sábado, abril 29, 2017

ensayos excluyentes

No soy ajeno del fetichismo literario. Por ese solo motivo, llevo horas pegado a la última publicación de mi autor preferido, quizá el responsable de que exista este blog, al punto que el título del mismo es un guiño abierto a una de sus novelas más celebradas, quizá la mejor, La fortaleza de la soledad.
Así es, consumo todo lo que escribe Jonathan Lethem. Pero el libro que me excluye de las actividades en estas últimas horas, transita los sinuosos y estimulantes caminos del ensayo. Además, aún no ha sido traducido al castellano, pero no creo que demore mucho para que suceda.
Lo tengo en manos gracias a una lectora empedernida, también fanática de Lethem, con quien siempre es un gusto compartir lecturas por el simple hecho de hacerlo, reforzando la complicidad que genera la impresión bienintencionada, porque eso es la lectura, la extensión de su sola experiencia.
Mira su título: More Alive and Less Lonely. Y el subtítulo: On Books and Writers.
Lo que nos gusta de Lethem es su acervo cultural, que no solo se limita a lo que erróneamente se cree cuando se nos habla de ello, sino que este crisol se alimenta no solo de referencias canónicas. A saber, a la fecha es uno de los difusores de la obra de autores otrora menores como Philip K. Dick. Claro, este autor de ciencia ficción estaba destinado a imponerse en el imaginario del lector, tarde o temprano. Pero hacía falta un discurso que lo conectara no solo con los seguidores de la ciencia ficción, y esa función la llevó adelante Lethem.
Ni hablemos de su prosa, que nos revela a un aprovechado discípulo de Turguénev, en agraciado viaje psicotrópico, vale anotar. Aunque el ruso no está entre sus declaradas influencias, bien sabemos que los grandes saben bien cómo esconder sus fuentes narrativas. 
Fácil escribiré una reseña de este libro, que como ya indiqué, se me ha impuesto como una lectura que separa a todas las demás.

viernes, abril 28, 2017

una feria con actitud

Luego de una tarde dedicada a la investigación en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, decido ir al Ministerio de Cultura en lugar de regresar inmediatamente a casa.
Uno de los placeres mayores del lector yace en el sencillo acto de recorrer una feria de libro. Eso, recorrerla, mirar, saludar, conversar y, cómo no, encontrarse con los amigos y conocidos. Pues bien, cuando se tiene que criticar, se hacen los señalamientos, y cuando hay que saludar propósitos, se reconoce. En este sentido, felicito a la oficina ministerial de la Dirección del Libro y la Lectura por la realización de la Feria de Editoriales Peruanas La Independiente, iniciativa distinta a la realizada el año pasado, llamada Festival del Libro y de las Ideas.
Ingreso al ministerio y me dirijo a la Sala Kuélap y lo primero que llama mi atención es la disposición de los espacios designados a los expositores de las editoriales, del mismo modo el espacio destinado a las presentaciones, configurando ambos una proyección de unidad, de integración, en la que se respira lo que interesa: el libro como razón de encuentro. Visto esto, pasamos al recorrido detallado, en los que hallamos las novedades editoriales de los sellos limeños, pero ante todo seremos testigos de los que se publica en las ciudades del interior, como Cusco, Moquegua, Piura, Juliaca, Trujillo, Tarapoto, Chimbote y Puno.
En mi experiencia de caminante ferial, esta es la primera vez que puedo decir que sí me encuentro ante una feria que honra su nombre. Por ello, la sola existencia de esta feria inclusiva es motivo de celebración y esperemos que se convierta en una tradición. En otras palabras: que su continuidad no esté supeditada a razón de la poca o mucha venta de su primera edición.
Sin embargo, y como en toda primera edición ferial, con mayor razón una de esta característica, no es ajena a falencias naturales, pero si las analizamos objetivamente, no estamos ante crasos yerros, sino perfectibles. Nada grave que señalar a menos que se quiera hacer alarde de la mezquindad.
Y para terminar, espero que en estos días feriales los editores independientes se reúnan y busquen impresiones comunes que les permita fortalecerse como grupo. La mayoría de las veces, esto se logra en un ambiente ferial, en lo discutido en la informalidad que depara el “tiempo libre”. Solo así podrá forjarse una actitud en conjunto que sustente formales propósitos mayores. Además, es mi deseo que entre lo discutido se consolide el testimonio mayor que se debe guiar a todo aquel que se hace llamar editor: consolidar el discurso de la importancia de la lectura en la práctica de la edición.

