jueves, enero 30, 2014



miércoles, enero 29, 2014





martes, enero 28, 2014


lunes, enero 27, 2014



domingo, enero 26, 2014

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Más de una vez he dicho que la literatura es como el fútbol. En la literatura no hay lógica, una derrota no te puede dejar de lado si crees en lo que haces. Los partidos no necesariamente son iguales.
No son pocas las veces en las que he discutido con amigos escritores, amigos escritores saludados por la prensa y la crítica, que me afirmaban lo medular que resulta una primera publicación, en donde te juegas el todo y nada. La idea es más o menos la siguiente: si tu primer libro no es bueno o relativamente interesante, mejor piensa en otra cosa.
En lo personal, no comparto para nada esta idea. La literatura es persistencia y es en el mismo camino del ejercicio de la escritura en que te das cuenta si lo tuyo es o no la literatura.
Por eso tenemos en la historia de la literatura innumerables casos de debuts y despedidas. Los autores no soportaron las malas críticas, los tomaron como mensajes de los dioses que les ordenaban realizar actividades más productivas, como buscar un trabajo, cimentar una familia, o sea, ser hombres y mujeres de bien. En fin, como sea la figura. Lo que sí es cierto es que si persistes puedes superar las falencias de tu primer libro. ¿Autocrítica a la fuerza? Como gustes llamarlo.
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A fines del año pasado leí un par de libros que llamaron mi atención. Libros de nuevos autores peruanos, nuevos autores peruanos que en la segunda entrega superaron las clamorosas caídas de sus libros iniciales. Me refiero a Fernando Sarmiento con Todos los días son de ceniza (La travesía) y a Aldo Pancorvo con La falsa despedida (Paracaídas). Cuentario y novela, respectivamente.
*
Una de las interrogantes que tuve luego de leer el cuentario de Sarmiento fue la de por qué no apareció literiamente con este libro. ¿Por qué se apuró con su novela Clash City Loose? Los cuatro relatos que conforman el presente cuentario nos presentan a otro narrador, de prosa cuidadosa y mundo imaginativo peculiar. Demasiado arriesgado hasta cierto punto. Pese a que sus argumentos pueden ser muy jalados de los cabellos, el lector es presa de ellos y la razón la veo en que su incursión en la vertiente fantástica la ha realizado conociendo primeramente sus límites como autor, en donde encontramos demasiada información encapsulada, encapsulada al servicio de sus historias, sin pretensión de hacer un muestreo de inteligencia y referencias, tal y como vemos en varios autores locales que han puesto pie en lo fantástico, que, aparte de aburrir, suenan extremadamente falsos, inverosímiles. Por ello, los relatos de Sarmiento se dejan leer y apreciar, lo que quiso fue contar, nada más, ese es el mérito, al punto que uno no siente como baches las claras falencias de estructura que vemos principalmente en el cuento “Feriado con la reina”.
*
Si la memoria no me falla, a Aldo Pancorbo se le criticó con fundamento la floja configuración moral de los personajes de su primera novela Un duro despertar. Bien sabemos que la base de toda novela, antes que la estructura y el estilo, es la hechura del personaje y su interrelación con el mundo representado. Ahora, en La falsa despedida Pancorbo no repite errores y nos entrega un personaje que imagino irá creciendo en el tiempo: Fabio Correa.
Lo primero que percibimos es la influencia que ha recibido el autor. Aquí hay mucha música rock, en especial. Nos queda claro que ha bebido de la cultura popular y en base a esta cantera nos entrega una historia a la que no debemos clasificar bajo los criterios de la novela realista, sino de la novela que parodia, en la onda de lo que en el cine realizan Tarantino y los hermanos Coen. Porque eso es lo que hace el novelista: parodiar la realidad. Y es en esta intención paródica en que entendemos a Correa y su inusitada búsqueda de supervivencia. Correa es un escritor, cuya novia Zoe es asesinada, hecho que lo lleva a hacerse cargo de la hija de esta, Malena. Es bajo el cuidado de la niña que empieza a recibir amenazas anónimas y, como todo escritor curioso, no se arredra, por el contrario, empieza a investigar por su cuenta el asesinato de su novia, lo que lo lleva a descubrir una conspiración que proviene desde los más altos estratos del poder político.
Obviamente, estamos ante un policial, pero ante un policial permeable que no debemos encorsetar bajo las leyes clásicas del género. El policial es quizá el género más libre de la novela y el éxito de su uso descansa en la lealtad a los registros que utilice el autor. Por ello, no deberíamos leer La falsa despedida bajo la mirada del realismo-mimético, pecaríamos de injusticia por apuro y poco conocimiento de la tradición narrativa. Pues bien, el gran problema de Pancorbo es que su historia no demora en desgastarse, debió pues quedarse con la carne y olvidarse del hueso. Con 120 páginas la hacía linda.

