miércoles, noviembre 29, 2017


(re)aparecen

Hay películas que cuando (re)aparecen, me quedo a verlas sin más, en franca renuncia a las supuestas prioridades, ventajas, pues, de trabajar en casa. No importa cuántas veces las haya visto. No las veo por la dimensión de su argumento, menos por sus actuaciones estelares, mucho menos por el despliegue técnico de su director de turno. Simplemente regreso a ellas porque conectan conmigo y ese es motivo suficiente.
De alguna manera, ordenar películas depara más de una sorpresa y esa es la razón por la que siempre estoy ordenando mi colección. En esta tarea me topé días atrás con algunos títulos. Seguramente para el posero del caletismo ilustrado, reencontrarse con Martín (Hache) de Adolfo Aristarain y Lucía y el sexo de Julio Medem no signifique mayor novedad que dato al paso. En ese sentido, nunca he tenido problemas con el caletismo ilustrado, además, quienes profesan esta suerte de religión, ataviados de orgullo y amarga superioridad, arrastran serias lagunas formativas, basta nombrar a Ophuls y Griffith para saber en qué base descansa su autopromocionada cinefilia, o peor, cuando mencionas títulos como The Wicker Man de Robin Hardy, ves la lodosa superficie en la que sustentan tanto “saber” que no gustan compartir, refocilándose en la fijonería, que los define.
Por ello, si el lector del blog aún no ha tenido la oportunidad de ver M (H) y LYS, pues que no se haga problemas. En su carácter cursi, en su forzada búsqueda del azar, respectivamente, estas películas mantienen el poder de conmover. No son obras maestras, aunque más de uno vaticinó en su momento ese futuro para la de Aristarain, pero son dueñas de una sensibilidad peculiar representada en sus inolvidables personajes secundarios, como el epicúreo Dante (Eusebio Poncela) y la condenada a sufrir de amor Elena (Najwa Nimri). 
Si me preguntaran qué filmografía elegiría, la de Medem se impone sin, pero en la etapa comprendida por los siguientes títulos: Vacas, La ardilla roja, Tierra y Los amantes del círculo polar, entre estas, un par se quedarán en tu memoria visual.

domingo, noviembre 26, 2017

deslealtad

Situación extraña y penosa la de la exalcaldesa de Lima Susana Villarán. Como bien dicen los opinólogos, esto no es más que un durísimo golpe a la izquierda peruana.
Recuerdo la campaña contra la revocatoria. Quien esto escribe votó por el NO, y no porque considerara eficiente la gestión de Villarán, sino porque el orden democrático no podía alterarse a cuenta de inmediatos intereses políticos. A lo dicho, siempre me mostré contrario a la manera en que condujo su gestión edil.
Aún sigo convencido de su incapacidad de gestión, pero también tenía la seguridad de que se trataba de una mujer que no había entrado al ruedo político para llenarse los bolsillos. Su problema, que sigo sosteniendo, fue ser dueña de la tara mayor de toda la izquierda peruana: desconexión con la realidad de la que dicen preocuparse. Solo así pueden entenderse los grandes desaciertos urbanos y en transporte que hasta el día de hoy siguen afectando a cientos de miles de limeños.
Ahora, lo que sí me ha sorprendido, y disculparán mi grado de ingenuidad, es la forma en que sus otroras colaboradores han zafado del asunto. No solo hablamos de silencios estratégicos, sino de una aberrante falta de lealtad hacia la persona por la que son lo que son en la política peruana. Sin Villarán, no tendríamos nuevas presencias políticas en nuestra izquierda. Sin ella, simplemente, no existiría esta sarta de desleales que han decidido proteger sus adiposos culos y no verse en el triste cuestionamiento de su exlíder.
Según ellos, nunca percibieron nada extraño en la campaña contra la revocatoria. Juraban que el dinero provenía de las cuentas de Lerner. Ahuevados, seudopendejos: para todos era evidente que esa campaña fue una de las más caras en la historia electoral de este país. Contrataron al mejor asesor electoral, el avieso y siniestro Luis Favre, y, tal y como se pudo ver, la puesta en escena de la campaña exhibió un patente derroche de dinero.
En este sentido, los fujimoristas y los apristas, así sea en su sectarismo y compartida inmoralidad, muestran una lealtad con sus también cuestionados líderes. En la vida, así en la política y en cualquier nivel de interacción social, la lealtad es un valor en sí mismo que no puede condicionarse de buenas a primeras. 
No sé cómo salga Villarán de este embrollo que la puede mandar a la cárcel, pero lo que es claro es que la izquierda ya no será la misma. La gente de a pie, aquella que se gana el pan día a día, y que poco o nada está pendiente de los discursos izquierdistas y derechistas, ve lo que ve en las calles: miles de hermanos venezolanos sobreviviendo como ambulantes en toda la ciudad de Lima, venezolanos que huyen de un sistema de izquierda que solo les ha traído hambre, miseria, muerte y violencia. Esa es la izquierda para millones de peruanos, a ello, habría que sumar que es tan corrupta como la derecha, y claro, también muy desleal.

mirar

Domingo de generoso sol, de verano, al que tendré que acostumbrarme hasta marzo/abril del próximo año. Por cierto, no detesto el sol, solo el daño que me hace, pero igual, me doy la suficiente maña para hacer mis cosas, en especial cuando tienes que salir en horas que no sueles salir.
Desde hace algunas semanas tengo en espera un artículo sobre el LUM, lo escribí para un medio colombiano que aún no puede publicar el texto por el simple hecho de que no hay imágenes que lo acompañen. Bien pude solucionar la demora con la ayuda de una amiga fotógrafa, pero me he dado cuenta de que ya no tengo amigas fotógrafas, o en todo caso, alguien cercano que se dedique a la fotografía. Entonces, ese vacío lo tendré que solucionar yo. Al respecto, algunas personas aseguran que tengo cierto talento para la fotografía, detalle que no asumo como tal porque confunden fotografía con mirada, pero el solo hecho de pensar en ello, en la mirada, me recuerda a lo que decía el histórico y desaparecido fotógrafo Carlos “El chino” Domínguez sobre la nueva hornada de fotógrafos peruanos, a los que veía emperifollados por las calles, armados en exceso en las comisiones, mostrando al mundo entero su condición de fotógrafos.
Ese es pues mi plan para el día de hoy, en que terminaré la lectura de dos libros, novela y ensayo sobre rock, respectivamente. Sin embargo, la tentación impone su silueta futbolera, el Alianza – Muni, encuentro que, de ganar, pondrá en la punta a los blanquiazules.
Como sabe el lector del blog, soy hincha de Alianza Lima, sigo los partidos del equipo, pero tampoco soy hincha rabioso e irracional, aunque más en más de una campaña me he convertido en un peligro social a causa de la poca entrega y manifestación de poca inteligencia de sus jugadores, dignas muestras del aliancismo que nos han impedido campeonar en los últimos diez años. 
Es que eso es ser aliancista, ser parte de una confrontación, no quedar fuera de la nervadura del nudo tensado con lo mejor y peor de la idiosincrasia peruana, ese cable a tierra que te excluye de la ahuevada dimensión de superioridad de hincha de equipo ganador, es decir, hablamos de una pasión que se justifica precisamente en la esencia de la emoción, el amor y odio en franca confluencia, no en base a los resultados, como los huevas de la amarga alegría crema y los celestes que vemos por ahí.

