domingo, julio 31, 2016

504

Domingo de sol y con muchas cosas por hacer durante el día, de todas ellas, una es la más importante, la excluyente. Mientras tanto, abro las ventanas y corro la cortina. Obvio: a disfrutar del sol, que ha salido más generoso que nunca. Voy a la refrigeradora y saco una Cusqueña en lata. Eso es lo que voy a desayunar, mientras espero la hora de almuerzo y reviso lo que debo revisar antes de hacer lo que debo de hacer, y mientras veo también el partido de Alianza en Huancayo.
Uno de los documentos en Word que vengo trabajando va sobre el concepto que algunos críticos le vienen dando a la época de los años de la violencia interna, época que yo tengo muy clara, pero que al parecer más de uno no, en tajante muestra de criollada discursiva académica que permita subsistir a sus hacedores valiéndose de aquellos años sensibles y trágicos para miles de peruanos. En la falta de claridad del discurso veo también un irrefutable irrespeto por quienes sufrieron el acoso y masacre de las huestes terroristas. Resulta muy fácil hablar desde la distancia, pero pienso en las almas de estos sabidos, en toda la mierda que debe haber en ellas porque lo que hacen no es más que lucro intelectual/académico: ¿guerra civil?, ¿conflicto armado interno?...
Son los primeros en hablar de los menos favorecidos, de los olvidados por el estado peruano, pero a la primera exigencia de coherencia se les chorrea la hipocresía, la mentira y el racismo contra los que dicen defender. En fin, ya daré testimonio de esas lonjas de chancho.
Se acerca la hora en la que debo hacer lo que debo hacer, entonces, voy a la cocina y me sirvo el almuerzo. Mi falso pekinés Onur atento al aroma de la carne. Me acompaña a la sala y se sienta a mi costado, mirando a la nada, pero esa es su táctica, la ternura interesada que a más de uno ha llevado a compartir lo que comía con este falso pekinés. 
Me sirvo una copa de vino. Prendo un cigarro. Mi mente se despeja, pero el generoso sol sigue siendo una tentación para no hacer nada, pero no importa, hay cosas que has esperado toda la semana y las haces con una sonrisa de genuina satisfacción.

sábado, julio 30, 2016

503

Han sido días ajetreados, pero muy positivos. No me quejo, aunque lo que sí necesito es un poco más de sueño. Hoy sábado pensaba dormir hasta tarde, pero no, una inevitable llamada, su sonido, a golpe de 8 de la mañana, quebró mis intenciones de quedarme metido en el sobre hasta el mediodía.
Últimamente me fastidia que mis tías llamen a mi madre por cualquier cosa, pero antes de decir cualquier tontería al contestar, me autobrindo una ligera tolerancia, un pequeño respiro a la furia mañanera, puesto que no existe peor cosa que el sueño interrumpido.
Cuando me dispongo a pararme, el teléfono deja de sonar, y como ya estaba dispuesto a levantarme, aprovecho la intención para ir a la cocina y prepararme el desayuno.
Busco el café y lleno la tetera con agua.
Cojo la bolsa de pan de molde, también la jamonada, el queso y el chicharrón de prensa. Me envenenaré desde el saque, pero no importa, no seré el único que se envenene desde el desayuno. Obvio, cuando me sienta más despejado, iré a abastecerme de frutas para toda la semana.
Ahora tocan la puerta y me acerco a la ventanilla. Es el señor que me trae los periódicos.  Por lo general, es mi padre quien recibe los periódicos.
Me sirvo café y, contra lo que suelo hacer, le pongo azúcar, quizá pensando que de esa manera reforzaría una actitud contra la sensación de pereza. Para mi felicidad, recuerdo varias páginas de los diarios de Ribeyro que estuve releyendo anoche, imposible no frecuentar los diarios de Ribeyro en los feriados largos, al menos, esa es mi costumbre, empalmar la ociosidad con uno de los escritores peruanos que hizo de la molicie una virtud humana y también una experiencia literaria. Me viene bien porque aún sigo dopado con el espectacular ají de gallina que Mario preparó ayer en la casa de Alina.
Luego de desayunar, preparo el desayuno de Onur. Después, me pongo a leer los diarios, cosa que me entero de las nuevas maravillas que día a día me depara este país. No me entero de nada; será pues un día tranquilo y normal, sin mucha novedad exterior, sin un tópico que marque la pauta temática colectiva, pero jamás hay que subestimar a este país, porque lo que no ofrecen los diarios, sí los portales de noticias, en los que veo la última barrabasada del cardenal, que una vez más se graduará de hijo de puta, con el perdón de las putas. 
No me extraña que este sujeto tenga la audiencia que tiene. Para nada. Desde hace un buen tiempo he decidido cuidar mi hígado. No me fastidia la existencia de seres diabólicos como Cipriani, no me debería fastidiar en realidad. Gente como él no es el problema, sino el verdadero problema es la gente que lo sigue, que aplaude y obedece cada una de sus opiniones ultramontanas. 

jueves, julio 28, 2016

502

Anoche, luego de una de las presentaciones más concurridas en los años que lleva SUR, me fui a comer.
Me bajé del taxi entre Javier Prado y Petit Thouars. Pero los restaurantes estaban cerrados, más bien, los bares estaban en su punto; bien pude entrar a uno a pedir algo ligero, pero lo que deseaba era comer, envenenarme como no lo hacía en tiempo, por lo que caminé hasta el Centro Comercial Risso, que es prácticamente volver, o estar cerca, a lo que fue mi colegio.
Llegué adonde me propuse y no había mucho que pensar. Me dirigí a Mi Carcochita y pedí una salchipapa especial.
Esperé la salchipapa y observaba, a más de treinta metros en diagonal de donde me ubicaba, un chifa de nombre impronunciable, de buena pinta, sí, pero que es uno de los más horribles de la ciudad en cuanto a los platos que sirven. La primera y última vez que lo visité, lo hice en compañía de “Mr. Chela” y “El caminante” y una punta más cuyo nombre no recuerdo. Habíamos estado tomando algunas chelas en Pollo Pier y fuimos a ese chifa a sugerencia de “El Caminante”, porque se supone que eran sus dominios, sus dominios del barrio. Hicimos nuestros pedidos y cuando nos sirvieron los platos, todo bien, nada del otro mundo, el aroma a chifa, el humo ondulante que parecía una bailarina de ballet, todo sin problemas, pero las cosas se pusieron jodidas cuando comencé a probar el plato.
Miraba el local de ese chifa. Igual que hace varios meses: bien pintado, pero de platos horribles, preparados a lo bestia. No había que pensarlo mucho, ¿qué sentido tiene mantener un negocio que para vacío y, además, cuya comida es horrible?
Pienso en las lavanderías de la ciudad. No es la primera ni la última que vea una.
Hace no más de dos meses, mi pata Abelardo, el metalero que escucha Air Supply, nos invitó a Armando y a mí a un chifa ubicado en el Rímac, a no más de tres cuadras del Puente Trujillo. Abelardo ya me había hablado de las bondades de aquel chifa y esas bondades se manifestaron en la concurrencia que llenaba el local. Por un momento creí que tendríamos que esperar y lo que me jode más es esperar a que una mesa se desocupe en un restaurante. Para nuestra buena suerte, una pareja disponía a retirarse.
Abelardo tenía razón. Era un buen chifa. Generosidad en las porciones y flameo justo en los platos. Y comimos hablando de lo que siempre hablamos cuando comemos, casi siempre con el silencio de Armando, que quiebra cuando tiene que hablar mal de Alianza Lima y a favor de la tradición poética peruana, que conoce como pocos. Cuando Abelardo comienza a hablar, extrajo de la manga una historia que pautó nuestra conversa hacia la epifanía, como la de un pequeño chifa en Alfonso Ugarte, a metros de Bolognesi.
Ese pequeño chifa que también visité un par de veces y al que Armando iba religiosamente 5 veces a la semana. La razón de estas visitas no obedecía a sus buenos platos, sino a la chinita que atendía. Una chinita, menudita, excesivamente bonita, de voz dulce. Una muñequita oriental, en todo sentido. Ella atendía ese pequeño chifa con quien al parecer era su esposo. Los platos que vendían no eran la gran cosa y cada vez que iba había muy poca gente. Más de una vez me pregunté si en verdad dicho chifa les daba para vivir y si los pocos clientes que iban lo hacían ante todo por la muñequita oriental. Esa es la impresión que tuve en mis dos únicas visitas. Y no me sorprende que Armando se haya enamorado de esta mujercita. La recordaba al detalle y creí que se perdería en una de sus tan alucinantes descripciones pormenorizadas, pero no, felizmente no fue así, porque, “no lo vas a creer, un domingo en la noche, en uno de los noticieros de mierda”…
Lo que dijo Armando me dejó helado. 
Así es: la chinita apareció en un reportaje dominical, como una despiadada mujer que había asesinado a cuchillazos no solo a su esposo, sino también a tres tipos más, también orientales. En el reportaje se indicaba que esta chinita pertenecía a la mafia china del Dragón Rojo y que el local era una fachada de esta red criminal, que no solo era una lavandería, sino también un centro de tortura de la mafia. Según las pesquisas policiales, la muñequita china habría intentado fugarse del país con una importante cantidad de dinero y para ello debía deshacerse de su posible esposo y de los integrantes de la mafia que cierta noche fueron a hacer lo que tenían que hacer en el local… “Estos ojitos la vieron, Gabriel, era la muñequita china, quién lo iba a creer, que ese cuerpito, que esa belleza oriental haya acuchillado a tres huevones”…