sábado, enero 25, 2014



viernes, enero 24, 2014

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El narrador chileno Alberto Fuguet se ha convertido en uno de los actuales referentes literarios en nuestro idioma. Si repasamos su obra, podemos intuir que esta referencialidad se ha abierto paso por un tortuoso camino en el que ha imperado la mala entraña, el prejuicio y el ataque artero contra todo lo que él hacía. Pero de a pocos –sin engañarnos por las campañas mediáticas que siempre lo han acompañado--, Fuguet ha sabido consolidar una poética peculiar e importante, poética no necesariamente literaria. Pensemos en Mala onda, Cortos, Las películas de mi vida y Missing; pero también en sus películas Se arrienda, Velódromo y Locaciones
Antes que escritor y cineasta, Fuguet es un contador de historias en búsqueda de registros. Y esta búsqueda lo ha llevado a pisar las parcelas de los híbridos, la galaxia de la indefinición genérica. Pues bien, desde esta postura el autor nos entrega la que quizá sea su obra más llamada a sobrevivirlo, Tránsitos. Una cartografía literaria. 
No hay que pensar más de la cuenta. No perdamos tiempo haciendo taxonomías de la publicación. Esa no es la idea. Cada página de Tránsitos exuda libertad, una patente pasión por la literatura. Pero no es la primera vez que lo hace, porque lo mismo podríamos decir del imprescindible Cinépata, en donde dejó testimonio de su pasión por el cine. Pero Tránsitos es otra cosa. Es la pasión elevada, gratificante en su irracionalidad, una declaración de amor y odio para con los autores y libros que lo marcaron. Amor y odio canalizados con la furia e intensidad de su prosa y puntos de vista nada complacientes. 
Se deduce entonces que estamos ante textos netamente impresionistas. Aquí no se pretende dictar cátedra, mucho menos brindar una explicación académica de una poética. Presenciamos la postura de un creador al que no le agrada del todo que se le vea como escritor. Nos encontramos con una voz que ahora está de paso hablando de literatura. He allí la razón del título. Tránsito. Movimiento. Traslado. Viaje. Aquí nada es estático. Aquí hay mucha trampa. Fuguet nos puede hablar de la manera como llegó a un autor para inmediatamente dar cuenta de una tradición oculta en la respectiva poética, porque eso es lo que hace, encontrar tradiciones ocultas en específicas poéticas para sustentar inmediatamente la suya, una que no deja de nutrirse de la cultura pop y del contexto inmediato, rasgos que le permiten sustentar su apuesta por el realismo y que le brindan los caminos para desplegar una admiración nada zalamera con sus autores cómplices, como Caicedo, Escanlar, Coupland, Bolaño, Donoso, Vargas Llosa y Richard Ford. 
Sin duda, nos encontramos con un Fuguet que escribe como fan. Pero no como un fan obnubilado, sino como uno atento al detalle de la vigencia y a la frescura de la propuesta del escritor que admira. Uno de los muchos, Salinger, a lo mejor la influencia axial en la que podamos rastrear la voz del creador sureño. Pero ese amor de fan puede convertirse en odio cuando escribe de un autor que representa todo aquello de lo que reniega. A saber, las líneas dedicadas a Carlos Fuentes candidatean a ser lo más duro – y acaso veraz-- que se haya escrito del mexicano. No debería sorprendernos, un libro como este es una biografía en clave abierta, y cuando escribes de ti mismo, no necesariamente tienes que escribir de lo que te agrada, sino también de lo que te incomoda. Es que así tiene que ser la literatura. Así es Tránsitos.



Furia e intensidad. Texto publicado en Buensalvaje 9.