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Publicado en SB

jueves, abril 27, 2017

¿y ahora?

Algunos lo señalamos en su momento, otros se fueron dando cuenta a medida que pasaban los años, y muchos decidieron persistir en la fuerza de la fe ideológica. Ahora vemos que esa fe ideológica de poco o nada les sirve puesto que la realidad se les ha estrellado en la cara.
Si la izquierda peruana no toma posición al respecto y lleva adelante una autocrítica, pues tendrá que conformarse con la vergonzosa certeza de que jamás será gobierno.
Lo recuerdo bien: no había amigo o conocido de izquierda que no considerara al entonces candidato presidencial Ollanta Humala como la verdadera alternativa de cambio para el país. No importaba el rango de influencia, todo izquierdista apoyaba esta candidatura, a sabiendas que sobre Humala había un proceso judicial por violación de Derechos Humanos. Al respecto, no hay mucho que discutir sobre la anormalidad moral de la zurda peruana, porque de ser pensante y coherente, como imagino es la izquierda en otros países, esta candidatura hubiese sido inviable, ni siquiera puesta en mesa como carta a apoyar. Entonces, se apoyó a Humala teniendo conocimiento de la mochila pesada que cargaba, mochila que era la metáfora de las ignominias que critica la izquierda local.
Al respecto, ¿qué decir de los audios que hunden a Humala a la categoría de asesino que compra testigos para que cambien su versión de los hechos, para que estos se cambien su testimonio sobre el “Capitán Carlos” en los años del Conflicto Armado Interno? ¿Es consciente la izquierda peruana de su chanchada? ¿Acaso no tiene líderes con entereza moral que sepa deslindar desde ya ante lo que ya es una bomba que dinamita su poca reserva moral?
Pienso en las mujeres y los hombres pensantes e intelectuales de la izquierda, no solo en los escritores peruanos, que apoyaron, desde antes de la primera vuelta del 2011, día y noche esta candidatura que sabían manchada en sangre. Una reacción se hace necesaria, aunque sea un susurro alcoholizado de dignidad, por lo menos una impostura valiente de superioridad moral. Hoy en día, como nunca antes, los principios morales de la izquierda peruana están cuestionados. Cualquiera se puede equivocar, pero no se puede estar callado si apoyaste a un asesino.

miércoles, abril 26, 2017

¿guerra civil?

Un alto a las actividades del día para ponerme a revisar ciertos mails colectivos. Por lo general, no los reviso, pero desde el lunes me puse a analizarlos al vuelo. La impresión no era nada buena, y para tener certeza de la misma, chequeé también ciertas cuentas de mi Facebook.
Entonces compruebo lo que temía, la sospecha guardada durante años se manifiesta ahora sin rubor en la mayoría de peruanos activistas menores de treinta años, proyectando con orgullo el fulgor de la ignorancia conducida hacia el aplauso gracias a la pose justiciera, al cuestionamiento idiota, que bien puedes llamar actitud crítica contra las injusticias del sistema neoliberal.
Okey.
Tener actitud crítica es lo que caracteriza a la mayoría de activistas menores de treinta años, en realidad a todo activista, incluso a los eternos adolescentes que están a nada de cumplir medio siglo. Pero lo que veo, y con pavor, en los semilleros del activismo, es una mescolanza de conceptos que los lleva a erigir involuntarios discursos por demás inmorales. El más recurrente: hablar/escribir como si las huevas sobre los años marcados por la lucha entre el Estado y los grupos terroristas, llamando a aquel periodo Guerra Civil.
¿Guerra Civil?
Una visita a las bibliotecas y hemerotecas se hace necesaria para saber lo que significó ese baño de sangre, como también dejar de lado lo que diga al respecto cualquier gurú borrachín o académico resentido que pretende llevar a la cátedra lo que de joven no se atrevió. Hablar de Guerra Civil, su sola nominación, nos lleva a una legitimidad de la lucha emprendida. Y esa legitimidad se presenta por medio del pueblo. En este sentido, no hubo polarización en la población en esos años sangrientos. Ni en el interior del país, ni en la capital, los grupos terroristas gozaron de esa prerrogativa. Lo que hubo fue un Conflicto Armado Interno que dejó decenas de miles de peruanos asesinados.
Por eso, queridos semilleros del activismo, pónganse a pensar antes de escribir/hablar de Guerra Civil en Perú. No hubo tal cosa. A leer, pues.