sábado, noviembre 25, 2017

descubrimiento

Luego de mi sesión de tres de horas de investigación, detengo las actividades para revisar algunos mails e Inboxs. Entre lo segundo encuentro el mensaje de un amigo, que me pregunta qué haré al salir de la Hemeroteca, porque quiere celebrar la adquisición que acaba de realizar con su novia. No se trata de cualquier compra, de esas bagatelas que la gente no duda en promocionar en las redes sociales, objetos que se desechan tras su primer uso. Pienso por un instante la propuesta, porque tenía planeado dirigirme a Barranco después de la BNP. Pero haciendo cálculos, en especial sabiendo que al día siguiente tendría que seguir trabajando, acepté su oferta porque su departamento queda muy cerca de mi casa, además, tampoco sería una celebración, sino una suerte de conversa para ponernos al día.
Antes de abandonar la BNP, fui a la máquina de café, se me había pero al meter las dos monedas de sol, la máquina me anuncia que está fuera de servicio. Entonces, aprovecharía en el camino para comprarme un café al paso, seguramente a una de las esforzadas venezolanas que paran entre Aviación y Javier Prado. Pero no, no halle a ninguna de ellas, a lo mejor estaban allí, seguramente confundidas entre la multitud que intenta ingresar a la Estación La Cultura.
Llegué en menos de cinco minutos donde mi amigo y su novia, a quienes felicité por la compra del departamento. Para mi buena suerte, el café recién pasado conquistaba la atmósfera, más una rica torta de chocolate.  Sin embargo, reparé en la pantalla plasma en la pared, que me ofreció lo siguiente: una seguidilla de videos musicales, y a los dos minutos de mirarlos comprendí que se trataba de la discografía completa de Queen.
Me quedé quieto viendo los videos y me fue imposible no tratar de recordar cómo fue mi acercamiento a Queen, es decir, el contexto del descubrimiento de la banda. Para mi buena suerte, la novia de mi pata era una conocedora de Queen y me ayudó a cartografiar las canciones, indicando sus álbumes de procedencia. La escuchaba y pensé en la edad que pude tener cuando la escuché por primera vez, quizá a los diez u once años, durante la semana de vacaciones luego de algún bimestre académico. Aquella vez me encontraba solo en casa. Mis padres y hermanos, uno de ellos, me había dejado una nota sobre la mesa de la sala: regresarían en tres horas trayéndome el almuerzo.
Entonces, prendí el televisor para hacer hora, me eché en el sillón y el sueño me invadió sin saber qué canal sintonizaba.
Desperté al cabo de una hora, a minutos del mediodía.
El logo me indicaba el 7 como canal sintonizado, y cuando me disponía a cambiar de canal, sucedió lo siguiente: la cortina de Disco Club… y a los segundos Gerardo Manuel, anunciando el tributo a Freddie Mercury en el Wembley Stadium. No recordaba la fecha exacta del tributo, inquietud que disipó la novia de mi pata: 20 de abril de 1992. Pero lo que sé es que no recordaré con precisión la fecha en que vi ese tributo.
De lo que dijo Gerardo Manuel, lo que aún retengo en la memoria: estábamos por presenciar un concierto histórico y que lo sería aún más a medida que transcurrieran los años. Hasta ese momento había escuchado algunas canciones de Queen sin saber que eran de Queen.
Imposible, pues, no ser agradecida víctima de una interna revuelta emocional. Aquel extraño programa de Disco Club (a mediodía, cuando su horario solía ser en la tarde noche) despertó el interés de lo que en la adolescencia sería una vesánica manía por coleccionar toda la discografía y bibliografía de la agrupación, que pude tener gracias a una tía que vivía en el extranjero y que soñaba con que yo sea su hijo. 
En el taxi de regreso me preguntaba en dónde estaría todo ese material. A lo mejor desapareció años atrás tras la venta de la casa de mi abuela. Como sea, hasta hace algunas horas no me había dado cuenta de lo importante que fue esta banda en la construcción de mi memoria emocional adolescente. Nunca es tarde para reconstruir, pienso.

viernes, noviembre 24, 2017


jueves, noviembre 23, 2017

sol

Luego de algunos días desconectado de la realidad, inmerso en la etapa final de un proyecto de investigación, creí que no me estaría perdiendo de mucho, pero vaya que me equivoqué. La primera señal de esta mala percepción la vi hace un par de horas, mientras ocupaba mi mesa preferida en la panadería Rovegno de Arenales, con el sano fin de pedir un espresso y una empanada de carne, droga y capricho, respectivamente, del día ante lo que consideraba un milagro: la belleza del sol sobre el verde del parque Washington. Los que me conocen saben bien de mis reparos que tengo con el sol, de los problemas de salud que me causa.
Todo iba bien, avanzaba con la lectura de un librito de Colson Whitehead, cuando alguien comienza a ocupar una mesa en diagonal a la mía, ubicada a menos de un metro, entonces volteo para exigir silencio con la mirada, no hay nada que deteste más que el sonido de las patas de las sillas arrastrándose. El sujeto que arrastraba la mesa no era otro que el buen Álvaro, izquierdista light, lector de Chandler y docto en The Style Council. De las muchas diferencias que podemos tener, el lazo emotivo con la banda británica es lo que disipa nuestra serie de divergencias.
Como no nos veíamos en varios meses, nos pusimos al día en algunas actividades. Se mostró interesado en la investigación que llevo a cabo, hasta me preguntó si podía formar parte de ella, pero le digo que estoy por entregar los avances en menos de quince días. Sin embargo, noté cierta actitud de alerta en sus posturas, como si en la punta de la lengua tuviera el contraejemplo a mi primer señalamiento. Seguramente creyó que lo jodería con las noticias de las últimas horas, que ponen contra la pared a la izquierda peruana a razón de los pagos recibidos por Odebrecht, noticias de las que me acabo de enterar hace unos minutos, por cierto.
Hubo un tiempo en que Álvaro quiso ser escritor. Lo conocí gracias a Cecilia, su hermana, en un recital de poesía en la Universidad de Lima, circa 2004. Aunque no es escritor y no le pregunté si sigue escribiendo, me consta que es un lector constante, lo que para mí es más importante que escribir. 
Eso, leer para leer, nada más, no sirven los conceptos idealistas. En el acto de leer uno se encuentra, algo que no sucede con nuestros escritores, que, como ya dije en más de una ocasión, andan perdidos y a la caza de un desesperado posicionamiento, afán a cumplir que los hace partícipes de una guerra pueblerina en donde la bajeza es munición para los desesperados que anhelan el lugar del otro, el libro del otro, la pinta del otro, la voz del otro. Demasiada maravilla.

