zombie silencioso, mi lectura continuó, ahora sí en paz, más allá de la medianoche, al filo del lecho conyugal.
Bien. Leer Retablo es reconocer el Ayacucho que sangra hasta hoy y es también recordar por qué Ayacucho es el pueblo heroico, paradigma de identidad nacional, cuna de centenares de rebeliones de comunidades campesinas contra un sistema de castas, que hoy, charolado con tintes neoliberales, sigue enseñoreado en el país en plena época republicana.
El inicio
Aunque no es contado al principio de la novela, sensu strictu, uno de los primeros capítulos de Retablo comienza con el arribo de un foráneo al pueblo de Pumaranra. El foráneo es un hombre en plena madurez y con voluntad de acero, lleva una mochila al hombro como único equipaje y responde al nombre de Antonio Fernández. Alcanza las cercanías de Pumaranra “en un trepidante y agónico 350, una noche empozada bajo el cielo infinito tachonado de luceros (…)” y empieza “(…) la caminata aún al amparo de la oscuridad, como si huyera de siniestros perseguidores (…)”, para realizar labores de agrimensura y veterinaria en la época de la Reforma Agraria de Velasco, motivo por el cual es convenientemente confundido con un diablo comunista alfabetizador por los notables del pueblo encabezados por Faustino Melgar. Apresado, azotado y amarrado fuertemente a lomos de un burro chúcaro repleto de cohetecillos, Fernández es enviado a la muerte por los abismados senderos de Pumaranra, como quién sabe sucedió con otro fuereño por aquellos años, el agrónomo cajamarquino Antonio Díaz Martínez, quien luego habría de escribir el imprescindible Ayacucho, Hambre y Esperanza.
Pero volvamos a la novela. La suerte no le ha abandonado del todo a Fernández. Antes de su encuentro con los notables del pueblo, en el puente sobre el río Pampas, Fernández se ha topado con un inocente niño de diez u once años y con su padre, quienes amablemente le ceden el paso y le orientan en su camino y que son quienes al día siguiente rescatarán su cuerpo moribundo y sangrante, desbarrancado por el burro matrero. El providencial encuentro de Fernández con los Medina será determinante en la vida del pueblo de Pumaranra, de Ayacucho y del país entero. Más aún, este encuentro marcaría particularmente la vida de los hermanos Medina Huarcaya, Manuel Jesús y Grimaldo.
Así más o menos inicia esta magnífica novela. Manuel Jesús, ya adulto, víctima de un trance existencial provocado por la separación de su esposa e hija, decide retornar a Huamanga, último bastión de resistencia en contra de la ignominia y la aldea global, “porque en casa aún reinan la sencillez y el decoro” (…) “…, elegido por el espíritu de los ausentes…” (…) porque “por suerte tengo a mi madre y a mi hermana que me han de guiar de aquí a la quebrada andina de mi niñez, al crepúsculo serrano de bueyes, becerros, alfalfares y sobre todo, a comprender el cataclismo que me arrancó de mi comarca”. Manuel Jesús regresa a Ayacucho en busca del cadáver insepulto de Grimaldo y en busca de paz y respuestas que tal vez no hallaría.
Este retorno al origen sirve para iniciar con la saga familiar de los Medina, con la historia del pueblo de Pumaranra (provincia de Víctor Fajardo) y para contar los inicios de la guerra insurgente en Ayacucho, en la que participa activamente Grimaldo Medina Huarcaya, hermano mayor de Mañuco Chiwaco. De esta manera, los conflictos que ocurren en Pumaranra se convierten en representativos de los problemas típicos de cualquier pueblo del Perú, agobiado y saqueado por militares, ensotanados y autoridades de todo pelaje. Entonces, la polifonía de Retablo encierra preguntas absolutamente válidas hoy en día.
¿Qué sucede en el país?