martes, julio 26, 2016


lunes, julio 25, 2016

501

Me despierto y me pongo a leer. Por la ventana siento un tenue rayo de sol que ilumina mi frente. Sigo leyendo. También me fijo en los diarios de ayer domingo.
Al rato, me pongo de pie y voy a la cocina por un vaso con agua. También me sirvo café, de sobre nomás, pasarlo requiere del tiempo que no tengo, ni tendré, en lo que resta de la semana. El café cargado despierta mis sentidos, los que quedan y me piden que regrese al sobre, a ese calor de las sábanas que en invierno se convierte en más que una tentación, una inminente realidad.
Sorbo el café y reviso mis cuentas en el celular. Todo ok, en su normalidad, en su sano curso, para ser un lunes.
De vuelta en mi cuarto prendo la Laptop, también el televisor, porque se transmitiría un partido amistoso entre los Manchesters, pero no pasa nada y no me interesa saber por qué no se transmitirá el partido. Entonces, una fugaz disyuntiva: ¿apago el televisor o sintonizo Canal N?
Opto por la segunda opción.
Sintonizo Canal N.
Y el espectáculo es deprimente. Pero no me sorprende, no me sorprende para nada.
Los congresistas de la reserva moral peruana, es decir, los congresistas del Frente Amplio, se están sacando la mierda por las oficinas administrativas que usarán en los próximos años. ¿El “padre” Arana? Ese tipo, hablando como bueno, olvidándose que entró al congreso valiéndose de artimañas, aplicando como nadie la criollada de la derecha. A su costado, la guapa Marisa, tensando el rostro, intentando proyectar tranquilidad entre tanto griterío. No es tonta, ya llegaron las cámaras de televisión e invoca a la calma.
Hace no mucho un pata me comentó que pensaba postular al congreso. Lo escuché. Sus razones eran nobles: quería postular por el sueldazo y los suculentos beneficios. Al menos fue honesto en sus intenciones, siendo el único, entre varias puntas que me venían con la falsa actitud de servir a los peruanos, que se mostró tal cual.
Recuerdo que le dije que el proceso de postulación era largo y tortuoso, por ende, desgastante. No solo se requería de dinero, también de poner en bandeja toda una red de relaciones, es decir, la aplicación de un poder que te asegurara quedar entre los primeros cinco de la lista congresal del partido político al que te afilies. Eso es lo más jodido. Quedas entre los cinco y tienes pie y medio en el congreso. Aunque conozco casos de aspirantes al congreso que estando entre los cinco primeros de la lista no lograban su objetivo. Bueno, había que ser bestia, o quizá tan mala persona para que ni tu familia vote por ti. Es jodidazo postular al congreso, mucho más que postular a la presidencia. Entonces le hablé de las verdaderas diferencias entre postular al congreso y a la presidencia. Tentar la presidencia es más viable que ir al congreso. Le resalté lo que debería hacer.
El rostro de mi pata se iluminó. Y no lo dudó: postularía a la presidencia en el 2021.
Cuando nos despedimos, me dijo que de llegar a la presidencia me daría una cartera ministerial. “Escoge, Gabriel”, me dijo. 
Bueno, no me vine con falsas modestias. El izquierdista que llevo dentro me alentó a lo siguiente: no aceptar ningún cargo ministerial (aunque sé que lo haría muy bien en Cultura, llevando a cabo una política revolucionaría sobre la promoción de la lectura, nada que ver y a años luz con el trabajo para las cámaras que se hizo con la inútil de Álvarez Calderón) por la sencilla razón de que sería un lastre administrativo para el estado, para empezar, mis sesiones comenzarían a las cuatro de la tarde hasta la medianoche, de corrido. 

Entrevista a Olga Martínez (Editorial Candaya)

Seguramente la línea de ensayo de la editorial es la que ha permitido reforzar la legitimidad conseguida. No hace falta hurgar mucho, de lejos, los ensayos y estudios sobre los escritores que conforman esta línea, aparte de brindar luces, forman las bases del nuevo canon de la literatura escrita en castellano. Es una línea tanto para especialistas y lectores entrenados que profundiza en la obra de sus autores favoritos.


Estamos especialmente orgullosos de la colección Candaya Ensayo, que pretende ser una herramienta de lectura reflexiva y debate crítico sobre la obra de algunos autores que se están convirtiendo en nuestros clásicos contemporáneos: Bolaño, Piglia, Villoro entre los latinoamericanos; Vila-Matas y Marsé entre los españoles. Son libros que apuestan por el equilibrio entre la erudición académica y la condensación periodística, y que ofrecen, además, algo que nos parece que nunca se había hecho en el mundo editorial: en todos va incorporado un documental inédito, que quiere ser una puerta de acceso al universo más íntimo del escritor que reivindicamos. Nos gustó mucho lo que  Ricardo Piglia dijo sobre ellos: “Los libros de Candaya Ensayo estimulan la producción crítica y son como bibliotecas móviles, que permiten que el diálogo entre escritores y lectores continúe y se enriquezca.”