miércoles, noviembre 22, 2017


gonzo reposado

Cuando se habla de periodismo, no pocas tonterías conceptuales se dicen al respecto. Por ejemplo, pensemos en lo que se piensa cuando se habla de periodismo gonzo, cuyo lugar común orbita en la experiencia del escritor y su historia narrada. Tremenda tontería la he venido escuchando en más de un periodista de oficio y en no pocos lectores que sobredimensionan sus lecturas. Pues bien, tendré que cumplir una necesaria y a la vez generosa acción pinchaglobista. Gonzo nace y muere con su creador, el desaparecido escritor norteamericano Hunter S. Thompson. Lo demás no son más que viles palabrejas que denotan lagunas de lecturas y una escasa visión de la no ficción… Hay que tener cuidado, porque al ritmo de esas ligerezas hasta Victor Hugo podría ser considerado gonzo por su monumental Historia de un crimen.
Ocurre que la leyenda de Thompson es una infatigable generadora de no pocas redes de adeptos, cosa que no sorprende, porque cualquiera puede tener el derecho de parecerse a Thompson, pero eso sí: no todos pueden ser Thompson. Para ser como este escritor, no solo basta el talento para la escritura, sino también una franca actitud de enfrentamiento que revele un carácter, una personalidad que convierte al discípulo en un kamikaze. Bien lo sabemos, ya sea en el mundo de periodismo, y con mayor razón en las esferas literarias, muy pocos están dispuestos a decir lo que piensan y actuar en base a esta línea de independencia. No existen los periodistas gonzos, menos los escritores gonzos, lo que sí, y en variedad a escoger, es la presencia del minigonzo, pero esta es otra materia que seguramente desarrollaremos en un artículo especial.
Hunter S. Thompson fue un contestatario hasta el último día de su vida, hizo lo que quiso y dijo lo que le vino en gana. Sabía, y mucho más que sus centenares de detractores, que podía darse ciertos caprichos, por la sencilla razón de que tenía una obra legitimada por el lector y la crítica. Basta con traer a colación su obra más conocida, Miedo y asco en Las Vegas, y en menor medida Los Ángeles del infierno y La gran caza del tiburón, satélites que fungen como puertas de entrada a su poética. Sin embargo, no dejemos de lado los centenares de artículos y crónicas aún no traducidos. Felizmente, de a pocos viene cubriéndose ese vacío, tanto por su innegable valor literario y su radiactividad para transmitir.
*
Obra menor, sí, pero también un claro ejemplo del enorme talento narrativo de Thompson para el tratamiento del tema encomendado. La historia de esta publicación es un calco del espíritu que signo cada uno de sus proyectos de largo aliento: el encargo. La revista Running le propone cubrir la maratón de Honolulú y para tal fin el autor convoca a su amigo Ralph Steadman, reconocido dibujante que comparte con el gonzo el apego por las drogas y la aventura espontánea. Y como bien ya supone el fan enterado, Thompson no está dispuesto a cubrir la maratón como si fuera un reportero, en realidad no quiere realizar el encargo, pero sabe que el dinero le aliviará en sus problemas inmediatos, que imaginamos muchísimos dada su tendencia al escándalo escanciado de matonería. Entonces, Thompson, fiel a la inteligencia espontánea del vividor, decide cubrir el evento a su manera, brindando no solo su versión de la maratón, sino también la historia existencial que configura, para él, el alucinado encanto de Hawaii.
Nuestro escritor no se conforma con el alardeo técnico, menos en la fuerza de su intuición, que hemos visto en todo esplendor en sus libros más conocidos, sino que también recoge información sobre Hawaii, documentándose sobre la historia/leyenda del capitán inglés James Cook, el histórico explorador y navegante, que al llegar por primera vez a Hawaii fue considerado un dios, o ser privilegiado, a quien los nativos trataron como tal. Mas en su segundo regreso, los nativos, creyendo que era un farsante que tarde o temprano los esclavizaría, no dudaron en tratarlo con suma hostilidad. Cook y sus hombres se defienden de los aborígenes y tras días de sangrienta batalla, el explorador es asesinado. Esta historia del capitán Cook es lo que confiere a La maldición de Lono (Sexto Piso, 2016) de una atmósfera cargada de ensueño tanático. En su locura, ya estimulado en drogas y alcohol, Thompson cree ser la encarnación de Cook y en esta lúdica condición debe superar los óbices que le presente el espíritu de Lono. Además, el gonzo, en coherencia con sus postulados vitales, considera que la autodestrucción es la única manera de enfrentarse a esta divinidad.
Obvio: estamos ante una actitud ya conocida en la poética del autor. No obstante, en estas páginas no hallamos la negra prosodia lírica que sí en Miedo y asco, somos más bien partícipes de su nervio narrativo reposado. Aquí encontramos exceso (vaya novedad), mas este no yace en el verbo alterado, sino en la mirada que conduce el discurso. Esta mirada es la sal que nos transporta a una suerte de involuntaria clase magistral para escritores que ya pueden escribir de la putamadre, pero que aún no transmiten (o sea, lo mismo que nada), y claro, es también un taller de lectura que nos pone en bandeja la fuente del instinto del escritor más visceral de los últimos cincuenta años en la narrativa mundial. Eso.



En SB

premio nacional de literatura 2017

El pasado viernes 17 se dieron a conocer los nombres de los autores que obtuvieron el Premio Nacional de Literatura 2017.
Desde aquí, hago público lo que hice en privado: felicitar a Susanne Noltenius y Miguel Ildefonso, que ganaron en las categorías Cuento y Poesía, con Tres mujeres y El hombre elefante y otros poemas, respectivamente. Como no conozco al ganador de Literatura Infantil/Juvenil, Gerónimo Chuquicaña, solo me limito al saludo público a cuenta de Taca-Taca.
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Estamos ante un premio que pretende erigirse como uno de los más representativos del país, que tiene una ligera ventaja si lo comparamos con los otros galardones literarios del medio, sea el Copé, el de la Asociación Peruano Japonesa y el BCR de Novela, entre los más conocidos: el carácter público de las obras presentadas.
Es decir, esta vez no nos vamos a topar con sorpresas bajo la mesa ni deliberaciones caprichosas que justifiquen una premiación. Lo mismo que leen los jurados de sendas categorías también es escrutado por el lector atento de la producción literaria peruana en el periodo comprendido entre 2015 y 2016. Por ese solo motivo, guardaba cierta esperanza de no ver los horrores cometidos en los otros premios literarios, y de algún modo se cumple esa esperanza a cuenta de las obras premiadas de los dos ganadores a quienes conozco.
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Sin embargo, haríamos bien en fijarnos en los títulos finalistas en cada categoría, en Cuento: Relámpago inmóvil de Pedro Ugarte Valdivia, Las visitaciones de Pedro Llosa y El arte verdadero y otros cuentos de Jorge Ninapayta; en Poesía: Victoriosos vencidos de Antonio Cillóniz, Se vende poesía de Jorge Díaz Untiveros y Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) de Mario Montalbetti; y en Literatura Infantil/Juvenil: La venganza de los dioses moches de Luis Nieto Degregori, Cholito y el oro de la selva de Óscar Colchado y El barco de San Martín de Juan Manuel Chávez.
Cada quien es libre de expresar su conformidad o desacuerdo con las obras ganadoras. Y más allá del señalado respeto por la obra de Noltenius y la trayectoria de Ildefonso, manifiesto mi extrañeza por el destino que tuvieron los libros de Ninapayta y Montalbetti. El primero, un narrador que debimos leer más, y cuyo cuentario en competencia conoció saludos unánimes de la crítica y el reconocimiento de buenos lectores; el segundo, un poeta que viene ejerciendo (involuntariamente) lo que ningún poeta peruano a la fecha: magisterio entre las nuevas voces poéticas iberoamericanas. Ahora, imposible no levantar la ceja izquierda cuando vemos en la categoría Infantil/Juvenil a plumas como Nieto y Colchado, este último uno de nuestros narradores más importantes en actividad, que es también un clásico en la literatura infantil/juvenil peruana.
Entonces, he aquí la tara que este premio comparte con otros del medio, que nuevamente ha hecho de las suyas: el jurado.
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Más allá de algunos nombres de radiación canónica y ubicable, como Carlos Germán Belli y Carmen Ollé, y en menor medida Marcela Robles y Rosina Valcárcel, uno no acierta en la frecuencia de los demás. Se entiende, porque sucede en otras latitudes, que cualquier integrante de un jurado de un Premio Nacional tiene que ser alguien sintonizado y justificado más allá de los microcosmos de la academia. Y si el anhelo fue contar con académicos, pues tuvo que convocarse a lo mejor de lo mejor de la misma, con hombres y mujeres reconocidos más allá de su parcela de acción, que hay.
A saber, los jurados que integran las categorías de los premios Copé gozan de una mayor legitimidad por parte de los lectores (sus desaciertos son capítulos de otra historia). Y eso es lo que esperábamos para esta primera edición del Premio Nacional de Literatura. Claro, se podrá argumentar que se buscó descentralizar la elección de los miembros del jurado, pero ese criterio no es más que un saludo para la platea, una pirueta al paso que refuerza la demagogia, que en esta ocasión nos presenta una triste realidad, su gracia: la razonable sospecha de una payasada programada.
Por ello, este premio patrocinado por el Ministerio de Cultura debe cumplir un requisito ético que no está cumpliendo a la fecha, y si en caso es así, pues debe mejorar su clamoroso problema de comunicación. Lo mínimo que podemos esperar es la publicación de la lista de todos los autores participantes, del mismo modo la lista de títulos alcanzados a los miembros de los jurados (es obvio que no leyeron la totalidad de libros enviados, cosa que nos daría una idea de cómo se manejó la clasificación de libros) en aras de la transparencia, que tendrá beneficiados directos, de menor a mayor: el Ministerio de Cultura, los ganadores y, especialmente, los lectores.