jueves, enero 23, 2014



miércoles, enero 22, 2014



lunes, enero 20, 2014



domingo, enero 19, 2014



sábado, enero 18, 2014



viernes, enero 17, 2014



jueves, enero 16, 2014

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14 de noviembre del 2013.
Caminaba por Schell.
No caminaba solo, sino con un pata que es poeta, ensayista y voraz lector. Fumábamos algo de hierba, en realidad lo poco que quedaba de la hierba que media hora antes habíamos compartido con otros narradores y poetas y también con infaltables aspirantes a narradores y poetas. Veníamos de la presentación del octavo número de Buensalvaje.
Mi pata leía el editorial de la revista.
“Oye. ¿No crees que ya es demasiado lo que se hace con Contarlo todo?”
“Sí. A Jeremías lo veo hasta en el aserrín del Queirolo”.
“Se le está haciendo daño. El pata tiene oficio, pluma, prosa, pero si esa novela no es la obra maestra que dicen que es, lo van a agarrar como a bombo en fiesta de pueblo”.
“Pero mira, ¿qué esperabas? Detrás de esa promo hay un gigante como Mondadori. Está bien que quieran vender su producto. Si pueden, bacán. El punto es no dejarnos acojudear con esa propaganda”.
“Hace unos días mi viejo me dijo que no veía una propaganda así desde La ciudad y los perros. Todo el mundo habla de la novela”.
“Fácil. Es que esa es la idea: que se hable de la novela”.
“Hay huevones que ya están afilando el cuchillo”.
“Seguro. Mira, has hecho que recuerde algo. Y es bueno que recuerde, la hierba mata mi memoria. Escucha: anoche presenté un poemario”. 
“Ya”.
“Mientras arreglaban la mesa de presentación, me puse a conversar con el otro pata que iba a participar. Hablamos de Contarlo todo y me dijo que se la iba a bajar de todas maneras”.
“No jodas, ¿en serio?”
“Es que no debería sorprendernos. Date cuenta: aquí todos tienen su rol: Jeremías no habla mal de nadie, no es polémico; son los otros los que hablan de él; Marito cumple su función; además, ya está lista la soldadesca que va a salir en favor de la novela; están los escritores-críticos que ni bien leamos lo que piensan de la novela quedarán como lo que no quieren parecer: resentidos y envidiosos, y lo serán por apurados, como si el libro fuera a desaparecer mañana. Las críticas negativas se venderán como “Escritores peruanos envidiosos de escritor peruano exitoso”. Todo está orquestado.Y obviamente, está el factor primordial: nosotros, los lectores, que hablamos de un libro que aún no leemos”.
“Puta, hay que ser un soberano infeliz: bajarse un libro sin antes leerlo. ¿Quién es ese patita con el que presentaste el poemario?”.
“Sabrás quién es cuando leas su reseña. Es que no te debería sorprender. Esta novela, toda la prensa y publicidad depositada en Jeremías, jode a muchos, más de lo que puedas imaginarte. Estamos hablando de un asunto que va más allá de la literatura. De algo que nos supera, que tiene que ver con el ego, con ese afán de gloria total y pasajera con la que sueña todo escritor, y sin importar de qué país seas. Es un síntoma”.
“Imagínate. Hay patas y flacas que han hecho campaña toda una vida para acceder a lo que Jeremías está viviendo”.
“Es que eso es lo que quieren. La prensa, la fotazo. No dudarían en vender la virginidad de la hermana por un pedacito de esta publicidad”.
“Más de uno se daría por bien servido con un pedacito de esta publicidad”.
“Por supuesto”.
“Oye, ¿no niegues que es paja lo de la prensa y la fotazo?”
“No lo niego, pero estamos hablando de un libro, el libro, ¿me entiendes? La literatura, lo que debe importar. El resto, la publicidad, es lo de menos”.
“Jeremías es un buen narrador. Punto de fuga es un librazo”.
“Sí, un muy buen libro de cuentos”.
Estábamos a media cuadra de la Vía Expresa. La hierba se había acabado y barajaba la posibilidad de llamar a mi Dealer Delivery. Sí, lo llamaría, pero mi pata tenía que levantarse temprano al día siguiente. Además, era algo tarde como para llamar a alguien más. Ocurre que no me gusta fumar solo cuando estoy fuera de casa.
Finalmente, decidí llamar a mi Dealer Delivery.
“Te acompañaría, pero tengo deberes sagrados que cumplir”.
“No te preocupes, algún día me tocará vivir lo que tú. Es el destino”.
“Oye, ¿cuándo es que sale la novela?”
“Creo que la próxima semana. Claro, hablamos de la edición peruana de la novela. ¿Sabías que hubo Pre-Venta?”
“Anda, ¿no jodas?”
“En serio. Imagínate: hubo Pre-Venta de una novela. El Perú avanza, carajo”.
“Pero ni con Paul McCartney hubo Pre-Venta”.
“Te dije: El Perú avanza. Já”.
Un apretón de manos selló nuestra despedida.
*
Un par de semanas después, en el curso de dos días, leí Contarlo todo, la promocionada novela de Jeremías Gamboa.
*