Seguir en Sur Blog. 



domingo, julio 24, 2016

500

Me despierto antes que suene el despertador. Si algo bueno trajo el malestar de los días pasados fue ordenar mi sueño, volver mi descanso como el de una persona normal. No sé cuántos días me dure, pero allí le doy, ajustándome a los nuevos tiempos y aprovechando el cambio todo lo que dure hasta volver a mi realidad.
Anoche, antes de meterme al sobre, pude enterarme de la existencia de un artículo de Alonso Cueto sobre Miguel Gutiérrez. Sobrio y contundente. Al respecto, recordé que hace muchísimos años, y no sé en qué contexto, Cueto me comentó que hubo un tiempo en que Gutiérrez y él solían visitarse, acompañados de sus respectivas esposas, y pasaban las horas hablando de la vida, la literatura y los proyectos literarios personales. Cueto me lo contó a semanas (¿o meses?) del fuego cruzado generado en la polémica Andinos contra Criollos. Lo cierto y de lo que fui testigo: Cueto nunca me habló mal de Gutiérrez y Gutiérrez nunca se expresó mal de Cueto. No sorprende que ante esto aparezcan los reyes de la exclusividad, aquellos payasos que saltarán con su supuesta verdad. Lo que siempre he visto en Cueto y Gutiérrez: dos caballeros. Te puedes sacar la mierda con alguien y seguir siendo un caballero, sin apelar a la cultura barrial de la adjetivación, lejano de la ramplona respondonería. 
Obviamente, compartí el artículo de Cueto con el pueblo. Ni bien lo hice, me metí al sobre, víctima del sueño, pero cometí el error de no apagar el celular. Algunas puntas, en verdad 3, y cada una por su lado, me llamaron para animarme a ir al centro, a un concierto en Chota, pero por más buena onda que le ponían a sus arengas, mi decisión ya estaba tomada. No podía retroceder en el día central de mi recuperación, aunque sí lo pensé cuando me Dio y Dajo me pasaron la voz sobre la salchipapa en el Munich. Pero como ya dije, mi decisión de meterme al sobre temprano ya estaba tomada. No era para menos, lo que sé de la experiencia de esta semana, es que semana como esta no la volveré a pasar nunca más.

sábado, julio 23, 2016

499

Me levanto temprano y siento un hambre descomunal.
Pero antes, el café de rigor. Onur, por su parte, jugando con el talón de mi calzado.
Le grito pero no hace caso.
El café humeante, en su punto. Lo justo para desperezarme en esta mañana.
Anoche, luego de la conversa con Iparraguirre en El Virrey de Lima, me dirigí a una farmacia, a la búsqueda de las pastillas que den por terminada esta semana en la que me he privado de todo, semana que reunió todos los males temidos por este servidor, malestar que me hizo pensar en si había hecho algo malo en los últimos meses.
Lo que sé, es que semana como esta no volveré a pasar ni a balazos.
En el trayecto a la farmacia, en la única que confío del centro, ubicada frente al Hospital Loayza, y muy cerca de Los tres continentes, me cruzo con un Zepita anónimo, al que saludo porque no lo veía en mucho tiempo. Me hizo la taba por un par de cuadras, las suficientes para saber de su preocupación por el comportamiento de “Cachetada Nocturna”. En realidad, no me sorprendía lo que me contaba el Zepita anónimo. En el mundo de “Cachetada” todo es posible. Y cuando lo vea, lo voy a cuadrar. O sea, este mal llamado “Faulkner peruano” viene siendo víctima de un atarantamiento conceptual, puesto que el Copé de Novela no es el Pulitzer, y si en caso lo fuera, eso no es justificación para insultar y escupir a un colega que en la práctica, y que sin necesidad de valerse de los premios pasados (Copé incluido), la viene rompiendo con su último libro.
Eso es lo que pasa cuando solo escribes motivado por la concursografía, peor cuando no sabes manejar la suerte si en caso hayas ganado.
Sin duda, ganar un concurso ayuda en lo económico.
¿Pero acaso un concurso es garantía de calidad literaria?
En los últimos años, ¿cuántas novelas y cuentos ganadores del Copé podemos llamar referentes y axiales para la narrativa peruana? Me refiero pues a la instancia que literariamente te coloca más allá del premio como tal, esa instancia que te permite un diálogo con los lectores sin depender de la algarabía de la inmediatez.
Un breve recorrido en la historia del Copé, tanto en narrativa y poesía, nos arroja un magro número de títulos a considerar.
Mientras me sirvo un triple, y aprovecho en volver a llenar mi taza con buen café, pienso en que debería haber un sinceramiento de opinión por parte de sus ganadores, es decir, confirmar la obviedad, dejarnos de cojudeces: el Copé es importante por el dinero, por eso. 
Pese a los años del premio, a este aún le falta cumplir con esa cuota de trascendencia literaria que lo eleve a la legitimidad. Sé, sin duda, que puedo estar pecando de injusto, a lo mejor, y ojalá sea así, pero se trata de un pecado de buena intención, que me permitirá en estos días llevar a cabo una revisión en la BNP de las novelas y cuentos ganadores del Copé de los últimos años. Solo así, y en parte, a manera de involuntaria extensión, también podré entender el mundo bizarro y estrafalario de “Cachetada nocturna”.

viernes, julio 22, 2016


498

Toda la semana la he pasado mal, recuperándome de una serie de males confluidos, lo que ha motivado a que esté más desconectado del mundo que de costumbre. Pese a ello, me di maña, o sea, me drogué lo suficiente, para cumplir algunos compromisos ineludibles. Felizmente, hoy viernes amanecí mejor, sin dolores corporales, sin mareos y sin esa sensación de no querer hacer absolutamente nada.
Cerca de las 8 de la mañana me dirijo a la cocina y me sirvo anís, el temor al café aún queda postergado hasta cuando me sienta totalmente recuperado, sin ese miedo a la recaída que no debo permitirme el día de hoy. No pasa mucho tiempo para que Onur se acerque y empiece a pedir, con saltos que pasan el metro, su desayuno. Mientras tanto, entro a la página de algunos diarios, como también a algunas cuentas de Facebook y ver lo que está ocurriendo. Lo del ingreso a la cuenta de Facebook obedece a una razón: el creciente interés que vengo percibiendo sobre la marcha que se realizará el 13 de agosto. Una marcha que se pinta como una de las más multitudinarias en la historia de protestas del país. No es para menos, y me alegra que sea así, porque es una marcha movida por el espíritu de indignación de millones de mujeres peruanas, una ola de protesta que se viene gestando desde hace varios años pero que se ha repotenciado con los últimos sucesos ya conocidos. La ley no protege a las mujeres, la criollada política está contra ellas, entonces, las mujeres se ponen de pie. Me fijo en cuentas de amigas y conocidas que nunca han mostrado interés en la utilidad de las marchas, pero ahora sí, la cólera e indignación, esa mezcla que las eleva a sumarse a una causa que viene creciendo a nivel nacional.
No estar en esa marcha, no apoyarla, es ser un subnormal. 
Y hablando de subnormales, no deja de sorprenderme la amarga alegría crema cada vez que ganan un clásico. Más de una vez he escrito sobre la pusilanimidad de Mosquera al frente del equipo blanquiazul, su falta de criterio y sideral soberbia que le han impedido conectar con un equipo cada vez más lejano a la regularidad. Se perdió y no me sorprende. Como tampoco llama mi atención la festividad crema, una festividad en donde la alegría por el triunfo viene condimentada por el odio y el resentimiento. Siempre me pregunto qué les cuesta ser festivos en su esencia, como sí lo son los blanquiazules cada vez que ganan un clásico o consiguen un campeonato. No lo pienso mucho y a la verdad nos atenemos: eso pasa cuando no tienes una verdadera historia y una justificada tradición, ni hablar de gestas épicas, no una de plástico y que solo se justifica en campeonatos, en los chicharrones. He allí la diferencia.