lunes, noviembre 20, 2017

trr

En la última edición de la revista Domingo de LR, encontré una entrevista de Gabriela Wiener a la narradora y traductora Teresa Ruiz Rosas, cosa que me alegró porque si hay una autora peruana que merece toda la visibilidad posible, esa es precisamente Ruiz Rosas (RR), de quien puedo sugerir, entre varios títulos, la lectura de tres novelas suyas: El copista, La mujer cambiada y Nada que declarar.
Cosa curiosa, la entrevista se publica días después de que me preguntaran por una narradora peruana en actividad que considerara mayor. Al respecto, no lo pensé mucho, puesto que la poética de RR siempre me ha parecido coherente en cuanto a su interno diálogo temático, además, lo suyo, aparte del evidente vuelo de su escritura, siempre ha sido narrar, característica que podría parecer extraña al ocasional lector del blog a cuenta de su obviedad, pero lo digo incidiendo en su cualidad de cazadora de historias. En cada novela, RR ha sabido hallar el tono narrativo adecuado para el asunto asumido, que encierra también un compromiso ético, como lo podemos ver en Nada que declarar. No siempre nos hallamos ante la confluencia de la buena prosa y el tema que prevalece por su fuerte carga moral, para nuestra suerte, eso sí lo podemos ver en la poética de nuestra autora.
Ahora, me gustaría centrarme en un aspecto de la entrevista de GW a RR: el desdén/ninguneo a la obra de RR, sea por parte de la crítica y los gamonales en medios, detalle tan maravilloso, digno de esta provincia literaria en la que reina la mezquindad y el loco afán de nuestros autores y autoras por un metro cuadrado de posicionamiento.
Como señala la GW, “deberíamos saber más” de esta escritora cuyos libros han merecido saludos de la crítica en el extranjero y el genuino reconocimiento de los lectores. Por ello, la pregunta/inquietud se impone en su propio peso: ¿a qué se debe esta situación?
En más de una ocasión he señalado que en este país una mujer que escribe la tiene mucho más difícil en comparación a un hombre que escribe, peor  cuando la mujer que escribe no solo exhibe fuerza narrativa y discurso. Entonces, sí se justifica el eco que vemos en las redes contra esa extraña manera de arrinconar voces de valía, entendiendo de antemano que la calidad literaria va más allá si quien la escribe es mujer u hombre. Al respecto, pensemos en la escasa atención que sigue recibiendo la publicación de los cuentos completos de Pilar Dughi.
Uno podría pensar muchas cosas que traten explicar lo que ocurre, pero hacerlo no es más que un acto de mero buenagentismo, porque se impone su cruda verdad: hay pues un atroz silenciamiento hacia autoras peruanas que merecen ser leídas, dueñas de una obra edificada en la más absoluta seriedad. Lo de RR es un caso que nos podría ayudar a entender esta tara, que aparte de combatirse desde el justificado reclamo, también habría que hacerlo desde la sana recomendación de sus libros. 
Tal y como dije líneas atrás, para mí Teresa Ruiz Rosas es nuestra narradora mayor en actividad. Sé que esta afirmación incomodará en nuestro pueblerino circuito literario, pero no hay mejor manera que refrendar lo dicho, o cuestionarlo, que conociendo esta poética que desde hace muchos años viene construyendo su legitimidad.

jueves, noviembre 16, 2017


miércoles, noviembre 15, 2017

historia

A medida que pasan las horas, la ciudad se despeja. Parece un forzado domingo y no hay mejor día para mí que el domingo. Calles vacías, transporte rápido y, al menos en mi caso, la posibilidad de encontrarme con gente interesante. Los domingos son pues una experiencia para la vagancia, la caminata perdida e interminable.
Luego de un espresso de rigor en La espiga de oro, me dispongo a tomar un taxi. Todas las gestiones en Barranco las he realizado en el menor tiempo imaginado y mi plan es ver el partido en casa, en tranquilidad, o lo que podamos entender por esta cuestión anpimica. Además, me he desconectado del mundillo virtual, decisión que considero acertada. Basta ver las redes sociales y ser testigo del consultorio psiquiátrico en que se ha convertido desde el lunes. El tópico que excluye a los otros: el partido de esta noche.
Mucho se viene diciendo, y no tengo duda de que lo más sensato que se ha dicho sobre este partido lo he escuchado en la última persona a la que habría hecho caso: César González, “Chalaca”. Pero todos tienen su momento de iluminación y el conocido entrenador de menores supo dar en el clavo sobre la situación de la selección nacional: esta debe creérsela y practicar su evidente superioridad sobre el combinado kiwii. La obviedad, el sentido común, quedan relegados cuando más de un “entendido” nos viene con posibles variantes tácticas y tentativos cambios de jugadores. Con cambios o no, la selección peruana es más línea por línea, pero el lastre, la “arruga”, la furia pasiva, es lo que debe aniquilarse en el jugador peruano, no en proyección al mediano plazo, sino esta misma noche. 
En la historia de las selecciones peruanas no ha habido una definición como esta. No puede compararse este partido con las clasificaciones a otros mundiales (México 70, Argentina 78 y España 82). Este no es un partido importante, es pues el Partido. Es hacer Historia o no. 