doble rasero

En estos días, en los que decido sí utilizar o no una muñequera durante los próximos dos meses, me pongo a revisar los artículos publicados el último fin de semana en los diarios locales. Prefiero eso a seguir la lectura de un libro que no muestra la más mínima inspiración narrativa, el cual comentaré en las próximas semanas.
Me pongo al día con los artículos y uno de la periodista María Luisa del Río revuelve mis recuerdos. Lo pueden leer aquí.
Pero antes de pasar al detallado al vuelo de los recuerdos, pongámonos en onda para entender la situación: la semana pasada un par de cantamañanas argentinos se pasearon por medios de comunicación y universidades promocionando un libro escrito al alimón, en el que se nos “explica” y “alerta” (ojo con el entrecomillado) sobre la mentira discursiva que sustenta a la ideología de género. A causa de la promoción de este mamotreto, los cantamañanas fueron enfrentados por Patricia del Río en RPP. Ya sabemos lo que ocurrió después: los cantamañanas argentinos terminaron ganando una batalla discursiva, hecho que encendió la cólera de los defensores de la ideología de género en nuestro país, además, PdR pagó cara su actitud, recibiendo una andanada de señalamientos por su poca preparación cuando bien pudo salir airosa de aquel debate si hubiese hecho lo que se supone debió.
El artículo de MdR es claro en su propósito: defender la reacción de su hermana. Y aplaudo esa actitud, porque para eso están las hermanas y hermanos, para defenderse y apoyarse. Sin embargo, lo mismo que dije de PdR, también puedo decir de MdR, aunque para ella el doble rasero se muestra en el esplendor de su metáfora: la indignación estratégica.
Creo que estamos de acuerdo en un punto: mujeres y mujeres pensantes, y de buena voluntad, debemos sumarnos a la lucha contra los pequeños y grandes abusos que sufren miles de mujeres en este país. Y sé que al respecto MdR estará totalmente de acuerdo conmigo. En lo personal, me aúno a esta causa por convicciones de igualdad y respeto entre mujeres y hombres, sin importarme en lo más mínimo si simpatizo o no con el discurso feminista.
Pero MdR dice lo siguiente en su artículo, la dinamita que hizo explotar mis recuerdos:
“El acoso sexual es violento aquí y en la China, y no se detienen balas de cañón con plumas de ganso.”
Cierto. El acoso a las mujeres en Perú es, desgraciadamente, una norma social aceptada y festejada.
Sin embargo, qué pensar de esa sentencia cuando tuvo que tomar posición cuando el año pasado se dio un sonado caso de acoso que tuvo a Gustavo Faverón como infeliz protagonista. Pueden leer aquí lo que escribió al respecto.
Allí, para MdR las formas, la objetividad y el cruce de información sí valían. No pues, en ese artículo se exhibió una postura tibia, por no decir hasta las huevas. No hizo lo que debió como periodista, menos como una que muchas veces se ha definido como denunciante contra los maltratos a la mujer: investigar antes de opinar en su columna. Además, esta actitud de MdR la relaciono con la que tuvo el colectivo Niunamenos versión Perú, que también hizo eco de las formas. Tanto MdR y la mayoría de feministas del mundo letrado local se comportaron igual que cualquier teniente de comisaria de barrio cuando llega una mujer dispuesta a denunciar a un acosador identificado. 
Lección: que no se vuelva a repetir.