una de Villeneuve

Desde hace mucho tiempo que no me acercaba a una sala de cine. Claro, para un consumidor de películas, mi decisión de no frecuentar el cine se debía a la aparición de una suerte de especímenes que amenazaban con multiplicarse e instalarse en ese espacio donde se supone debe reinar el silencio. Sencillamente no aguantaba el ruido que hacían, que no contentos con hablar por el cel, empezaban a hacerlo también por el Nextel. Entonces, antes de convertirme en un asesino en serie decidí ver películas en otro formato, sin abandonar la esencia de cinépata.
Con algo de retraso veía las películas que se estrenaban en el circuito comercial. Al respecto, si algo debo decir algo, y siendo honesto conmigo mismo y ajeno a la posería de los que piensan que solo el cine de autor es lo que hay que ver para asumirnos más interesantes y cultos, debo decir que el cine comercial sí tiene mucho que ofrecer, siempre y cuando el público conocedor vaya a las salas y legitime con su presencia la película.
Llevo años siguiendo las películas del director canadiense Denis Villeneuve. Villeneuve ha ido construyendo una carrera singular, gracias a películas como Enemy, su obra maestra Incendies y Prisoners. De estas, solo la tercera pudo estrenarse en nuestro circuito. Sin exagerar, Villeneuve es lo mejorcito que tenemos en el cine comercial hoy en día, ha sabido pues cuidar su poética sin caer en los caprichos que demanda la gran industria. Por ello, ni bien me enteré del estreno de su última película, Sicario, y guiándome por la intuición de que no estaría mucho tiempo en cartelera, fui a la única sala en que la proyectaban, en UVK de Larcomar, programada en última función.
Sicario (2015) es una prueba más del talento del canadiense, un sustento de la calidad histriónica de Benicio del Toro al momento de interpretar a un oscuro personaje que obedece a intereses no necesariamente ligados a cumplir la ley, como también una prueba de la mejor actuación de Emily Blunt que da vida a una agente policial de ideales en un contexto por demás sucio e inmoral. No es la más lograda película de Villenueve, pero sí uno de los mejores acercamientos que se hayan hecho sobre la verdadera historia que se teje detrás del narcotráfico. Villeneuve no se proyecta como un grande, ya lo es.

… 

Texto que rescato, que se supone sería publicado en una revista miscelánica que no salió por falta de presupuesto.

miércoles, julio 20, 2016


496

Tuve que salir en la noche, a un concierto de ballet, que para mí tenía de novedad porque, no me tomó tiempo saberlo, nunca había asistido a un concierto de ballet. No recordaba que había pedido una entrada que pagaría la misma noche de presentación. Entonces, con apuro me puse mi casaca y tomé un taxi a San Isidro. Si bien es cierto que llegué tarde y no vi el concierto, la idea era pagar la entrada y así colaborar con la noble causa del concierto: lo recaudado sería invertido a favor de los niños del sur.
El regreso, obvio, fue mucho más tranquilo. Caminé por El Olivar, a paso lento, revisando las últimas novedades en el cel, viendo la furia de los aludidos en un post anterior. No niego que me causaba gracia la indignación de los aludidos, palteados, dispuestos a todo pero desagraciados para la ironía e inteligencia.
Me desconecté de la señal de internet.
Se me antojó comer un sanguchón, entonces tomo un taxi al Centro Comercial Risso, y de allí tiro lata directo a Mi Carcochita. Esperé la hamburguesa observando a los demás glotones que me rodeaban, el frío los convertía en seres desarraigados, o esa era mi impresión, pero ninguno miraba a otro lado que no fuera la parrilla. Solo miraba mi pedido aunque también miraba la atención de un pata gordo, chato y peculiar, un chino chato, a quien le caían las gotitas de sudor por las patillas, agucé la mirada y traté de recordar, porque ese rostro me era conocido, pero no llegué a conclusión alguna, puesto que recibí la llamada de “Jeremy”, que estaba muy contento por la lectura de Los viernes en Enrico´s de Don Carpenter. Me puse a hablar con él lo que recordaba de la novela, también escucho que me llaman para recoger mi hamburguesa especial. Tomé asiento en el borde de la vereda y seguí conversando sobre esa novela que funde vida y literatura, tratando de recordar situaciones específicas, porque lo que sí mantengo es la impresión, o sensación emocional, de cuando la leí. 
Y de la nada me doy cuenta que desde hace muy buen tiempo, años quizá, no me ponía a comer sentado en el borde una vereda. Definitivamente, el mundo es distinto desde abajo, hasta era distinta la manera en que el chino chato gordo devoraba un pobre sanguchón de pavo. Obviamente, desde abajo sí lo había reconocido, pero no le di importancia, puesto que comprobaba una vez más que el mundo es más chico de lo que pensaba, pero había otras cosas en las que ocuparse, como el separar fecha para la marcha del 13 de agosto. Ya mucha huevada contra el abuso y desprotección con las mujeres en este país. 

martes, julio 19, 2016

495

A las 2 y 30 de la tarde salí de casa y me dirijo a Miraflores, en la que conversaré con un amigo chileno, Luis, que para más señas, es también escritor y editor. En el taxi, leo la edición de Tusquets de La conciencia del límite último de Carlos Calderón Fajardo, novela que presentaré en unos días en la FIL, con Francisco y Pablo.
Le pedí al taxista que bajara el volumen de la música que estaba escuchando. Me pidió disculpas por la música y que entendía que no me gustara, porque se la había pedido el pasajero que me antecedió. No me hice problemas, algo de Pink Floyd, el “Dogs” podría sonar muy bien en esta tarde gris y fría; el frío me embestía con fuerza inusual, misma fuerza recargada con la firme intención de hacerme partícipe de ese malestar que tanto temo, con el que sí me dejo de huevadas, ajá, la gripe.
Entonces pienso en las maneras que podría alejar la gripe, de una vez y para no ausentarme en los próximos días, de las actividades en las que participaré. Mientras barajo mis cábalas, porque soy un hombre de cábalas, llego a mi destino. Pago la carrera y me dirijo al encuentro con Luis, con quien me quedo conversando de todo, en perfecta sintonía de los temas que abordamos, tanto en narrativa como en ediciones. Aunque claro, con más de un punto de desencuentro, pero nada del otro mundo, una conversa pautada por las ideas uniformes, jamás será una conversa.
Pienso en caminar un rato por Miraflores, pero recibo una llamada. Hay que regresar a casa cuanto antes, porque mañana será el homenaje de Kloaka a Eduardo Chirinos en Sur. Lo que pensaba que me tomaría más tiempo, lo resuelvo en pocos minutos. Igual, me alegró volver rápido a casa y ayudar a mi madre en algunos arreglos de la sala y ponerme a revisar, en calma, los libros que he recibido en los últimos días.
Dentro de un rato, retomaré la lectura de la novela de Carlos. No sé cuántas veces la he leído desde que la leí por primera vez, solo sé que se trata de una pequeña obra maestra que no dudaré en recomendar cada vez que pueda. 
Eso.

lunes, julio 18, 2016

Entrevista a Andrés Trapiello

¿Es un experimentado explorador de las vidas ajenas?

Todos los escritores lo son o tratan de serlo. Para un novelista empezar por las vidas ajenas es el modo más natural para hablar de sí mismo. Como la claridad para el filósofo, que decía Ortega, es también como una cortesía.  Decía Stendhal: “cuando miento, me aburro”. Era una manera de decir: cuando hablo de mí mismo, me aburro. Porque uno tiende, sin querer acaso, a mentir, cuando habla de sí mismo. No conozco a nadie que mirándose en un espejo no trate de parecer más guapo. Por eso lo mejor es no mirarse en ninguno espejo, y pasear este a lo largo del camino, que decía también Stendhal.



Seguir en Sur Blog.