He vuelto a las páginas de la novela, pero mis vueltas no han sido guiadas por la búsqueda de pasajes y párrafos memorables, ni hablar. Sino más bien para salirme de dudas de un dato que considero histórico: los dos primeros capítulos de Contarlo todo son firmes candidatos a ser los capítulos más aburridos, soporíferos, de toda la historia de la narrativa peruana. No se puede empezar tan mal una novela, no se puede apabullar al lector con un inicio que genera bostezos asesinos. Imagino que no fue culpa del autor, sino de los editores, que pensaron que sumando páginas podían vender este libro como una novela ambiciosa. No hace falta ser un lector acucioso, ni relativamente entrenado. Nada. Hasta los que han leído treinta libros en la vida llegan a la conclusión de que la novela empieza en el tercer capítulo.
*
A partir de este tercer capítulo podemos apreciar a Gabriel Lisboa en toda su magnitud, en sus anhelos, complejos y miserias. Lisboa, estudiante becado en una carísima universidad limeña, comienza a encontrar su vocación, que en principio podría ser la periodística, pero a medida que pasan sus días en el semanario Proceso y luego en Semana del diario La Industria, se da cuenta de que lo suyo es escribir, la recreación de la realidad por medio de la ficción y la no ficción. Lisboa descubre que es un hombre que ha nacido para narrar. Por lo tanto, su deseo es convertirse en escritor, quizá como uno de los escritores a los que lee con admiración.
Leemos pues una novela insertada en los vericuetos de la tradición de las novelas de aprendizaje. Vericuetos, dicho sea, que permiten equivocarse más de una vez, en donde la fuerza narrativa no yace en la inteligencia, menos en la pericia, sino más bien en la sensibilidad. En este sentido, Lisboa derrocha exagerada sensibilidad, sensibilidad que por momentos roza la cursilería y el aburrimiento. Por ejemplo, como joven ingenuo que empieza a enfrentarse a la vida, Lisboa idealiza en demasía a sus amigos que le descubren un mundo que no conocía, presenciando y celebrando sus palomilladas de ventana como si fueran sucesos malditos. El mayor problema de Contarlo todo es el recurrente idealismo sobre los personajes cercanos, poetas, que rodean a nuestro protagonista. Por momentos, uno tiene la idea de que está leyendo las mismas anécdotas a lo largo de la novela. El Conciliábulo, para ser preciso, más parece El club de Toby en Trips. A este yerro, sumemos también la escasa visión de Lisboa para con la época que retrata, los años noventa, los años del desencanto. Sé que resulta de idiotas pedirle a Gamboa que nos brinde una visión política e ideológica de aquella década. No tienes que hacerlo. Pero si su personaje es un periodista (periodista de investigación, para más señas) que quiere ser escritor, este queda no del todo configurado en su fisonomía moral. Ese es lo que fastidia de Lisboa, que solo nos cuenta lo que quiere contarnos. Lisboa es, por donde se le mire, un personaje sin conflictos totales, sin opinión propia, que vive de la aceptación de los demás.
Pero lo mejor de Lisboa es que al contarnos su historia, ya es toda una máquina de narrar. Gamboa articula como pocos una historia que a cualquiera se le iría de las manos. Este punto no es del todo secundario, porque a pesar de los dos primeros capítulos y de la exasperante pusilanimidad de Lisboa, Gamboa mantiene un hechizo narrativo que engancha hasta al lector más exigente. El autor narra y este detalle era lo que veníamos esperando desde hace muchos años en la narrativa peruana última, necesitábamos una novela ambiciosa que nos relate una historia, solo eso, no piruetas idiomáticas, ni acrobacias estructurales. Por otra parte, Contarlo todo es un refrescante testimonio deudor de lo mejor de nuestra tradición narrativa: el realismo. Y sin exagerar, Contarlo todo es la novela de su generación, por ambiciosa y por su nervio narrativo.
Líneas atrás señalé la ausencia de conflicto en Lisboa. No vamos a negar que se trata de un personaje soberanamente superfluo, pero que a la vez supera de a pocos sus taras y miedos. Los supera no en la experiencia del periodismo, menos en la experiencia literaria, sino en las constantes decepciones sentimentales por las que atraviesa. En este punto, son las mujeres las otras grandes protagonistas de la novela. Lisboa no solo quiere ser escritor, también es una persona que anhela depositar amor. En sus decepciones sentimentales, el pusilánime aspirante a escritor aprende, comienza a llenar la cantera de experiencias que lo llevan a escribir lo que quiere contarnos y que por alguna razón no podía. No resultan gratuitos los pasajes en los que Lisboa pasa horas de horas frente a la pantalla de la computadora, intentando escribir aunque sea algo, sin poder armar una sola línea relativamente decente. Lisboa empieza a narrar la historia de su vida luego de levantarse desde lo más hondo de la decepción amorosa.
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Terminamos de leer Contarlo todo y llegamos a la siguiente conclusión: la exagerada publicidad que genera falsas expectativas, falsas expectativas que dañan al autor y a su obra. Esta novela no es una obra maestra, eso es innegable, pero sí una muy buena novela que, bajo los criterios cortazarianos, se impone como tal por puntos. Obviamente, Gamboa gana esta pelea con un ojo morado, cuatro dientes quebrados y la mandíbula rota.
 