copé de cuento 2016 en deuda

El premio Copé es el máximo galardón literario y cultural al que puede aspirar todo escritor peruano, al menos en teoría. Así es, en teoría, porque en la experiencia de la lectura ingresamos a una dimensión por demás decepcionante y ello se debe a que el organismo estatal que lo patrocina en sus categorías de Ensayo, Novela, Cuento y Poesía, no ha sabido construir su prestigio en base a la calidad, sino en el monto pecuniario con el que premia. Monto que seduce a todos los participantes, cosa que no suscita señalamiento por la sencilla razón de que el dinero es importante, ya que  brinda a los ganadores la posibilidad de dedicarse a su labor creativa e intelectual sin apuros durante un tiempo.
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Si hacemos una revisión fugaz a los textos ganadores y finalistas, encontramos pocas deliciosas uvas en el racimo. Pensemos en la categoría  Cuento, que junto a la de Poesía, es la más antigua del codiciado premio. Esta revisión viene a cuenta de la lectura del último libro que reúne a los ganadores y finalistas de 2016, El cuadro de Marilyn (2017).
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En esta larga historia del Copé de Cuento, no todo ha sido oscuridad, aburrimiento y barata antropología, tenemos textos ganadores que han estado a la altura, como “Cordillera negra” (1983) de Óscar Colchado, “Cuando las últimas luces se hayan apagado” (1994) de Yuri Vásquez, “El derby de los penúltimos” (1998) de Fernando Iwasaki, “Guitarra de palisandro” (2002) de Gregorio Martínez y “Los caminantes de Sonora” (2012) de Christ Gutiérrez.
Así es, muy pocos títulos ganadores de valía para tanta luz. Al respecto se ha especulado sobre los criterios de los jurados para designar a los ganadores y finalistas en cada edición bienal. Mas el motivo del presente artículo no es indagar en esta racha de desaciertos que no solo atentan contra la imagen del Copé y que horadan las trayectorias de sus autores. Para nadie es un secreto el poco interés que la prensa cultural, críticos literarios de medios y los lectores muestran hacia los ganadores. En otras palabras, y resulta penoso decirlo si vemos el Copé de Cuento en conjunto: la concursografía no garantiza calidad, menos conduce al reconocimiento literario, a lo mucho a contados saludos oficiales, y de allí la infatigable lucha contra el inmediato olvido.
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De los cuentos ganadores y finalistas del año pasado se viene erigiendo una mentira sobre la buena salud del Copé. Aparte de tratarse de una mentira rastrera, se impone la obviedad de su realidad: estamos ante el peor Copé de Cuento de la historia.
Pero seamos justos, si una característica identifica a los cuentos de su último volumen, es el anuncio de una renuncia a lo que configuraba a la mayoría de cuentos de otras ediciones: el quiebre de la bandeja de vidrio en la que se sazonaba un explosivo potaje, toda una experiencia culinaria que hacía explotar los estómagos más recios, cuyos ingredientes se imponían por su condición de tema y no por epifanía literaria.
Este quiebre con el tema ya lo podíamos rastrear en los cuentos que conforman el precedente conjunto, Patrimonio (2014), pero en esta ocasión el tópico viene encausado por un flojísimo tratamiento narrativo, o, en todo caso, por una narración excesivamente segura, que constatamos en los tres primeros puestos: el cuento que titula la publicación de Santiago Merino Acevedo, “Santeros” de María Lourdes Torres y “Esa pequeña luz en la ventana” de Miguel Ángel Torres Vitolas. Técnicamente irreprochables, pero a los que les falta nervio y arrojo en su desarrollo, por eso no emocionan ni comunican, solo transcurren en sus respectivas tramas. Los he vuelto a leer y me queda muy claro que estamos ante textos pautados por el cumplimiento estructural, me pregunto: ¿acaso fueron escritos para agradar?
Sin embargo, las gratas sorpresas las encontramos fuera del trío de ganadores, en este sentido, habría que prestar atención a lo que en el futuro haga Carlos Zambrano, cuyo cuento “Se llevan todo” dejó una buena impresión, además, le sugeriría al autor escribir más con el corazón, que de ser así, podría sorprendernos. Destaquemos también el destape de Jorge Casilla, su cuento “De lo que le sucedió a don Quijote en el bosque de Roque Guinart” mereció, sin lugar a dudas, una mejor ubicación si es que nos ceñimos a la frivolidad de los puestos. En lo personal considero que fue un error mandar este cuento al concurso, puesto que al Copé todavía le falta desarrollar la sensibilidad idónea para detectar lo mucho que transmiten textos como los de Casilla. Y Joe Iljimae confirma su proyección narrativa con el mejor cuento del volumen. Golazo de otro partido: “El hijo de las sombras”, en el que no solo hallamos destreza técnica, sino que asistimos a la unión discursiva del tema y la prosa, unidas en un propósito denso, aunque por momentos abusa de ello, que nos lleva a pensar en la violencia emocional digna del Onetti más alucinado. Nos encontramos ante un cuento que es un fiel reflejo de la creciente madurez narrativa del joven autor.

… 

En SB

lunes, noviembre 13, 2017


banda sonora

Aunque la serie no me entusiasma como a otros, debo confesar que si algo interesante encuentro en Mindhunter es precisamente su banda sonora. No solo me pasa con esta serie, también con muchas otras, que no me han convencido como historia ni tratamiento, pero sí con su música, lo que para mí ha ejercido una fascinación traducida en fidelidad, acabando sus temporadas.
Entonces, mientras luchaba con una tentación de gripe en la tarde noche del domingo, decidí armar una lista de canciones a escuchar en la semana, que se me anuncia de ocupada, con un intervalo el miércoles por el partido. Anotaba canciones de las series que he podido ver en estos últimos meses. En principio creí que a lo mucho serían quince, pero a medida que recordaba las series vistas, entre las que me agradaron y decepcionaron, las canciones iban creciendo en número, el universo se resistía a ser menos.
Para despejar un poco la no planificada faena dominical, releí el poemario La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Visor - Sur Librería Anticuaria), de la española Elvira Sastre. Curioso, porque haciendo memoria, lo leí el lunes pasado. Poemario dueño de una sensibilidad que descansa en el tópico del amor, pero también, como bien anuncia el título, en el de la soledad. Esta propuesta transita por una escritura diáfana, que me hace pensar que, en ciertos casos, lo que es sencillo demanda más trabajo que lo presentado como acrobático, tendencia esta última que parece estar marcando la ruta de buena parte de los nuevos poetas iberoamericanos. En la sencillez de estos poemas asistimos a una sensibilidad que agrieta la zona emocional. 
A la hora regresé a la selección de canciones y no pocas las escuchaba en repeat en Spotify. Debía hacer la mejor selección posible. Lo sabes, una buena selección de temas ayuda a enfrentar lo que vendrá, claro.