494

Me levanto algo tarde, no tengo ganas de salir de cama, el frío se ha instalado en cada centímetro de mi cuarto, pero hay que hacer el esfuerzo, el suficiente para el duchazo del deshueve.
Respiro hondo y sin más ingreso a la ducha. Pienso en todo lo que tengo que hacer durante el día. Felizmente, son cosas que puedo dominar, aunque en la tarde-noche vaya a tener que salir un toque. Iré a la biblioteca del ICPNA a devolver unos libros y pagar la mora respectiva, porque debí devolverlos el jueves pasado. Como si nada. Ojalá, sí, lo haga rápido porque quiero regresar para ver la WWE.
Una vez ubicado frente a la pantalla, fresco y con la cafetera al costado, respondo los correos recibidos el fin de semana. Uno de ellos me llama la atención. Una reportera de un conocido diario local me escribe y me consulta si puede entrevistarme a razón de la Antifil. Le digo que ya, “dale con las preguntas”, y que, por favor, me las mande en Word, porque así me es más fácil y porque también pienso que serán a lo mucho tres preguntas.
A los 20 minutos recibo el archivo de preguntas. Me sumerjo en el trance de las respuestas, mientras Onur se ubica frente a mí, mirándome fijamente, atento a mi primer descuido para saltar sobre mi chirimoya, sin duda, mi fruta preferida. Onur se ha vuelto un devorador exquisito. Desde hace meses que no come la comida que debe comer, sino que quiere comer lo mismo que nosotros y en el mismo momento que lo hacemos. Está muy engreído a razón de mis padres, pero no gano nada con hacer que cambien el trato con el falso pekinés, que para ser  sinceros se ha hecho querer. Hasta los Zepitas quieren conocer a Onur. En realidad todo el mundo quiere conocer a este falso pekinés, que se ha convertido en mi hermano menor y, como se deduce, en el engreído de la casa.
Acabo las respuestas y se las envío a la reportera.
Y ahora me pongo a trabajar en una entrevista que en las próximas horas publicaré en Sur Blog. 
El escritor entrevistado es uno al que vengo siguiendo desde hace varios años, y sé que ha sido polémico, pero bueno, pienso que todos somos polémicos una que otra vez, y lo que importa, a fin de cuentas, es la literatura como tal, en sus conexiones que nos depara la lectura.

domingo, julio 17, 2016

493

Anoche, mientras me dirigía a la librería, en la que se presentaría el poemario Música para tarántulas de Diego Lino, decidí cortar camino por los suculentos recovecos de Mesa Redonda. El tráfico estaba hecho una mierda y me bajé del taxi en Parque Universitario. Tenía tiempo suficiente como para darme una caminata pausada, viendo y asombrándome cada vez más con el comercio salvaje y surrealista. He pasado miles de veces por esas calles y nunca dejo de asombrarme con lo que me cruzo, desde la señora que me ofrece un breviario y el tío que pretende venderme una caja de condones a 15 soles. Aunque en Paruro sí me detuve en una tienda para preguntar por el precio de unos parlantes, porque quiero que mi cuarto retumbe con la música que estuve escuchando el pasado domingo.
Cuando crucé Abancay, sentí mucha tranquilidad. Bueno, no todos tienen que caminar a mi ritmo pero hay patas y flacas que caminan con una lentitud que exaspera, a los que estuve a nada de pisarlos. Una vez en la empedrada Ucayali, prendí el primer cigarrito después de cinco horas. Llamé a la librería para saber si ya estaba llegando la gente.
Todo ok, aún había tiempo para la presentación. Y aproveché en comprar una Cusqueña en lata.
Sin embargo, al llegar al Pasaje Olaya, ocurre lo inevitable, me topo con Jorgito, que estaba con un grupo de patas. Estaban sazonados en alcohol. Bueno, desde hace un tiempo lo veo sazonado en trago, pero cuando me encontraba con él, y al paso, en estado sano, sin los condimentos de la estupidez alcohólica, Jorgito siempre me mostraba su cariño y admiración, porque le gustaban mis reseñas, mis textos que leía, ya sea en este blog u otro medio, siempre en muy buena onda y en afán de compartir sugerencias de lecturas. Claro, esto ocurría cuando todo estaba en paz, pero últimamente lo percibo muy asado y violentado conmigo, y hago memoria.
Me pregunto, intentando hallar la razón de sus arranques conceptuales, gratuitos y que obedecen a los más profundos complejos. Como no me regodeo en los problemas, sino en el hallazgo de las soluciones, y aprovechando que tenía tiempo, fácil le podía dedicar 5 minutos y de esa manera saber por fin a qué se debía esa súbita cólera infantil hacia mí. Entonces le escuché. Escuché cada una de sus cojudeces, cojudeces que no sintonizan en alguien que dice haber leído un montón, más que nadie en el universo. Ocurre que ese es el punto que acompleja a este patita: quien ha leído más que él es un potencial enemigo, tanto para él y su grupo de subnormales, bautizado por los cafichos de los tracas de la Colmena como los Stupi Babies. O sea, aparte de risible, me resulta penoso, porque gracias a esta clase de poserías sobre la lectura, se pierde el gusto, placer y amor por ella. Los Stupi Babies no entienden la esencia de la lectura, mucho menos su natural extensión: compartir, sugerir, recomendar y en esa experiencia discutir.
Jorgito y los Stupi Babies son la cagá. Protagonistas idóneos de una novela de Mario Poggi. Es que los Stupi Babies no son lectores, solo usan la lectura para suplir las carencias afectivas y reforzar su odio contra el mundo. Como buenos se burlan de los nuevos y trajinados poetas. “Puro huevonazo”, dice el ideólogo de este grupo ante un nuevo poemario, calificación con la que pretende ocultar una verdad que enfurece a los Stupi Babies: los Stupi Babies escriben hasta el culo.
O sea, si en verdad lees más allá de lo que dices leer, si en verdad estás comprometido con la epifanía de la palabra, al menos debes escribir bien, estimado semillero. Veamos, el ideólogo de este grupo publicó hace un tiempo un poemario, un poemario que según sus palabras iba a remecer la tradición poética peruana. Bueno, nadie comentó el libro, no obtuvo ni una sola reseña. Pero ese no es motivo para bajarle el dedo a una publicación, menos a un poemario. Por ello, en aquel entonces me lancé en su búsqueda y lo hallé entre la ruma sobre la que dormía “Onetti”, el gato de mi pata Paciencias, librero de Amazonas. Leí el poemario y puta, putamadre, me pregunté lo siguiente: ¿en verdad es Jorgito el autor de esta porquería? Y cuando se lo comenté: “¿viste?, es de la conchadesumadre”, me dijo. Y como cuando leo un libro, lo pata queda de lado, hice que pisara pelota: “oe, huevas, qué pasó, este libro es un chiste, esto lo ha escrito Carlos Cacho en un arranque de seriedad”.
Todavía lo recuerdo.
Jorgito escuchó mis contundentes reparos e hizo lo que le pedí que hiciera: en la noche le ayudé a cargar dos cajas gigantes para galletas hasta la estación de bomberos de Belén. En esas cajas estaban los ejemplares de su poemario. Donamos esos libros a los bomberos, que necesitan reciclar papel para venderlo y de esa manera tener algo de dinero para cumplir la noble función que cumplen en nuestra sociedad.
Después de mucho tiempo, Jorgito se reconcilió con la escritura e intentó escribir una que otra reseña. Y el mismo detalle: seguía escribiendo hasta el culo. No asimilaba lo que es leer, no podía leer más allá de las letras impresas.
Es que no sabe leer, no disfruta de la lectura. Pues bien, en vez de guardar silencio en una esquinada mesa del Don Lucho a razón de un poemario y textos sueltos escritos con la pezuña, reafirmó su odio contra el mundo, contra los nuevos y trajinados poetas, contra todo aquel que lea más que él, ni las cucarachas que escalaban su Margarito se salvaban de su tirria. Es así que Jorgito se convirtió en lo que jamás quiso ser: un Stupi Baby Reloaled.
“Mira, huevas. Escribes hasta el culo y no puedo hacer nada por ello. Esa es tu chamba, no la mía”, le dije anoche.
Y bajando la voz:
“Oe, Gabriel, puta, no me cagues, pe, aquí los Stupis están escuchando”.
“No te preocupes, no estás solo. Ellos también escriben hasta el culo, y créeme, los he leído”.
“¿Sí?”
“Ajá”.
“Puta, ¿y qué puedo hacer para no escribir hasta el culo?”
“Fácil, semillero: tienes que empezar a leer, a leer porque te gusta, no para sentirte superior a los demás. Claro, la lectura no te hará mejor persona, pero sí menos idiota, te brindará criterio, amplitud de mente, y eso, pienso, es lo que necesitas”.
“¿Verdad, no?”
“Ahora, lo que sí puedo hacer es lo siguiente. Voy a hablar con los dueños de todas las librerías a las que has robado. Les diré que has cambiado. Pero ojo, eso no quiere decir que te vayan a emplear otra vez, pero al menos dejarás de ser un apestado. Eso es lo que haré: “Amnistía para Jorgito”, esa será mi contribución.
“Gracias, Gabriel. Tú eres mi pata, carajo. Te he estado odiando por las huevas”.
“Solo una duda: ¿los libros que robabas eran para tu consumo o para rematar por allí? Responde con la verdad, Jorgito”.
Jorgito respiró hondo:
“Los remataba, causa, los remataba”.
“¿Pero los leías?”
“Los remataba, causa, los remataba”.
“Ni siquiera te quedaste con uno para leerlo? ¿No sabes que fueron tus compañeros de trabajo los que tuvieron que pagar con su sueldo los libros que te robaste?
“Los remataba, causa, los remataba”, 
Prendí otro cigarrito y pensaba, ahora sí en serio, si este engendro merecía o no una amnistía.