Si uno recorre nuestra patria con ojo avizor y como recomiendan los orientalistas, en busca de la vía, reparará rápidamente en tres cosas: la pobreza, la dura geografía y el racismo embustero que impera en todas las esferas de la vida pública y privada. En la costa predominan mestizos blanqueados y un exclusivo ghetto endogámico de gente de piel blanca ligada a los mecanismos de poder. Se habla un castellano cada vez más quechuizado, producto de las oleadas inmigratorias de la sierra, se profesa la religión cristiana en sus distintas variantes sectarias y la tradición social es más o menos, aunque cada vez menos, europea o la que viene del norte. En la sierra se concentra la población indígena, aunque existen bolsones de mestizos producto de la cruza con los primeros españoles, se practica un catolicismo borrachiento y totémico, repleto de idolatrías, que ha justificado el acceso de las sectas evangélicas, horrorizadas por el ritual idólatra medieval que persiste en pleno siglo veintiuno. La selva es el origen y es el futuro del Perú. La matanza de Bagua ordenada por el propio Estado criollo-burgués demuestra que la Amazonía es un conjunto de naciones indígenas marginadas, más allá de los grupos de mestizos de las ciudades que han mediatizado sus bailes, con su propia cosmovisión y legítimas aspiraciones, completamente desintegrada del resto del país.
Así, Retablo, desde la ficción refleja una verdad que se resisten a aceptar quienes pregonan el mestizaje ideal, la democracia representativa y la paz de los cementerios. En el Perú nos encontramos ante una nacionalidad fallida, una nación inexistente en donde los muertos regresan a recoger sus pasos, a pesar de la gastronomía, la cumbia, las CVR y las estadísticas. La invasión europea resquebrajó los cimientos prehispánicos, rompió un equilibrio biológico-emocional que no se ha vuelto a recuperar y que, más tarde, liberados de la metrópoli ibérica, el Estado criollo ha persistido tercamente en rematar mediante la implantación de un régimen de castas en plena República, un apartheid astuto a todo un pueblo, quién sabe peor en consecuencias que el sistema de segregación sudafricano.
Para cualquier extranjero que desconozca la historia del país, lo más llamativo en las principales ciudades del Perú resulta su triple fisonomía étnica, inocultablemente expresada en los rasgos, el modo de andar y de vestir y el tipo de trabajo que realiza la gente. Y es en este último aspecto, en donde la correlación es directa y significativa: cuánto más oscuro el pigmento que se lleva en la piel, más relegada queda la persona a labores inferiores.
A costa de las hipótesis oligofrénicamente optimistas de los Arellano I.M., es sabido que los grupos de poder económico en el Perú han sido desplazados de una patada en el poto por las multinacionales (te quiebro o te compro) y el porcentaje de familias poderosas, ese puñado de linajes incestuosos que conformaron los grupos de poder económico, se ha estrechado —sea porque sucumbieron ante el capital extranjero por su propia incapacidad dirigencial, sea porque no resistieron las ofertas de absorción o porque se aliaron abiertamente con éste para poder competir—, en comparación a años anteriores. A despecho de quienes ven en los Añaños, empresarios ayacuchanos exitosos (han logrado captar el 20% del mercado de aguas gaseosas por sus precios bajos) tan internacionales como Los Shapis, motivo de regocijo democrático e incluyente, debemos repetir que una golondrina no hace verano: es el propio modelo económico el que impide el surgimiento de una burguesía nacional de base amplia y boyante. A propósito, en 1923, en La Mar-Ayacucho, se produjo un gran movimiento que se llevó a cabo fundamentalmente contra la familia Añaños que durante decenios detentó el poder mediante sus vástagos repartidos como jueces, diputados y hacendados. No, señores, ayer hacendados de horca y zurriago, hoy florecientes burgueses orgullosos de un liberalismo pelágico que apenas si comprenden. El caso es que esa triple fisonomía etnoclasista pervive en el Perú del 2010, aunada a la desnacionalización absoluta de la economía (las familias otrora poderosas hoy tienen menos y son menos) en aras del predominio absoluto de las multinacionales.
Entonces, ¿la pirámide social se determina en el Perú republicano por una lucha racial? ¿O es al revés? Cuando uno lee Retablo, las cosas parecen invertirse. Ese conflicto inmemorial en las comunidades de la sierra (pero no sólo de la sierra), entre notables y “chutos”, se magnifica a un nivel macro en todas las esferas de la vida nacional. Las razas ocupan los niveles asignados por la lucha de clases. Los invasores españoles se apoderaron por la fuerza o mediante estratégicas alianzas con las panacas poderosas del mando del país, eliminando mediante una aniquilación selectiva, meticulosa y despiadada, a los líderes indígenas, guerreros, amautas, agrimensores e ingenieros de todo tipo, confinando a los vencidos a la mina, la mita y la encomienda, envilecidos en alcohol, catolicismo y desnutrición crónica. La República criolla no ha hecho más que conservar, corregida y aumentada por las taras de la democracia representativa y la globoidiotización capitalista, esta estructura social instaurada hace siglos.