domingo, noviembre 12, 2017

una mochila pesada

En la madrugada, al llegar a casa luego de algunas horas escuchando música en Koca Kinto, el sueño hacía acto de presencia, entonces releí algunas páginas al vuelo de un par de libros, Libro del desasosiego y Dietario voluble, tan necesarios para mí cuando el ánimo está al borde, así es, al tope por la pasión futbolera. Bien lo sabe el lector del blog, es muy difícil reprimir una pasión, puedes estar concentrado en otras cosas, pero hasta el más mínimo elemento relacionado con esa pasión tiene el suficiente poder de extraerte de tu órbita. Ese es el poder canábico del fútbol, a veces perjudicial, que me lleva a desear la desfutbolización anímica que muestran algunas amistades privilegiadas.
No poco se dice del trascendental encuentro del miércoles ante Nueva Zelanda. Como muchos, soy de la idea de que la selección pudo ganar en el partido de ida en Wellington, pero también sé que el equipo no viene jugando en su mejor forma desde su histórico triunfo ante Ecuador en Quito. La consternación se afianza todavía más cuando los jugadores emblemáticos vienen exponiendo un alto nivel de juego en sus respectivos clubes. Entonces, ¿qué está pasando?, ¿por qué no aseguramos en Lima la clasificación ante Colombia?, ¿qué pasó con una selección oceánica a todas luces inferior a la nuestra? Preguntas que flotan en la zona de miedo del futbolero promedio, en esa esquina de nuestras mayores frustraciones deportivas.
Salvando las evidentes distancias, a la selección peruana de fútbol le ocurre lo que a Brasil en los últimos Juegos Olímpicos de Río. Es decir, el peso de una carga emocional por conseguir un objetivo, lastre que se repotencia a medida que se acerca a la recta final. Esta mochila pesada la cargan todos los integrantes de nuestra selección, y claro, el hincha no es ajeno a esa realidad, que también carga la suya propia. 
No hay antídoto secreto para la ansiedad. El problema no es el juego, sino la actitud: el destierro del miedo y presionar el acelerador emocional que nos hará conseguir un objetivo anhelado por millones de peruanos. No hay término medio, a la ansiedad deportiva se la destituye con violencia anímica e inteligencia táctica, desahuevamiento total.

sábado, noviembre 11, 2017


jueves, noviembre 09, 2017

de editores y leyes

Llama mi atención una mesa de diálogo que se realizará en las próximas horas en el Hay Festival de Arequipa. El tema, necesario y por demás interesante, va sobre cómo debería ser una nueva ley del libro. Para tal fin, se cuenta con la participación de los editores Arthur Zeballos, Víctor Ruiz, Gabriela Olivo de Alba y Ezio Neyra, quienes conversarán con Álvaro Lasso.
Los asiduos del blog saben que a tres de ellos los he llamado cabeceros y mucho barullo no ha habido al respecto porque, imagino, son los primeros en asumir esa triste condición, obviamente, no con orgullo. Al respecto, albergo la esperanza de que puedan cambiar, todo acto que motive una perestroika ética siempre será más que bienvenido. Sin embargo, esto no impide revelar la ausencia de un requisito indispensable para esta clase de debates: la autoridad moral para llevarlo a cabo. En otras palabras: ¿cómo puedo hablar de la ley del libro si en mi hoja de ruta tengo a varias decenas de autores estafados y descontentos con mi trabajo? No hay mucho que pensar, somos testigos de los frutos del relacionismo más extremo, pienso en Lasso y Zeballos, que repiten plato en mesas editoriales en este nuevo Hay. Objetivo cumplido: estrechar lazos comerciales. Bien por ellos, por haber armado una suculenta red de poder que los lleva a erigirse como los más puros representantes locales del activismo editorial. Pero no se confundan, muchachones, la contactología depara luz inmediata, pero no respeto (así te mandes con un catálogo de lujo que esconde un condenable costo humano), menos en un tema en el que se hace necesario contar con voces inmaculadas de cabecismo y semejanzas, pienso en el causa de Ruiz y Neyra, Paul Forsyht, en Julio Isla Jiménez, en Pablo Cotrina, pero en especial en Milagros Saldarriaga, que ha puesto en funcionamiento efectivo una institución del Estado, interesada en la difusión de la lectura a través de todos los niveles generacionales y educativos. Forsyth, Isla, Cotrina y Saldarriaga sí nos pueden decir cosas sobre la difusión del libro y especular sobre leyes que favorezcan precisamente esa difusión. Lo que veo en estos editores y promotores son dos aspectos felizmente divorciados: el trabajo por difundir la lectura y la carencia de contactos festivaleros. Lo primero salta a la vista, pero lo segundo no está en su radar y en verdad no tiene que estarlo. A este cuarteto, sumemos el de Leonardo Dolores, amigo de todos, pero que en esa gaseosa condición jamás ha estafado a nadie y ha posicionado su grupo editorial sin realizar una tierra arrasada de autores.
Por ello, se pudo tener una mesa interesante y libre de cuestionamientos si es que los organizadores no hubiesen sido tan vagonetas, supongo que informarse debe ser parte de los cerebros del Hay: G. Olivo de Alba, E. Neyra, P. Forsyth, J. Isla Jiménez, P. Cotrina y M. Saldarriaga, en conversación con L. Dolores. Aunque parezca, no tengo nada personal contra los excluidos de mi mesa potencial. La figura es así: si has cabeceado y no te ha pasado nada hasta el momento, eso no te libra de la consecuencia social de las ya conocidas acciones cometidas. Hay pues que trabajar mucho para limpiar la imagen y cumplir con los perjudicados, no todos hacemos eco de los sucesos de la contactología.
En cuanto a Neyra, separo los niveles, su trayectoria como escritor no tiene nada que ver con su cuestionada labor como encargado de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura. Más allá de algunos éxitos, como la pasada Feria del Libro de Editoriales Independientes, no pocos se preguntan hacia dónde va la oficina que encabeza. Su gestión lleva poco más de dos años y poca claridad hemos visto en la misma. A lo mejor el problema sea la falta de comunicación y ruego que sea así, de lo contrario estaríamos ante la crítica mayor: su poca disponibilidad de servicio cuando se trabaja para el Estado. De ser así, tendría que renunciar. Su cargo demanda voluntad de servicio, no  autoservicio. No hablamos de una institución privada, así de simple.
Dicho esto, espero el milagro, el triunfo del criterio, como el de la buena voluntad para enhebrar ideas en pos de una ley del libro fija, y no periódica. Eso.