lunes, abril 24, 2017


basuco

Compré Basuco, la revista de los narradores y críticos Fernando Toledo y Richard Parra. La leí en mi recurrente café barranquino, del que soy fanático por su pastel de pasto, como dice Inés, o llámalo pastel de acelga. No pensé que me quedaría mucho tiempo, porque en principio quería revisar la revista en sus aspectos generales, como el diseño, la diagramación, que exhibían un criterio que me recordó a cierta estética visual revisteril de fines de los noventa, pero esta es otra cosa, con más nervio y lejana del efectismo. Entonces, lo que parecía una revisión se convirtió en una atención excluyente, al menos durante una hora. Pedí otro espresso y cambié el pastel de pasto por una empanada de carne.
No era para menos, el editorial de la revista, Cuadrúpedo basuco, anuncia la pauta ideológica y estética que presentarán sus páginas. Si la memoria no me falla, no recuerdo haber leído un editorial que supure tanta rabia festiva conducida por senderos que cuestionan, entre otros aspectos, a las actuales tendencias narrativas, del mismo modo a las putas poses de aquellos que se hacen llamar escritores e intelectuales. En realidad, es una patada en la entrepierna que ojalá haga pensar a más de un(a) atorrante. En otras palabras, Basuco, al galope entre la ficción y el ensayo, se anuncia como una revista incómoda, y eso lo que me gusta más de este primer número, que pese a encontrar contados textos de los que esperábamos más, exhibe personalidad.
Dije que esperaba más, y al respecto pienso en los relatos de Juan José Sandoval, Indira Anampa y el buen narrador Sebastián Esponda, de quien sugiero buscar su libro El polvo de los grandes. Buenas ideas pero irregular desarrollo. También esperaba más de las respuestas de Manuel Fernández, que respondió por cumplir en la entrevista que se le realiza. Por otro lado, Basuco muestra la indicada personalidad con Miluska Benavides, Toledo, Parra, Betina González y Patricia de Souza. Mención especial merece la entrevista de Luz Vargas de la Vega a Juan Daniel F. Molero, director de la película Videofilia, que pude ver hace algunas semanas en Casa Bagre.
Para ser el primer número, Basuco pasa la prueba sin necesidad del buenagentismo valorativo. Hay que leerla y discutirla, esa es la intención del editorial, además, los textos son el testimonio de una coherencia. Editorial y contenido no vienen signados por el divorcio ético. De ser así, no estaríamos ante una revista que pretenda honrar su nombre.  
Se deduce: Basuco es una revista que incomodará, cosa que nos alegra. Ante ello, su existencia depende de la autogestión, entonces el denominado lector tiene que hacer su parte: comprarla, cuesta 12 mangos. Solo de esta manera seguirá existiendo y, muy en lo personal, prefiero que exista así, sin depender de auspicio alguno. 

domingo, abril 23, 2017

pero sin epifanía

Lo cierto es que después de HHhH (2011) el escritor francés Laurent Binet pudo darse por muy bien servido y con un crédito de espera de una década para su próxima novela. No solo estuvimos ante una primera novela descollante, sino que más allá de su carácter inicial en la poética del autor, tranquilamente puede significar como la mejor novela para cualquier autor de reconocido oficio.
Al respecto, en una pasada edición de la FIL, en la que Binet fue escritor invitado, conversé con uno de los lectores más entusiastas de la novela, a quien debemos que se haya hecho conocida entre los lectores peruanos. En aquella ocasión le manifesté que una novela como HHhH no solo resultaba consagratoria para su autor, sino que este debía esperar el tiempo suficiente para publicar la siguiente y que ojalá no caiga en el apuro, ni sea víctima de la presión, puesto que el peso de su proeza le podría generar un peligro que podría atentar contra la madurez narrativa exhibida. Ante ello, mi amigo se mostró contrario a mi impresión, puesto que estaba convencido de que Binet no tendría que esperar mucho tiempo, solo el razonable para confirmar lo leído en su novela debut.
Después de seis años, Binet nos ofrece su segunda entrega en el terreno de las distancias largas. Y sí, consigue confirmar las impresiones narrativas que esperábamos, mas no como nos hubiese gustado. En este sentido, La séptima función del lenguaje (Seix Barral, 2016), se nos presenta con un argumento por demás llamativo: la investigación de la muerte del crítico francés Roland Barthes. Para tal motivo, Binet hace uso de la tradición del policial enigma, por medio de un dúo conformado por el comisario Jacques Bayard, quien contará con la forzada ayuda del joven profesor Simon Herzog. Los dos deberán despejar las dudas existentes sobre el accidente que causó la muerte de Barthes. No faltaba más: las horas previas al accidente confieren al caso de un aura de misterio que obligara a Bayard a indagar más allá de lo que señala el atestado, además, su olfato de sabueso policial le sugiere que el accidente no ha sido tal, sino una gran puesta en escena.
Tal y como lo indica el título de la novela, se nos indica que estamos ante una historia que nos permite acceder a los entresijos de las funciones del lenguaje, siendo la séptima considerada por los expertos de la semiología como eventual sucedánea de las anteriores. He aquí el protagonista silente de la novela: el lenguaje, y gracias a este personaje, se encuentra el pretexto para el desfile de pensadores y semiólogos como Foucault, Lacan, Althusser, Eco, a quienes Bayard debe interrogar para saber de la magnitud del posible hallazgo de Barthes.
Binet demuestra su gran talento al elevar el argumento más allá de la pureza genérica del policial, convirtiendo, de este modo, la novela, primero, en un rico crisol discursivo, y segundo, en un vivo retrato de época de fines de los setenta, época no solo signada por los tránsitos culturales (agradecemos al autor los guiños musicales, como el de Killing an Arab de The Cure), sino también por los discursos políticos. Binet potencia su narración gracias a la fuerza de los pequeños detalles, pensemos en la tácita cotidianidad que nos participa de la naturaleza e intelecto elementales de Bayard, de quien podemos señalar que su inteligencia yace en el entusiasmo de su desconfianza. No estamos ante un investigador culto, pero sí ante uno muy intuitivo. Caso contrario con Herzog, que esclarece las dudas ante tanta jerigonza empleada por los académicos interrogados por Bayard. Hasta aquí, Binet se porta como lo que es: un talentosísimo narrador con una envidiable inteligencia y enormísima cultura.  
Pero los problemas se imponen cuando somos derrotados por la ambición de la novela, que pudo ser distinta, y para bien, si la dejábamos a la mitad. Tenemos razones suficientes para sospechar que Binet la extendió innecesariamente a causa de HHhH. Es precisamente en el exceso de páginas en las que se presentan los yerros narrativos que no solo desdibujan a los personajes, sino que descarrillan el motivo de la investigación central, situación que obligó a su autor a realizar lo que no en esta clase de empresas narrativas intergenéricas: volver (y volver otra vez) sobre lo ya recorrido. En estos casos, es preferible avanzar tropezándose que hacerlo restando verosimilitud a lo que se narra. Binet cierra la estructura de la novela con eficacia, pero le costó muy caro: la cierra sin epifanía.