No es necesario ser especialista para percibir lo más resaltante de la pirámide social en las ciudades: la clase terrateniente feudal (hoy remozada, con el cutis polveado de neoliberalismo), en alianza con la burguesía propia de un país colonial, está integrada por un núcleo duro de blancos (blancos PPC, puros por cruce, categoría zootécnica aplicable al ser humano); la piccola borghesia, esa facción cada vez más escueta y vapuleada, está conformada por gente mestiza asombrosamente acomplejada y fluctuante que teme perder lo poco que tiene y, finalmente, las masas trabajadoras (la breve clase proletaria, el subproletariado, los campesinos, los microempresarios, ambulantes y desempleados) por la masa mestiza y la gran masa indígena. ¿Burguesía nacional? ¿Industria nacional? ¿Producción nacional? Si en algún momento la burguesía nativa quiso ser progresista aliándose a las clases populares y enfrentar a la gran burguesía monopolista de los países imperialistas, por lo menos conformando un poderoso mercado interno, yo no tengo memoria de ello. Obviamente, esta clasificación no quiere ser rigurosa, sobre todo en la categorización étnica. En la sierra y la selva, los grandes gamonales, los gamonalillos, “los señores autoridades”, notables y mandones están integrados en su mayoría por mestizos blanqueados, con inocultables vicios cromosómicos, consecuencia de la endogamia de siglos. Pero el hecho fundamental sigue siendo el mismo: el predominio económico y social en el Perú de las gentes de piel más o menos blanca, cuyo poder, aunque ha decrecido cuantitativamente, sigue vigente en su influencia que es igual o superior, desde un punto de vista cualitativo, en todo el espectro de la vida nacional.
Esta estructura semifeudal se consolida con la dependencia económica de los países imperialistas. Esta armazón perversa en la que el blanco cholea a todo el mundo, niega absolutamente alguna gota de sangre india y demuestra repugnancia hacia el indígena y el mestizo, que a su vez siente un odio protervo pero disimulado contra el blanco, pero abierto y teñido de crueldad contra el indio, que recíprocamente anida odio manifiesto hacia los dos anteriores, configura el país que Julián Pérez Huarancca ha simbolizado magistralmente en el pueblo andino de Pumaranra.
Lo central de la novela
A diferencia de lo que sucede en La Violencia del Tiempo con el linaje fundado en el norte por el derrotado soldado godo Miguel Francisco Villar, en la historia de los Medina del sur, aunque no transcurre en la paz de una aldea lejana, no se vislumbra desprecio hacia la raza doblegada. En la colosal ficción de Miguel Gutiérrez, el soldado desertor del ejército de La Serna, abandona a la india Sacramento Chira y a los hijos heterocigotos, atormentados desde entonces por el rencor, la furia y la nostalgia en el perdido caserío de Congará-Piura. En la historia de Julián Pérez, el linaje de los Medina ayacuchanos entronca voluntariamente con hembras indígenas, “mujeres andinas de alto pensamiento pero de bajo destino” y crea un liderazgo que irá tomando forma y sustancia en aquella zona de la sierra sur del país.
La vida en Pumaranra se desarrolla ancestralmente en medio de dos conflictos: el enfrentamiento entre los “uqis” (blancos o mestizos blanqueados) y los “chutos” (indios o mestizos aindiados), sea por la tierra, sea por el odio étnico o de clase, sea por linderos, “ganados” o broncas intestinas. El narrador historia la vieja rivalidad entre las comunidades de Lucanamarca y Pumaranra, cuya existencia transcurre en medio de emboscadas, enfrentamientos y desconfianza perpetua. Los ricos del pueblo establecen acuerdos transitorios con los “uqis” de Lucanamarca, para apoderarse de las tierras y de las rojas minas de sal de Urankancha, orgullo de los pumaranrinos. Los Medina, cuya alianza carnal reiterativa con mujeres andinas de sangre y apellidos indígenas, los ha hecho despreciables y “chutos” a los ojos de los Amorín (los señores feudales de Lucanamarca) son protagonistas de estas luchas, hasta que la rivalidad entre ambas familias se agudiza con el asesinato de Gregorio Medina Sacsara (padre de Néstor Medina), por lucanamarquinos disfrazados sirvientes de Fausto Amorín, en presencia del niño Néstor.