 
Publicado en Lee por gusto.


miércoles, enero 15, 2014





martes, enero 14, 2014



lunes, enero 13, 2014



domingo, enero 12, 2014



viernes, enero 10, 2014



jueves, enero 09, 2014



miércoles, enero 08, 2014



lunes, enero 06, 2014



Casi nada. Desolación comentada sobre la narrativa peruana última



Hagamos memoria.
No pretendo hacer un análisis metódico de la catástrofe de la que les voy a hablar.
Es solo la impresión de un lector que, ya sea para bien o para mal, fue un testigo privilegiado, un actor de reparto de aquella lejana eclosión de nuevos narradores peruanos que aparecieron en el primer decenio del presente siglo.
Desde hace un tiempo no dejo de lamentarme por el excesivo entusiasmo que tuve para con muchos de ellos. En esos años más de incauto, y apurado por la fiebre del momento, declaró que estábamos ante la generación más férrea, la más articulada, que no veíamos desde los narradores de la Generación del 50.
Tamaño entusiasmo.
Pero así fue: metimos en el asunto a la que quizá sea la cimiente generacional de nuestra tradición narrativa.
Es que no era para menos.
Si hacemos un breve repaso del devenir de nuestro espectro narrativo, nunca hemos tenido una generación, aparte de los dinosaurios cincuenteros, tan generosa en cantidad y calidad.
*
Retrocedamos 30 años.
Pregunto: ¿Aparte de Guillermo Niño de Guzmán, Alonso Cueto, Óscar Colchado y Jorge Valenzuela, tenemos idea de otra voz que haya perdurado hasta el día de hoy en nuestro imaginario? Seguramente, algún buscador de biblioteca me citará un par de autores. (Nunca falta el as bajo la manga del caletista ilustrado.)
Pues los 80 nos dejó poco.
Y poco o nada podemos exigirle a esta generación perdida, que lo tuvo todo en contra para forjar una obra mínimamente coherente. En ese tiempo importaba más que nada sobrevivir, sobrevivir al terrorismo, la inflación, los cochebombas. En especial, sobrevivir a Alan García.
Pero aquí no acaba esta tragedia ochentera.
Encima, los pocos narradores no generaban el más mínimo entusiasmo. El periodismo cultural estaba más atento a las diabluras nocturnas de Santiváñez y compañía. Eran pues los años de los recitales con ron, salsa y merengue. Eso llamaba pues más la atención. La poesía y la noche. No la narrativa.
Para los años 90 se esperaba un cambio en narrativa.
Y digamos que sí, que hubo un cambio.
Tuvimos narradores interesantes, como el mexicano Mario Bellatin, Iván Thays y Enrique Prochazka. Bastaba leerlos y barajábamos la sospecha de que estábamos yendo por un cauce aún no muy recorrido. Por una tradición que le debía muy poco a la local.
Por otra parte, aparecieron narradores con una opción asentada en nuestra tradición realista: narradores mutantes de Congrains y Reynoso (y claro, del gran y olvidado Cronwell Jara), como Óscar Malca, Sergio Galarza, Manuel Rilo y Carlos Carrillo.
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Recuerdo cuando escribía el prólogo de mi primera antología de narrativa peruana última, Disidentes.
Y hago Mea Culpa.
Cometí muchos errores en su hechura.
(Podría callarme debido a su éxito, pero ahora sé que la literatura está más allá de la engañifa de los premios y la fama y el reconocimiento mediático, inútiles por demás.)
En ese prólogo intenté brindar una visión de lo que creía era la eclosión narrativa de los 2000.
Creía pues en una falsedad.
Pero había razón para emocionarse.
Apunta, la idea fue así:
De la década anterior sobrevivieron Thays y Malca como influencias directas para los novísimos del 2000. (Veamos más adelante.)
En mi prólogo traté mal a los narradores vitalistas/realistas de los 90. No sé por qué.
Aunque sí barajo una posibilidad canábica. Y lo acepto, ese prólogo lo escribí bajo la influencia de la marihuana, que sí puede ayudar en la ficción, pero no en los respiros ensayísticos.
No se puede negar el pasado, somos esclavos de él: en ese prólogo dije que Thays era un referente.
Tamaña estupidez.
No lo conozco personalmente, y por la manera en que ha tratado a escritores como Miguel Gutiérrez (de quien dos párrafos de Confesiones de Tamara Fiol, su novela más floja, valen más que todos los libros de Thays), no me interesa conocerlo. Pero sí le reconozco (y hasta cierto punto agradezco) su gran voracidad lectora. Es gracias a esta voracidad lectora que no solo yo, sino muchos, tuvimos idea de autores contemporáneos que resultaron capitales en nuestra formación de escritores.