sábado, julio 16, 2016

una feria con actitud

Anoche, después de nuestro encuentro en la librería con el poeta Roger Santiváñez, nos fuimos a la ANTIFIL.
Lo primero que nos llamó la atención al llegar al local de Asociación Guadalupana, fue percibir un genuino ambiente de fiesta en la misma puerta de la asociación, genuino ambiente festivo que se extendía por los pasillos del local, en donde nos topábamos no solo con escritores, sino también con artistas de distintos colectivos.
Bulla.
Música.
Susurros.
No había que pensarlo demasiado: habíamos ingresado a un punto de encuentro reconocido por los amantes de la literatura, el rock y las artes, que poblaban el patio central del local, cubierto por un toldo que cuidada en algo del frío a los expositores, entre los ubicamos a Eduardo Reyme de Vivirsinenterarse, a John Martínez de Hanan Harawi, a Armando Alzamora de Colmena, a Antenor, nuestro librero de El Virrey de Lima, a nuestros amigos de la librería La Libre, al poeta y narrador Rodolfo Ybarra y muchos más expositores a las que solo les basta y sobra con un par de detalles para que las largas jornadas de estos cuatro días sean exitosos: buena onda y ganas de compartir.
Porque algo quedó nos claro tras la visita de ayer: esta primera edición ferial no es solo una alternativa comercial a la FIL, es también una oportunidad de intercambio de experiencias. Caminábamos por los auditorios y salas de la asociación y recibíamos sobredosis temáticas, una tras otra, sobre proyectos que se harían a futuro. El ánimo de los concurrentes en su punto y las cervezas escanciando el ambiente.
Obviamente, toda primera edición ferial, como todo lo que se hace por primera vez, no es libre de ciertos errores de logística, errores que estamos seguro que el poeta Franco Osorio, el man de esta locura hecha realidad, solucionará en las futuras ediciones. 
A esta ANTIFIL le sobra actitud, y eso hay que destacar.

...

Publicado en El Virrey de Lima.

viernes, julio 15, 2016


martes, julio 12, 2016

Entrevista a Eduardo Halfon

A los temas presentes en tu obra, hay uno que ejerce una fuerza excluyente, o digamos que permite canalizarlos. Me refiero al tema de la familia. Pienso en tu novela corta Monasterio, que se relaciona con tus también novelas El boxeador polaco, La pirueta y Signor Hoffman. Como sabes, el tema de la familia exhibe una rica tradición narrativa. En este sentido, ¿a qué se debió a que lo abordarás desde el registro autobiográfico? 

La respuesta más inmediata, y la más sincera, es que no lo sé. Nunca fue una decisión pensada o consciente. Simplemente empecé a escribir así, desde mi primera novela corta, Saturno, que es un texto sobre escritores suicidas y la relación de cada uno con su padre, escrito en segunda persona. Es una carta a un padre, que se parece mucho al mío, de parte de un hijo, que se parece mucho a mí, aunque sin nombrarlos. Es a partir de El boxeador polaco que mi narrador adquiere ya mi nombre —aunque no mi personalidad ni mi temperamento—, y empieza a hurgar en el pasado de su familia, que también es la mía. Y ahí sigo, buscando entender o encontrar algo de mí mismo, a través de ellos. A través de las historias de mis abuelos, de mis padres, de mis hermanos. Pero aunque esto te suene extraño, no es autobiográfico. O ésa no es la palabra correcta. Más diría que sólo el punto de partida de cada cuento o libro que escribo es autobiográfico; que el telón de fondo de toda mi obra es mi autobiografía. Pero el teatro que luego sucede ante ese telón es ficción.


Seguir en Sur Blog. Aquí.

492

Me levanto más temprano de lo normal, el sonido de las gotas de lluvia cayendo del toldo que cubre la lavadora es lo que me despierta. Ha llovido tanto que hay agua empozada en el toldo.
Ya me vi, tendré que coger una escoba y correr el agua. Para ello, tendré que encerrar un toque a Onur, porque creerá que uno está jugando al hacer este tipo de labores caseras.
Paso ese pequeño escollo, no basta con despertarse, hay que levantarse. Alguien debe retirar el agua empozada sobre el toldo, me digo una y otra vez. Respiro hondo y me pongo de pie. Me dirijo al baño y me remojo la cara. Enciendo un cigarro y prendo la radio, entonces me embarga la epifanía, un extraño asombro, puesto que no suelo sintonizar las estaciones radiales, entonces busco RPP y lo dejo allí hasta que termine de hacer lo que solo yo puedo hacer en casa.
Pero antes, reviso mi cel, mi agenda del día, si es que agenda se puede llamar a alguno que otro recordatorio. Tendré que salir a Miraflores a recoger mi credencial y con las mismas ir a Sur, porque hoy se presenta en la librería el poemario de Franco Osorio, el pata que ha organizado la ANTI-FIL, evento que durará varios días, en paralelo a los primeros días del oficialismo ferial. Entonces, me pongo a revisar en serio el cronograma de actividades de la ANTI-FIL, como quien se despereza.
No hay mucho que pensar sobre la ANTI-FIL, seguramente no será un éxito rotundo en lo comercial, aunque los participantes sí ganen algo al final, pero de lo que sí me percato al ver las presentaciones, recitales y performances, es que será un evento llamado a ser una continua fiesta del exceso dionisiaco, que dorará los fines de jornadas, por demás intensas. Lamento, sí, y mucho la verdad, no poder participar en la ANTI-FIL, porque se supone que en esta feria presentaría el poemario de Osorio, pero se me cruzan algunas presentaciones en la librería, como la que habrá este sábado, a saber. 
De todas maneras me daré más de una vuelta por esta feria, ya sea para comprar, conversar, fumar y beber.