sábado, abril 22, 2017


mujeres borradas

Como lo sabe el lector del blog, los domingos suelo ir de librerías. La razón es muy simple: no me gusta la aglomeración, en ninguno de sus matices. No hay mejor día para revisar libros que este dedicado, por lo general, al ocio. Sin embargo, este fin de semana las librerías vienen realizando actividades a razón del Día del Libro. Lo pienso dos veces, porque a causa de las ofertas que todas las librerías ofrecerán, estas parecerán como si estuviesen atendiendo en un día de semana. Entonces, mi plan inicial era ir faltando dos horas para el cierre, rango de tiempo que solo me permitía recorrer contadas librerías, a lo mucho tres.
Pues bien, entre las actividades de las librerías, la que se desarrollaría en el local de Crisol del Óvalo Gutiérrez llamó mi atención, sea por el tema, La Literatura y su contexto actual, y porque entre los panelistas se encontraba un amigo mío. Este detalle hizo planeara mejor mi incursión dominguera, al punto que dejaría de ver el triunfo de Alianza Lima ante Municipal.
Después de cerrar mi plan me desentendí por completo del asunto. Aunque no parezca, llevo días muy desentendido de muchas cosas, recuperándome de una dolencia en la muñeca izquierda, dolencia que no me impide escribir, pero sí sostener objetos como una de taza café. Ya haré un post para contarles de esta dolencia.
Pero a medida que corren las horas, me entero que el evento al que asistiría ha desatado una especie de indignación en el pueblo letrado, indignación que ha llevado a que se cancele. La razón no pudo ser más justa.
Alivia, sí, que Crisol acepte su error, pero considero también que esta mea culpa es estratégica, ajena al sinceramiento institucional ante la torpeza cometida: el ninguneo a la mujer que escribe. De las tres mesas programadas, solo una mujer. Además, un evento como este contó con los días suficientes como para reparar en esta ominosa omisión.
Quien escribe ha denunciado más de una vez el ninguneo paulatino a las escritoras peruanas, no solo en artículos, también en una antología. Por ello, eventos como los señalados son la constatación del verdadero rasero aún presente entre los no pocos discursos inclusivos. No se tomaron en cuenta a las mujeres por cuestiones comerciales y por estrechez de miras del trepa al que se le encargó la organización. 
Por eso, resulta saludable que se critique esta clase de ninguneos, pero aún más, que se tomen acciones que honren la indignación, que sirvan de aviso para que en el futuro no vuelvan a cometerse esta clase de exclusiones, con mayor razón cuando se desarrolla en un marco que obedece a la promoción de la lectura. Tenemos suficientes escritoras: mediocres, malas, regulares, buenas, muy buenas y excelentes.