No hay que ser mezquinos.
Como escritor no ha dejado nada, solo un mal ejemplo: la imagen por encima de la obra, las relaciones y el lustrabotismo estratégico.
*
Sin duda, hay un salto cualitativo en lo que se escribió en los 2000 con los 90. Citemos a Marco García Falcón, Alexis Iparraguirre, Carlos Yushimito, Francisco Ángeles, Claudia Ulloa, Karina Pacheco, Martín Roldán, Ulises Gutiérrez, Leonardo Aguirre, Jeremías Gamboa, Carlos Torres Rotondo, Jennifer Thorndike, Julie de Trazegnies, Luis Hernán Castañeda, Miguel Ruiz Effio, Juan Carlos Bondy y Pedro Llosa.
Cojamos al vuelo cualquiera de los primeros libros de estos sospechosos comunes.
Al vuelo nomás.
No tardamos nada en darnos cuenta de que estábamos ante una voz a la que habría que seguir, ante una propuesta que, bajo los defectos de la primera publicación, si ofrecía coordenadas para intuir su voz propia. No es exageración. Esa era nuestra realidad.
Como para celebrar, ¿no?
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Nos leíamos y no nos leíamos.
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O sea, no leíamos nuestra tradición.
*
¿Entonces qué leíamos?
Obvio: una tradición personal. Eso era lo que leíamos.
Las influencias no eran necesariamente peruanas y todas ellas se nutrían del trabajo con el lenguaje.
Eso, el lenguaje.
Si hubo una característica que imperó en nuestra narrativa reciente fue la orfebrería con el lenguaje.
Es cierto que toda propuesta literaria se basa en lo que puede lograrse tensando el lenguaje. El lenguaje es la marca de agua de todo estilo, por más seco y plástico que sea este.
Lo que digo no es nada nuevo.
Poco o nada podemos hacer contra esta ley. Y no hay que hacer nada contra ella, es lo recomendable si es que anhelamos llegar a algo.
Pero el trabajo con el lenguaje no ha sido el problema. No ha sido nuestro problema.
El problema, improbables, es que hemos pensado que el trabajo con el lenguaje se suscribía a escribir bonito. A escribir bien.
¿Qué es escribir bien?, es la pregunta que nos tenemos que hacer para entender lo que se hizo en el decenio anterior.
No me hago problemas.
Creímos que escribir bien era hacer literatura. Y ese ha sido el problema.
*
Las novelas y cuentarios que aparecieron en la década anterior daban cuenta de un sesudo y responsable trabajo con el lenguaje. Y bajo esa línea es que se les valoraba. Bajo esa línea es que nos emocionamos y aseveramos que dicha generación podía equipararse a la del 50.
Nos emocionamos con muy poco.
Eso es lo que duele, porque lo que se produjo después no estuvo en la línea de lo que se suponía.
Si a esto sumamos la estrechez de miras de nuestra crítica literaria, incapaz de rastrear la “sensibilidad narrativa”, como que se comenzó a reforzar una falsa idea, un entusiasmo sin fundamento que nos presentó una cruda realidad: la ausencia de una novela y cuentario que podamos decir referencial, o medianamente referencial.
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Más de uno juró que tendríamos una obra maestra en la década anterior. Pero no nada. Lo más destacado fue el blog Puertoelhueco.
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Llegó la desazón, o si lo prefieres, la desolación.
¿A qué se debió?
Pienso en varios factores.
Hubo saludos apurados.
Pero a la vez una pérdida de la perspectiva de lo que tiene que ser el oficio literario. Nos preocupamos más de lo que se decía de nosotros en el mundo virtual. Blogs, principalmente. Aún el Facebook estaba en su protohistoria.
Hubo dispersión de intereses. Nos preocupábamos de la fama del otro. Sin escribir una línea mínimamente decente, alucinábamos con publicar en Anagrama. Si queríamos entrar a Alfaguara Perú, debíamos enfocarnos en el contacto que pudiéramos tener en la editorial. Si nuestras aspiraciones eran no menos modestas si no te ligaba en Alfaguara, teníamos Norma. El estrellato a lo bestia.
¿Acaso nunca antes existieron estas cosas?
Claro que sí. Desde siempre, muchachito/muchachita.
Pero era la primera vez que nuestras naturales aspiraciones personales y literarias estaban a la vista de todos. Si no me creen, échenle un vistazo a Puertoelhueco.
Puertoelhueco fue un blog basura y no lo voy a justificar.
Pero tampoco me voy a hacer el loco. En Puertoelhueco está escrita la historia contemporánea de la literatura peruana. Allí queda almacenada la mierdita del mundillo literario peruano. Se trata pues de un documento histórico. Joda a quien le joda.