Particularmente atrayente resulta la historia del Néstor Medina, líder comunal natural, trabajador incansable y hombre leído, un “soltero pasado de tiempo para el matrimonio (…) que entregaba sus mejores días y noches a su trabajo de arriero y a atender las diversas dificultades en la vida pueblerina” y que “por ese sacrificio se hizo el más mentado, el hombre que infundía respeto, el que era requerido por sus paisanos cada vez que la vida se les hacía atajo resbaloso”. Es un Néstor ya en la edad madura, quien emparienta su vida en la alianza germinal de la carne con Escolástica Huarcaya, “la mocita pareña que gusta llevar en sus trenzas flor de makuli”, huérfana de madre y con un padre dado al trago, cholita que a “su edad hacía de su existencia una continua preocupación por cumplir las obligaciones del hogar ”, “(…) aunque pobre era hacendosa en el hogar y maciza para los quehaceres”, al igual que su hermana Petronila. “Quién les iba a ganar ordeñando vacas matreras primerizas; en la cosecha, despancando maíz o escarbando papales. Levantaban las bastas de sus faldas de bayeta, las sujetaban a la cintura y recogían allí los frutos con las dos manos. Rápido las habas secas, la alverja, la achita, la quinua. Sudorosas, con los rostros encendidos por el ardor del sol”. “(…) Lampeaban como varones para las viudas, regaban alfalfares para las vecinas viajeras, cuidaban a los pequeños hijos de las negociantes, o se iban a Cachicachi, a recoger sal para canjear con cereales.”
Esa es la génesis de los padres de Manuel Jesús y Grimaldo, signada por la tragedia desde el día mismo en que sus padres se casan, luego de que en concurrida minka construyesen la casa de Néstor Medina en tan sólo siete días entre cánticos de alegría, en hervor de chicha, todo Pumaranra, a excepción de los notables. Durante una semana el pueblo levantó, en gratitud a Néstor, casa hermosa y desafiante, como casa de hacendado. Pero he aquí que el día mismo de la celebración del matrimonio, un grupo de “uqis” lucanamarcas acompañados por guardias civiles se acerca a Pumaranra, con deseos de venganza luego de haber perdido el juicio por linderos. Aquel día de junio los lucanamarcas y las autoridades encarnadas en la guardia civil desataron terrible carnicería en Pumaranra. Cayó abatido medio pueblo por las balas asesinas de los gendarmes. Cayó muerta Mama Auli, de una descarga a boca de jarro. Peleó valientemente la bella Clavelina Contreras, la muchacha de la voz hermosa del valle y por quien no esperó el impaciente amor de Néstor Medina, quien al final es capturado, atrozmente torturado durante varios días y obligado a firmar documento oprobioso mediante el cual el pueblo entrega las ricas tierras de Urankancha a los Amorín. En aquella desigual batalla, Clavelina, todavía virgen, fue ultrajada y muerta por los guardias civiles y los “uqis“, comandados por Fausto Amorín hijo.
Es en este contexto de luchas intestinas en que hace súbita aparición en Pumaranra, el extranjero. Delgado pero fuerte, Antonio Fernández ha enraizado sigilosamente su vida con la de la comunidad. Cual monje laico, sin dios ni mujer, ha establecido alianza con la memoria viva del pueblo, la anciana Mama Auli, prima hermana de Gregorio Medina Sacsara, y ha logrado hacer amistad con los jóvenes del pueblo, particularmente con el hijo mayor de Néstor Medina, Grimaldo. Los ricos desconfían de Fernández, lo hostigan y acosan a preguntas, pero ya nada puede hacerse.