martes, noviembre 07, 2017


sin secreto

Lo sabíamos desde hace un mes: por estos días el país estaría inmerso en una tensa cuenta regresiva dividida en dos paradas: el viernes 10 y el martes 14.
Al respecto, no hay mucho que pensar: el fútbol peruano es superior al de Nueva Zelanda. Entonces, en teoría estaríamos ante un trámite, una especie de puesta en escena de la verdad conocida.
Sin embargo, el problema del futbolista peruano, y vaya que lo vimos en el último partido con Colombia, es su natural tendencia al arrugamiento emocional en momentos límite. De estas pequeñeces anímicas tenemos muchísimos ejemplos, cada cual candidato a vergüenza deportiva nacional. En realidad, no hay peruano que no tenga un rosario personal de fracasos, muchos de los mismos relacionados al fútbol.
Por ello, ante la superioridad física del neozelandés, no queda otra que apelar al secreto nacional: la pelota al suelo, sin levantarla jamás. Esto es lo que piensa todo peruano de a pie, no por iluminación cultural, menos intelectual (no pidamos milagros, o, en todo caso, no abusemos), sino por criterio común. Criterio que proviene de la esencia básica del pistazo, aquel espacio que configura el contacto del niño con el balón, que en el tiempo somos testigos en el pelotero ya crecido pero que jamás dejará de ser niño, o sea, pelotero adulto irresponsable. A este juego al ras, se le sumará disciplina táctica, administración en los movimientos en el campo. Solo eso. 
La tradición del juego contra los fantasmas. Por eso somos la cultura del casi casi. Ejemplo: hombres y mujeres entran en trompo ante la ausencia de Paolo Guerrero en estos dos partidos del repechaje. Si hay algo, entre lo mucho, a reconocer en Gareca, es precisamente la conformación de una idea de juego dependiente del buen momento del obrero talentoso, no del capataz estrella. Este equipo no necesitó de Pizarro, ni de Vargas, ni de Zambrano, para estar en el lugar en que ahora se encuentra. La idea de juego hizo posible lo imposible.

sábado, noviembre 04, 2017


coherencia / tibieza

Mucho se dice de los principios que rigen las nobles y justas causas sociales, y hay quienes han hecho mucho dinero en base a ese discurso, cosa que no tiene nada de malo, siempre y cuando se muestre coherencia y un claro compromiso de servicio hacia el otro.
Pero no siempre vemos coherencia, porque los principios se ponen a prueba cuando se hallan en un entredicho con los intereses profesionales, políticos y económicos. Cuando ocurre ese enfrentamiento, que más que uno evita, es cuando vemos de qué están hechos los principios de hombres y mujeres que trabajan en pos de causas “sociales” o fines “nobles”.
En este sentido, gratifica ver actitudes como las del psicólogo Ernesto Reaño, que puso en evidencia las prácticas discriminatorias de un influyente colegio limeño contra niños con síndrome de Asperger. Reaño bien pudo callarse y seguir tranquilo en su vida profesional, construyendo un prestigio como psicólogo, es decir, pudo abocarse a la condena silenciosa, al señalamiento desde el escondite, haciendo suya la cobardía del bacán de las causas nobles. Así, pues cualquiera, hasta , y más en esta era líquida.
Quien escribe estas líneas no se hace problema alguno, en lugar de creer en el verbo tribunero, creo en la consecuencia de los principios.
En la otra margen, hallamos un caso para rabiar, sea por la acción cometida y el inmediato “silencio” que lo relativiza. 
Obvio: hay que combatir el maltrato a la mujer en este país, desde todos los frentes y sin filtrar las denuncias de acuerdo a la filiación política, ideológica y amical que se tenga con el maltratador. Lo digo en relación a Abraham Valencia, denunciado por sus exparejas por maltrato físico y psicológico. Valencia, asesor político de Nuevo Perú y de Veronika Mendoza, ve caer su carrera política a cuenta de un acto condenable que pretendió tapar con la postura de la superioridad moral del izquierdista. Y aunque las condenas zurdas a este sujeto han aparecido, estas exhiben tibieza ante el horror. La situación sería distinta, por supuesto, si el agresor fuera un fujimorista o un aprista, el enemigo político. 

viernes, noviembre 03, 2017

poeta secreto

Ser poeta peruano es como una excentricidad para todo aquel que se asume como tal, bueno, razón no falta a cuenta de la tradición a la que pertenece. Al menos, esta es la idea con la que trato de explicarme su comportamiento público, aunque es justo señalar que la moderación de la payasada viene apoderándose en este sujeto, sin duda, a causa de la vergüenza inmediata que suponen las redes sociales, espacios gaseosos en los que tienes el derecho de ser lo que en la vida real jamás serás.
Por ello, no es menos gratificante el reencuentro con poetas silenciosos, secretos, ajenos a la barbarie del egocentrismo, conformes con lo que en materia literaria han logrado, que en el caso que motiva el post, no es poco. Me refiero, ya por tercera o cuarta vez en este espacio, a José Cerna y la maravilla poética llamada Ruda.
¿Acaso Cerna es el Salinger de la poesía latinoamericana? Me pregunto cada vez que hablo con amigos sobre poesía peruana contemporánea. Obviamente, y esto para los prejuiciosos que leen el blog sin entender, lo de Salinger no tiene que ver con el carácter arisco, sino con el retraimiento que ha signado la vida del poeta. Además, en mi etapa de librero hablé con él y me pareció una muy buena persona.
José Cerna se dio a conocer en Estos 13, la histórica antología de José Miguel Oviedo. En aquellos años, no pocos poetas de la antología setentera ya tenían poemario publicado o estaban a nada de entregar uno a las imprentas, sin embargo, Cerna ingresó tarde al terreno de los editados.
Recién lo hizo en 2001. Aquella Ruda vino por cuenta del peculiar sello Lluvia Editores y su difusión no fue la que se esperaba, pero bastó para forjar eco en algunos lectores, lectores que hicieron de este Poema sobre la calle y sus humores uno de culto. Además, la publicación era ajena al formato clásico de libro, esta tenía las hojas sueltas dentro de una suerte de folder manila.
En 2012, el sello Sol Mayor vuelve a publicar Ruda, en la que considero una edición pulcrísima y definitiva. 25 hojas, también sueltas, en folder verde. No sé si aún pueda encontrarse en librerías locales, pero bien vale el esfuerzo que demanda su búsqueda. 
Cuando hablamos de poesía, el poeta debe saber cuándo callar. La poesía no debe ser una carrera de hienas. El poeta debe publicar para callar. Creo que eso es lo hizo Cerna, le bastó Ruda. ¿Para qué más?