Se impuso la frivolidad.
He allí uno de los motivos que nos distrajo del verdadero norte. Se vio a la narrativa como un medio para lograr relaciones, viajecitos e inclusiones en una que otra antología y demás objetivos que solo los reyes de la diplomacia literaria llegaron a conseguir.
Pocos nos dimos cuenta de que el idilio se había marchitado y sin proponérnoslo, seguíamos facturando las ganancias de la eclosión narrativa del 2004 – 2008, los años de la ilusión.
Terminó la década y los balances son catastróficos.
Los que se pintaban de metaliterarios, la supuesta “Escuela Thays” se quebró.
*
Aunque tampoco habría que emocionarnos con los vitalistas/realistas.
Cuando me pongo a pensar en el realismo, en esa vertiente urbano-marginal, me es imposible no tener en mente esa novela capital de Óscar Malca, Al final de la calle. Pero tampoco puedo caer en la mezquindad con esos otros títulos que, pese a los errores formales de todo libro iniciático, habría que volver a frecuentar. Me refiero pues a Contra el tráfico de Manuel Rilo y Matacabros de Sergio Galarza. Estamos pues ante libros que incomodan, que nos presentan una luz tenue en cada una de sus páginas. Una luz tenue que supera a lo “muy bonito” que se escribió en la década anterior. Libros que habría que hermanar con Generación Cochebomba y en algo, solo en algo, con Punto de fuga.
Es que nuestro error, un craso error, fue salirnos del realismo y renegar de él.
No podemos ser parricidas si negamos nuestra tradición.
Cada escritor tiene su voz concreta, su propia tradición de influencias que no necesariamente tienen que ser literarias.
Hay que conocer la médula de nuestra tradición y a partir de ello construir.
Ese fue pues nuestro horror.
No valoramos nuestra tradición. Quisimos dar el salto a otros referentes sin conocer la realidad a la que pertenecemos.
Un escritor debe escribir en libertad. Pero esa libertad no puede llevarse a cabo en el aire, en un terreno engañoso.
Es que somos escritores, se supone que somos lectores que escriben. No tenemos la envidiable libertad del lector.
Cuando veo lo último que se está escribiendo, no sé qué pensar. Bueno, sí sé en qué pensar:
Aparte del desconocimiento de nuestra tradición narrativa, hace falta más huevos al momento de escribir.
Está bien, escribamos de realidades paralelas, del mundo atormentado o circense del personaje del escritor, hagamos narrativa fantástica, gótica o de terror, pero escribamos con huevos. Escribamos con huevos para nosotros mismos. No tengamos miedo de reflejar en las páginas nuestra realidad inmediata.
Si no se escribe con huevos, no puedes incomodar ni agradar.
Entonces, no debería sorprendernos cuando miramos hacia atrás: tenemos una narrativa amanerada, una narrativa falsa. Y aunque te duela, joven promesa de la narrativa peruana: quienes han escrito con huevos han sido las mujeres.
Las mujeres son las que han puesto los puntos en la íes, ellas han sido el refugio de nuestra tradición.
Pero así como hay narradores a los que lo único que les interesa es el viajecito y las tratas editoriales, también hay narradoras que comparten ese mismo sentimiento, ese mismo norte. Ante esa mentira hay que estar atentos, no dejarnos engañar, más aún en estos tiempos de redes sociales, tiempos virtuales en los que impera quedar bien con todos.
Estamos mal porque no hemos sabido valorar o rescatar lo que sí se escribe con los huevos y con el vientre.
Felizmente, más de uno se ha dado cuenta del asunto.
*
Más de uno se ha dado cuenta de que escribir bonito no basta. Y a ellos es que deberíamos apuntar, seguirles la ruta.
Tenemos pues voces que se han afianzado, que han escapado de la frivolidad mediática, como Jennifer Thorndike y Orlando Mazeyra. Me gusta lo que hacen, la manera en que vienen creciendo, superando las falencias de sus primeras entregas con una escritura pautada por el nervio y el afán de incomodar. También prestemos atención a Richard Parra, Mariano Vargas, Armando Alzamora, Aldo Díaz Tejada, Paul Asto, Yuri Vásquez, Jorge Casillas y Jerónimo Pimentel. Pimentel, a lo mejor La Prosa de esta aún novísima generación.
Vamos.
Hay que fijarnos en los narradores de verdad. No en los figurones que lo único que aportan es vergüenza pública cada vez que promocionan un libro.
Porque no nos fijamos en los narradores de verdad es que estamos como estamos: en la nada.
*