El foráneo comenzó interesándose por los andenes y las técnicas de sembrío tradicionales de los antiguos pumaranrinos. Luego midió las alturas de las graderías y se aficionó a las chullpas y los entierros de las ruinas de los gentiles, ganándose la voluntad hasta de los más suspicaces. En las noches, siempre a solas, escribía con pasión de enamorado, bajo la luz de un mechero. Los sábados y domingos daba clases acerca de cómo sembrar, abonar y aporcar los cultivos para mejorar las cosechas. Parecía tener soluciones para todo. Divulgaba alternativas para mejorar el caudal del agua de regadío, para realizar obras de canalización y economizar agua de riego y en los momentos de éxtasis, afirmaba que “las comunidades son capaces de mover una montaña o cambiar el rumbo de los ríos si se lo proponen”, y casi al mismo tiempo enseñaba a los muchachos a construir cocinas solares, poleas para jalar agua de lejos, bombear agua del río y luego participar en campeonatos de fútbol con su chicha de molle incluida. Pero los viejos estaban asustados porque el extranjero enseñaba a los muchachos “…costumbres y hábitos tan raros como si se prepararan para soportar aluviones por venir (…)”, “corren subidas cargando piedras inútiles, andan de noche oscura por atajos inaccesibles, nadan en el río a las cuatro de la madrugada, se llenan de espinas punzantes el cuerpo como si quisieran curtirlo para soportar tajos de navaja filuda, en noches de lluvia andan sin poncho ni nada que les cubra bien el cuerpo.”
Como en Teorema, aquella bella parábola de Pasolini, el extranjero ha llegado para trastocar toda la existencia de un mundo que ya estaba por desplomarse y ha comenzado perturbando la vida de una familia burguesa del industrializado Milán, mediante lo más íntimo del individuo: el sexo. La tormenta pronto estallaría, pero Mañuco es niño todavía y su vida se inicia, tutelado en un primer momento por un Grimaldo voluntarioso y pendenciero que no para en mientes para hacerse de las más bonitas muchachas de Pumaranra, Lucanamarca y el propio Ayacucho, mozonadas que no impiden que ambos destaquen en los estudios universitarios y que Grimaldo logre un puesto de profesor universitario en Huamanga. Algo que ni siquiera los hijos de los principales habían logrado, era alcanzado por muchachos provenientes de cuna pobre. Mas sus vidas ya han sido trastocadas y la tempestad en los Andes está por estallar.
Coda
He querido pergeñar estas líneas, consciente de que la riqueza polifónica de Retablo va mucho más allá del extranjero que desordenó las vidas de los pumaranrinos. Ya otros han observado la multiplicidad de historias que se suceden cual retablo: el tratamiento de la sexualidad de la mujer andina, encarnada en diversos personajes que van desde Clavelina hasta Liz pasando por las sufridas mujeres engañadas por los Amorín, por mamá Escola y las tías malagente; la historia de los mundos degradados de víctimas y verdugos, como es el devenir de los diablos Amorín, padre e hijo, este último infamado por la traición de Mechita Untiveros; el ardiente encuentro entre Mañuco Chiwaco y una otoñal matrona ayacuchana, Liz Lara-Arriarán, viuda de un militar eliminado por los insurgentes y primer amor frustrado de Grimaldo Medina, el ajusticiamiento de Amorín hijo, dinamitado en la iglesia del Señor de Luren, luego que la guerrilla destruyera las minas Buena Nueva Urankancha, la propia eliminación y desaparición del cadáver de Grimaldo por tropas de infantería y helicópteros artillados del ejército en el fortín de Markaqasa; las innumerables fábulas tradicionales; el lirismo que impregna las descripciones regionales; los personajes matizados, antagónicos y tan humanos, en fin.
He escrito estas líneas porque cuando se lee una buena novela, una gran novela, como Retablo, uno se siente parte de ella y no quiere que la historia finalice, hay un deseo de que la historia, como la máquina de movimiento sinfín de los alquimistas, no deje de funcionar nunca. Sin darnos cuenta la máquina nos ha atrapado en su misteriosa estructura de movimiento perenne. Es lo que he experimentado al disfrutar Retablo. Lo que sucedió en Ayacucho y en el Perú en el último tercio del siglo anterior no es más que la consecuencia de siglos de violencia estructural y política, maquillada de múltiples formas de dominación, como la que se narra magistralmente en Retablo. Ahora que tanto se habla de literatura de la violencia, sería bueno preguntarse si existe también una literatura de la paz. Sí, carajo, todo lo que conocemos en este bello y terrible lugar que se pretende nación ha sido milenariamente parido por la violencia de un tiempo de dolor que todavía no termina.