jueves, noviembre 02, 2017


miércoles, noviembre 01, 2017

jouhandeau

Hay dos clases de narradores: los que apuestan por la brevedad y los que solo se justifican en la abundancia de títulos (los prolíficos). Por lo general, y aunque no se haya escrito como se debiera sobre ello, el primer bloque de narradores está conformado por esas voces que privilegian ante todo la belleza verbal, entendida esta en su concepto más amplio, y cuidándonos de no ser presas de demagogias, ya que se supone que todo narrador debe apostar por la buena escritura, pero la buena escritura no necesariamente es experiencia literaria, sino mandato mínimo/esencial de todo aquel que se considere escritor como tal.
Cuando nos referimos al concepto más amplio de la escritura, nos enfocamos en la palabra como la verdadera protagonista del proyecto narrativo, al punto que el tópico que lo conduce no es más que un mero pretexto, al menos un sendero, por el que transita la fuerza y magia verbal. A la fecha, no hay mucho que discutir sobre el exponente mayor de esta vertiente: Flaubert. En la otra orilla tenemos a los narradores de asunto, a los bien llamados Hijos de Dumas, para quienes el lenguaje es solo un eje funcional. En este segundo grupo se ubican los narradores que exhiben una producción por demás rica en número de títulos, además, y es justo sentenciar: esta vertiente ha permitido el desarrollo de géneros, a saber, como el policial y la ciencia ficción; por otra parte, su influencia ha resultado capital en la potencialidad de un registro como el periodístico, elevándolo a la categoría de género literario.
Se deduce pues que en ambos bandos encontramos no menos que grandes aportes, o mejor dicho, obras maestras que pertenecen al Siglo de la Novela, el XIX, que ha cimentado la narrativa en el XX y que ingresa a este nuevo siglo con aparentes aires de renovación, aires que son toda una mentira de la empresa editorial y asumida como tal por los escritores a quienes benefician los supuestos nuevos registros, manifestando la actitud en una conmovedora postura nutrida de ignorancia. De este fenómeno, nos ocuparemos en otra ocasión.
Podríamos pensar que entre ambas orillas no existiera una confluencia. Si bien es cierto que la tradición nos indica que no siempre se puede ser un virtuoso del verbo y a la vez un hacedor de títulos a granel, es bueno y gratificante señalar las diferencias, que por contadas que sean, no son menos que atendibles; esa búsqueda en las diferencia nos ofrece la posibilidad de conocer y acercarnos a autores que han llevado a buen puerto la confluencia entre los rizos del verbo y la explotación/exploración temática. En otras palabras, un digno hijo de Flaubert y Dumas en el ejercicio de la escritura.
Como lectores, habría que sentirnos satisfechos con obras como las del francés Marcel Jouhandeau (1888 – 1979).
Verbo y tema. Oído y mirada. Demonios y actitud narrativa. Eso es lo que podemos pensar de este autor que en vida publicó ciento treinta libros. Así, no hay que quemar mucho cerebro: estamos ante una de las poéticas más productivas del siglo pasado. En su propuesta cabían, en dosis plasmadas en justa balanza, el protagonismo del verbo y el tópico que yacía en un ineludible espíritu crítico. Verbo y actitud narrativa que descansaban en una patente declaración de principios que exhibía por la digresión, la cual le permitía poner en el tapete lo que sobrevivirá de la casa Jouhandeau: la reflexión discursiva. Reflexión discursiva admirada por plumas de la talla de Gide y Sartre.
No es para menos, este sello de la casa se hace presente en novelas, cuentarios, artículos, crónicas y estampas. No había género que no le llamara la atención. El autor se inmiscuía en ellos con la curiosidad que le despertaba su alma partida. Ocurre que Jouhandeau era eso: una sensibilidad partida, reprimida, que abrazó el catolicismo desde muy joven para luchar contra sus pulsiones carnales, que lo llevaron a tener una vida errante en lo emocional. Hablamos, pues, de un autor con la suficiente oscuridad en el alma, que escribió de todo lo que le vino en gana.
La crónica y el articulismo llamaron su atención. No era un cazador de sucesos. Más bien, era un observador de la realidad, los detalles de los sucesos avivaban su curiosidad, el comportamiento humano, las incoherencias que este encerraba y su diabólica puesta en escena. Por este motivo, no dudó en escribir de los tres de los crímenes más horrendos que acaecieron en Francia, en 1954, 1956 y 1957. Crímenes que ya habían sido abordados por reconocidas voces, como Marguerite Duras.
Bajo los títulos de “Los amantes de Vendome”, “El proceso Évenou- Deschamps” y “El crimen del cura de Uruffe”, reunidos en Tres crímenes rituales (Impedimenta, 2014), accedemos a la esencia de la poética de este tremendo narrador francés.
La presente publicación es toda una puerta de entrada a su poética, una garantía a lo mejor de su fuego narrativo. Jouhandeau coge al toro por las astas. Se sumerge en las razones, en la pasión retorcida de sus protagonistas y nos brinda su versión de lo que motivó a Denise Labbé a matar a su hija por hacerle caso a su novio, un sujeto llamado Jacques Algarron, quizá uno de los más grandes manipuladores de los que tengamos idea; nos brinda un repaso sobre el crimen del doctor Yves Évenou, personaje siniestro dado a las orgias, que con tal de saciar su placer, usa a la hija de un paciente suyo, Simone Deschamps, para asesinar a su esposa Marie-Claire; y el texto más extenso, en el que Jouhandeau prácticamente se luce, en donde nos topamos con un cura del pueblo Uruffe. Guy Desnoyers es un cura que se ha dedicado a embarazar a muchachas adolescentes. Una de sus víctimas, Michelle Léonard, de quince años, no solo queda embarazada, sino que la instiga a dar en adopción a su bebé que tendrá en la clandestinidad. Lo mismo con Régine Fays. El autor centra su atención en la figura de Desnoyers, barajando más de una hipótesis que iluminen los móviles que no solo lo llevaron a matar a Fays, sino también al niño que terminó sacándolo del vientre gestante de ocho meses, acuchillándolo y desfigurándolo. Desnoyers es todo un personaje retorcido que al igual que los demás personajes de estas tres historias, no conciben sus hechos sin el amparo de un ritual que los aleje del mero acto homicida. En cada uno de ellos es patente un tácito acto malévolo que los trasciende, que los justifica ante los demás y de ello se encarga el oscuro cirujano del alma Jouhandeau.

… 

En SB

calvo / las

Luego de una exitosa Noche de los libros en Sur, me pongo a revisar un par de los títulos adquiridos mientras espero que abandone la librería el último lector, que ha llegado con su esposa, ataviada para lo que supongo será una fiesta de brujas.
Aunque no es un título nuevo, me siento más que satisfecho por tener otra vez los tres tomos de Edipo entre los Incas de César Calvo. Bien sabe el lector informado que el escritor consideró esta publicación su obra mayor, aunque este juicio puede ser puesto en duda, ya que no son pocos los que consideran que su poesía fue lo mejor que ofreció. Más allá de esta impresión, llama la atención el entusiasmo de la inteligencia de Calvo al servicio de la escritura. Si había algo que derrochaba nuestro vate era precisamente muchísima intuición, un olfato para percibir y leer la vida, y el oído para recoger leyendas no oficiales.
Hallé estos libros en el momento preciso, y ahora sí, con la promesa de no volverlos a prestar, aunque sé que mis primeros tomos de Edipo están en buenas manos, seguramente en los anaqueles de una feliz familia parisina.
De la copiosa bibliografía de Luis Alberto Sánchez, aunque más de uno lo haya calificado de imbécil, como Luis Harss en Los nuestros, nadie pone en entredicho la importancia de El Perú: Retrato de un país adolescente, título que ya tendría que ser de lectura obligatoria en los últimos años de la etapa escolar. El libro de LAS que ahora me acompaña, junto al ejemplar de 1960 al que basta con abrirlo apenas para que mi rostro quede cubierto de polvillo, es Aladino, o vida y obra de José Santos Chocano, en pulcra edición del Congreso, a un precio por demás asequible si lo comparamos con los de administraciones anteriores. 
Estamos ante una maravilla de biografía, escrita no solo con pasión, sino también con una invalorable cuota de prejuicio que condimenta el recuento vital de uno de los poetas más egocéntricos de la tradición literaria peruana. Muchas veces he pensado en que si este libro hubiera sido más leído, posiblemente se habría germinado entre nosotros una interesante tradición de biógrafos. Biógrafos es pues lo que falta, tenemos grandes voces que ya vienen reclamando su biografía.