lunes, julio 11, 2016

491

Luego de un par de días desconectado del mundo virtual, algo que pienso hacer más seguido, en pos de proteger y cuidar mi alma y no ser espectador involuntario del mal gusto de los demás; motivos más que suficientes, ¿no creen?, con mayor razón cuando el mal gusto es la norma y la idiotez su esencia.
Además, en mi último intento por llevar una vida ordenada, he decidido prescindir de ciertas drogas sociales que suelo consumir, nada pues de qué alarmarse, aún estoy lejos de la autodestrucción, pero igual, son drogas que ayudan en el trabajo pero que contribuyen, a manera de daño colateral, a que mi sueño no sea normal, y los que bien leen este blog saben que este servidor tiene serios problemas para dormir, sumamente jodidos en algunos casos y que se potencian cuando me programan impostergables reuniones en las mañanas.
Pero bueno, estoy contento por varios motivos, el más frívolo: ganó Portugal la Eurocopa y me arrepiento de no haber entrado en las apuestas, pero en las de verdad, esas que te aseguran buen billetón si es que apuestas antes de que comiencen los partidos del torneo. Sabía que algo podía hacer esa selección lusa, que en el 2004, con un equipo mucho mejor que el de ahora, perdió la final del certamen europeo con Grecia. Contento también porque el domingo bebí bien y comí tallarines a la bolo en su punto, con harto queso parmesano, y salí a caminar, y no hay nada que me gusta más que caminar en domingo, quizá por ser el día en que mejor uno puede disfrutar de la ciudad, una ciudad ajena a sus apuros y ruidos, y eso es lo que me gusta más de los domingos, recorrerla mientras escuchas buena música siendo testigo de una de la voz más tierna y, por momentos, más salvaje que hayas escuchado. Es así, no puede haber domingo sin música, en todos sus sentidos, sin esquivar la tentación que depara la buena hierba, que hace de cada pisada una incursión placentera y peligrosa en una geografía blanda, pero extrañamente también segura.
Entonces me reconecto al mundo virtual. Previamente, me puse a leer los diarios del fin de semana, e hice algunos apuntes en mi libreta, de ciertos artículos que han llamado mi atención. También revisé los sobres manila que han llegado y que no he revisado, sobres con publicaciones locales y extranjeras. Cojo uno al azar y me llama la atención la novela de Juan José Cavero, a quien Pedrito Novoa califica de “Faulkner de la narrativa peruana”… e imaginar que días antes hubo revuelo cuando “Chalina suicida” llamó a Thorndike “La escritora del mal”; lo que es cierto, y lo puedo firmar, es que ahora mismo Cavero debe estar brindando como pocos, no solo en calidad de copista ganador, sino por ser considerado el “Faulkner” peruano. No me hago problemas, se trata de una festiva exageración, al menos, lo quiero ver así, pero lo que sí me apena es ver el imprevisto ataque de posería que carcome en su cuarto de hora a hombres inteligentes, y muy cultos también, a tal extremo que los lleva a formular tonterías, tal y como lo veo en la cuenta de Yushimito, con el que puedo estar de acuerdo en que la delegación española que viene a la FIL no es la gran cosa, pero de allí a bajarle el dedo a toda una delegación sin tener en cuenta que en ella hay una gran excepción, pero una grandísima excepción, me hace pensar en lo ligeros que podemos ser con tal de conseguir el efectismo opinativo.
En fin, no me hago problemas, amo mi hígado. Por eso, me desconecto del mundo virtual y regreso a las buenas tareas caseras, como pasear a Onur en esta noche, un paseo que durará más de una hora, porque nos iremos caminando hasta mi minimarket favorito, ubicado en el cruce de Arriola y Canadá, a la caza de un tres leches y un capuccino. 
Ni bien cojo la correa del falso pekinés, este se me acerca y comienza a saltar.

viernes, julio 08, 2016

490

Han sido días muy ajetreados, pero días que al final han sumado en lo que venía haciendo, pero lo que me desgastó fueron un par de perfiles que dos jóvenes periodistas estaban haciendo sobre mí. Manuel y Lucero, cada quien por su lado, se pusieron en contacto conmigo hace varios meses y me comentaron que querían escribir sobre mí. Cuando les pregunté sobre qué, me dijeron que sobre mi vida.
No me hice problemas.
De cuando en cuando me enviaban preguntas por mail, al principio estas no iban más allá de los datos más generales cuando se quiere inquirir sobre la vida de alguien. Me llamó la atención lo distintas que eran sus preguntas entre sí. Por un momento pensé que sus preguntas podrían exhibir más de un lazo en común, pero no.
Luego desaparecieron y pensé que sus perfiles ya no iban. Sin embargo, ambos aparecieron de la nada y me enviaron algunas preguntas que nunca nadie me había hecho. A la mierda, me dije. Sin duda, ya estaba ingresando a un terreno peligroso, el de la memoria. Lucero y Manuel se las traían, tenían sus cartas muy bien guardadas bajo la manga. Entonces, dejé lo que tenía que hacer y los atendí por separado. Pensé que de esta manera me sería fácil, pero no, acabé hecho mierda, con una sensación de vacío.
En la madrugada, como para reponer energías, estuve escuchando toda la producción musical de Paul Weller y tomando las notas respectivas para la conversa que en unas horas tendré con Miluska Benavides, autora del muy buen cuentario La caza espiritual, en una edición más de “Encuentros en El Virrey de Lima”. 
Cerca de las cuatro de la tarde Onur entra a mi cuarto y se sienta a mi lado. Prendo el televisor y lo dejo en Fox Sports. Justo transmiten un clásico pasado del fútbol argentino, quizá uno de los partidos más emocionantes que haya visto de la Copa Libertadores, la del 2004. Entonces Onur se acomoda en dirección al televisor. Lo sé, a este falso pekinés le gusta el fútbol.

miércoles, julio 06, 2016


489

Me gustan todas las películas de Sidney Lumet. Bueno, todas las que he visto, que no son pocas.  Lo que no entiendo es por qué Lumet no está entre mis directores preferidos, entonces aguzo la memoria para dar con la razón y encontrar a qué se debe porque, lo repito, las películas suyas que he visto me han dejado satisfecho.
En la madrugada de ayer, cerca de las 2, me puse a ordenar y clasificar las películas que vería esta semana, gracias a ello fue que di con una película de Lumet que no había visto, The Anderson Tapes, de 1971.
Aunque comercialmente circula el tráiler por Youtube como  Supergolpe en Manhattan.
Sean Connery en su mejor momento, en una película menor de un director que sabía narrar, al punto que una película como esta, a la fecha, tranquilamente podría estar por encima de muchas de corte policial. Dylan Cannon, la mujer fatal que recibe al Anderson de Connery tras diez años guardado en la cárcel. Anderson quiere atracar el edificio de lujosos departamentos en donde precisamente vive Cannon, sin tener en cuenta que existe toda una red de escuchas por parte del servicio de inteligencia del gobierno…
Lumet es de los directores cuya mayor aspiración es narrar y en esta película se dedica a lo mismo que ha mostrado en sus otras películas: simplemente narrar.
No, no es una obra maestra. Pero sí me gustó. Es de esas películas que te dejan pensando sin pensar y me alegré de haberla encontrado, de haber hallado algo que para nada estaba buscando, porque lo que buscaba era una película de Spike Jonze para completar las películas de la semana y mientras hurgaba en el poético desorden de mis películas, encontré esta Lumet.
Después de hacer algunos apuntes de un libro de ensayo de Asimov que estoy leyendo, iba a prender la Laptop para seguir con los archivos, sin embargo, fui presa de un sueño profundo, que aproveché sin dudar y en una me metí al sobre.
Y ahora, más descansado, me levanto más temprano de lo normal y releo Entre cielo y suelo de Carlos Germán Belli. Anoto lo que debo anotar y de esta manera tener la idea central para la presentación de este poemario esta noche en Sur.
Me sirvo un poco de café y Onur comienza a joderme en la pierna. Lo hace con mucha vehemencia y lo entiendo, en tres días no he podido sacarlo a la calle y ahora es el momento, pues tengo un control de las actividades a realizar en el curso del día.
Le pongo su correa y salimos primero por nuestro parque y de a pocos por las calles del barrio. 
No hay nada que hacer: este falso pekinés es todo un espectáculo.