Felizmente, hay indicios que nos pueden ayudar a cimentar la esperanza de que no todo está perdido.
*
Al parecer, y ojalá, parece que estamos por dejar el tiempo de las vacas flacas, y dejaremos ese tiempo gracias al realismo, una vez más.
Pues bien, un punto que quisiera tocar: ¿en qué mente, en qué alma chiquita, en qué corazón sin afecto ha nacido esa idea de que el realismo ha muerto? 
Celebremos el interés por la narrativa fantástica hecha en Perú, resulta más que saludable la búsqueda de los posibles troncos de una tradición. Pero de allí a que ese repentino auge, en el que no encontramos el más mínimo indicio de obras maestras –porque la tradición se hace con obras maestras-, declaremos estúpidamente que el realismo ha muerto, hay pues mucho trecho. Cuidado, señores, no caigamos en las trampas de los vendedores de sebo de culebra.
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Gracias a los buenos y caprichosos oficios de lector, he tenido la oportunidad de leer dos libros en calidad de inéditos. Una novela y cuentario, respectivamente.
Pero antes, me es imposible no dejar por sentado mi entusiasmo por la aparición de la novela Contarlo todo de Jeremías Gamboa. Bien sabemos que la novela viene recibiendo todos los saludos aún sin haberse publicado. He preguntado a todas las personas que la han leído y ninguna de ellas me dice que la novela es mala, sino al contrario, una buena novela. Hasta antes de mi encuesta al paso, veía mal que estemos celebrando un gol sin ver primero el partido. Pero lo bueno es que Gamboa lo tiene todo para ganar ese partido, el partido contra sí mismo. Contarlo todo es una novela narrada con las vísceras y los dientes apretados.
Más de uno espera que esta novela sea lo que se anuncia que es. Necesitamos con urgencia un escritor con proyección, que sea más que los paquetes de aire a los que nos están acostumbrando. Contarlo todo es una novela llamada a sacarte la mierda. Ahora, si la novela no me saca la mierda, yo mismo le sacaré la mierda en mi blog ni bien termine de leerla.
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Me es imposible no expresar mi entusiasmo con el cuentario Las siete bestias de Christ Gutiérrez-Rodríguez. Gutiérrez-Rodríguez, para los despistados, es el último ganador de la bienal de Cuento de Petroperú, con su relato “Los caminantes de Sonora”.
Y bueno, no sé qué palabras decir en estos momentos, qué frase sea la adecuada para este cuentario llamado a generar. Porque sin duda es un libro que no va a pasar desapercibido. Aquí hay calle, amor, poesía. Apunta, querido/querida: cuentos como “Epilepto”, “Regla de cálculo”, “La hebra de cabello”, “A las siete en la acequia, Francesca” serán celebratorios y consagratorios para su autor.
Con mucho respeto a los escritores presentes: si quieres escribir, tienes que leer a narradores con huevos como Gutiérrez-Rodríguez. Aquí se respira y saborea la esquina, la calle, el desánimo aplastante de sensibilidades configuradas por la violencia y las ganas por no dejarse aplastar por un contexto que te ofrece todo para desaparecerte. Nosotros tenemos que ser como los personajes de Gutiérrez-Rodríguez: duros y pujantes.
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Si nuestros editores leyeran en nuestro país. O sea, si tuvieran cierto interés por la lectura, en buscar nuevas voces o en indagar por lo nuevo que estén escribiendo los ya conocidos, no estuviéramos esperando la aparición de la novela Un olvidado asombro de Marco García Falcón.
De la puta madre, qué narrador es Marco.
Con esta novela nuestro autor se ubica, sin duda, como un referente, pero él ya es referente desde París personal, aquel cuentario revelador que nos hablaba de metaliteratura pero también de la vida, que para cualquier lector-escritor vendría a ser lo mismo.
Un olvidado asombro es el ejemplo que refuerza una vez más la idea central de esta ponencia: estamos hasta las huevas porque no hemos salido a buscar, porque a los criticastros de los medios y de la academia no se les ha ocurrido salir a buscar. Así es la milanesa. 
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Sí, sé que vendrán tiempos mejores, propicios.
Peor de lo que estamos, no podemos estar.
Ya pasaron los años mentirosos.
Gracias.
Casi nada. Desolación comentada sobre la narrativa peruana reciente, se leyó en La Antisemana de la Literatura en San Marcos, en octubre del 2013. Y se publicó en el tercer número de la revista Distopía Literaria.