martes, julio 05, 2016

488

La madrugada de hoy, sin duda, iluminada por la adrenalina. Había mucho que terminar y el tiempo era muy corto. Por un momento pensé que no acabaría y me prometí, una vez más, que iba a organizarme mejor para la próxima. Pues bien, en estos pensaba al principio, pero luego, ya descansado y sin los zumbidos de la tensión, llegué a la conclusión de que soy una persona organizada a su modo y con dimensión de trabajo, pero lo que sí debo evitar son precisamente madrugadas como las de hace unas horas.
Más allá del delirio, la pasé muy bien, sobre todo cuando veía las turgencias de las montañas nórdicas que se me presentaban en mi pantalla cada vez que necesitaba darle un sentido a esta jornada que no se volverá a repetir, no a este nivel, porque no pude hacer ni una de las dos cosas que hago en las madrugadas, o leer o ver una película. Había que acabar cuanto antes las 18 ventanas en Word que refulgían como moscas luminosas y amenazantes.
Recién a las 7 pude acostarme. Por lo general, suelo recordar mis sueños. Hubo un tiempo en que escribía y apuntaba mis sueños y no sé por qué dejé de hacerlo, puesto cuando volvía sobre esos escritos al paso, disfrutaba de su festiva irracionalidad, pero ante todo, gustaba de esa suerte de mirada hacia uno mismo, como si estuviera ante una exposición personal de grandes y risibles atrocidades, que bien podría ser de combustible para la ficción, y todo estaría de la putamadre,  si es que pudiera escribir ficción, si me gustara escribirla.
Para asegurar el sueño de mis madrugadas, armé un poco de hierba y me puse a fumar. Solo bastaron tres pitadas para quedar seco, sumido en la negrura del sueño sin sueño, en el trance, en la levitación, sin percatarme de lo que sucedía en el mundo inmediato, aunque pude sentir el salto de Onur del piso a mi cama y ver cómo se ovillaba al costado de mi pie izquierdo. De allí sana oscuridad hasta poco más del mediodía.
Al despertar me puse a leer el último poemario de Montalbetti, que se presentará hoy en Sur, golpe de 7 y 30. Lo sé porque la presentación será dirigida por mí.
Termino la lectura del libro y regreso a la poesía completa que Aldus publicó de Montalbetti, para entrar en onda, como tiene que ser. 
Después de algunos minutos en los que me debatía entre dos opciones: o quedarme en cama leyendo un par de horas más o levantarme y servirme esa rica sopa que mi madre me había dejado en la cocina. No lo pienso mucho, las sopas que prepara mi madre son otra cosa, pertenecen a una ecléctica dimensión. Entonces me pongo de pie y camino con pase firme a la cocina.

domingo, julio 03, 2016


legitimidad/carácter

Dos reseñas sobre un mismo libro llamaron mi atención esta semana.
La primera, del narrador y académico Jack Martínez.
La segunda, del narrador y ex poeta José Carlos Yrigoyen.
El libro que los cita: Esa muerte existe, la nueva novela de Jennifer Thorndike.
Sin duda,  leeré esta novela y me ocuparé de la misma con la atención que todo libro merece.
En el caso de Yrigoyen, este muere en su ley. Podemos o no estar de acuerdo con él, no estamos obligados a sintonizar con sus juicios valorativos. Cosa distinta en el caso de Martínez, que siendo un lector con formación ha escrito la reseña más vergonzosa que se haya podido leer en los últimos años, una reseña no solo teñida de amiguismo, sino también de soberbia bruta, esa soberbia que tarde o temprano evidencia lo evidente. Una pena, pues Martínez ya no es el casto reseñista al que los habladores llamaban “Imparcialidad”, apelativo que perdió cuando decidió vender su independencia de opinión a cuenta de su buena novela Bajo la sombra. Cosa suya si ahora ha quedado como “Chalina suicida”.
La presente situación me ha hecho viajar en el tiempo y ver cómo paulatinamente más de un lector con formación, con incursión en el reseñismo, ha ido perdiendo la legitimidad por gracia del amiguismo, por no ubicarse como se debe en esa frontera invisible entre la verdad de la opinión y los embates emocionales, embates que traen consigo un trago de mezclas extrañas y perjudiciales (amiguismo, revancha, arrechura, odio, rencor, complejos, venganza…).
Volvamos un momento a las páginas de Escritores peruanos, que piensan, que dicen, de Luchting. En ellas encontraremos las razones que taladran la credibilidad de los llamados críticos literarios. Pues bien, las taras de antes siguen siendo las mismas de hoy, aunque las de hoy nos revelan lo que antes no: las descaradas jugadas en pared de críticos con autores, los jugosos favores de autores influyentes con críticos que practican el guaripolerismo (esto sí me parece inconcebible, el crítico como líder de portátil a cambio de un favorcito, o sea, el “crítico chochera”, el “crítico bró”, el “crítico causa”), el temor del crítico a quedar mal con una editorial grande (y últimamente, con los llamados sellos independientes), la predominancia de la ideología sobre el texto literario, y, obviamente, la sal, el condimento, que sazona este generoso escabeche: las inacabables variantes de los sentimientos menores (señalados dentro del paréntesis del párrafo anterior).
En estos días no pocas personas me han preguntado por la reseña de Martínez y he intentado desviar la fijación hacia una realidad mayor, hacia un triste contexto en el que hay de todo en la crítica de divulgación, menos credibilidad. Y esta carencia de credibilidad, que debemos catalogarla de peste, no conoce cotos y su grado de descomposición alcanza primero a los llamados lectores con formación. No hay que asustarnos, porque no estoy hablando de conocimiento, sino de carácter, porque eso es la crítica, de la que sea: carácter de opinión. Ese componente que tanto he visto en plumas críticas como Bloom, Kermode, Wood, Kakutani, Echevarría, Domínguez Michael, es lo no existe, ni en cuotas mínimas, entre nuestros llamados críticos permanentes. Felizmente, hablamos de una triste realidad que tarde o temprano, dependiendo del alma del comentarista, puede cambiar. Mas en lo que sí me gustaría incidir es en ese ejército de críticos, en los críticos ocasionales, y con los críticos ocasionales no se salva nadie, ni el más moralista de nuestros plumíferos nacionales, porque si algo axiomático puedo decir de todos los escritores peruanos es que todos tienen sus críticos ocasionales, que cumplen una ridícula función señalada líneas arriba: el guaripolerismo crítico.
Gracias a este ejército de inútiles más de un letraherido se vale para proclamar nuestro buen momento literario. Basta ver las redes sociales para constatar este espanto: todos los escritores peruanos son de putamadre. Ajá, en la literatura peruana no hay lugar para mediocres. Mira tú.
Hoy por hoy las relaciones entre escritores y críticos se han estrechado tanto que ya no es necesaria la distancia que debe existir entre el llamado crítico y su objeto de análisis. No hay distancia, no hay seriedad, no hay respeto por una actividad tan noble como el reseñismo. Esto nos ha llevado a que pensemos que detrás de una reseña, sea positiva y negativa, haya en el ánimo del comentarista un favoritismo o animadversión, menos el espíritu que debe imperar en el ánimo del comentarista: el carácter.
Esto es cuestión de carácter. Allí la solución.
El crítico puede fallar, puede hacer alarde de todos los errores inimaginables, hasta ser alguien limitado que ve la literatura en blanco y negro, pero un crítico no debe ser títere de nadie. 
Eso.