héroes

Toda una pérdida de tiempo el debate llevado a cabo en el Congreso hace un par de días. Si de hueveos se trata, nuestros congresistas llevan la delantera y en no pocas ocasiones con esforzado orgullo. Pero si algo bueno arrojan estos debates, es que podemos saber quién es quién entre tanto inútil, detectar, hasta en la primera impresión, sus posturas políticas y principios morales cuando aflora el entredicho.
Si veinte años no son suficientes para reconocerlo, ¿cuánto se debe esperar para declarar lo obvio: la heroicidad del cuerpo de comando de la Operación Chavín de Huantar?
La mezquindad de cierta facción de la izquierda congresal en todo el esplendor de su estupidez. Lo vemos en el congresista Justiniano Apaza, considerando presos políticos a los terroristas y cuestionando sin sustento razonable lo logrado por el comando militar. En verdad, me gustaría que echen del Congreso a este inútil, solapado terruco de cantina, uno de los muchos que desde la izquierda recalcitrante condena a los congresistas del Frente Amplio que votaron a favor de declarar héroes a los comandos de la Operación Chavín de Huantar.
Pero lo que más fastidia es la nula memoria histórica de los actores de las nuevas generaciones. Mujeres y hombres de veinte años que no tienen la más puta idea de lo que pasó aquel 22 de abril de 1997. Mujeres y hombres que en su feliz desmemoria serán los ciudadanos que decidan el futuro del país en los próximos años, carne fresca ideal para las huestes naranjas, para las que la desmemoria y la carencia de raciocinio son el fruto de la feliz inversión de la educación pragmática que incentivaron en sus años en el poder. 
El éxito de esta operación militar fue un hecho excluyente en los años del terror y la corrupción. Se hizo lo que se tenía que hacer, se reaccionó como mandaba el sentido común. No reconocer la valentía y arrojo de estos comandos, es negar lo poco de rescatable que todavía nos queda como país.

viernes, abril 21, 2017


de cantamañanas y feministas

Luego de desayunar dos panes con chicharrón en La Rocca, aprovecho en pedir otra taza de café, ahora un americano. Necesito, pues, de las suficientes dosis para hablar, en principio, de una persona de la que no quería hablar, pero hay que hacerlo, puesto que sus últimas actitudes son un reflejo de las taras escondidas, y puestas en evidencia en momentos de tensión, de muchísimos peruanos que se autodenominan intelectuales, cultos, elegidos y dueños de un criterio a admirar por el que consideran el vulgo iletrado que debe cumplir su noble función: la anuencia.
No hay que pensarlo mucho, me refiero a la periodista Patricia del Río, quien por no saber controlar sus emociones en una entrevista realizada a los argentinos Agustín Laja y Nicolás Márquez, par de cantamañanas y autores de El libro negro de la nueva izquierda. Ideología de género o subversión cultural, los hizo salir airosos de un debate que prometía un interesante cruce de opiniones.
Después de esa vergonzosa entrevista, PDR dio su versión de los hechos, aquí. Y a raíz de este artículo, los cantamañanas dieron la suya, aquí. ¿Qué quedo de ese cruce textual? Pues los fachos cantamañanas se impusieron, más por errores de la rival que por fuerza argumentativa.
Parto de la idea de que todas las polémicas son útiles. Puedo estar de acuerdo o no con posturas o discursos. Si en caso un discurso me parece jalado de los cabellos y siento que el mismo me afecta, pues lo enfrento con todos mis recursos culturales e intelectivos. En otras palabras, me aúno al debate. Porque eso es lo que tiene que hacer todo intelectual: ingresar al campo de las opiniones encontradas. Pero de debates no podemos decir mucho en cuanto a nuestras mentes iluminadas. Recordemos la postura de muchos de ellos en los días de la marcha convocada por el colectivo Conmishijosnotemetas, denostando, con burla incluida a manera de condimento, a los cientos de miles de personas que pedían una revisión sobre las páginas de ideología de género del Currículo Nacional de Educación.
Al intelectual peruano promedio no le gusta debatir. Por lo general, suele mirar por encima a su contrincante y lo ataca con la peor herramienta de la tara cultural peruana: el fraseo criollo, la labia barrial. Esto, pues, lo vimos en el trato de Del Río a los cantamañanas. Y es penoso, porque hablamos de una periodista culta y preparada, pero víctima de sus emociones. No tuvo idea de cómo defender su activismo feminista, no le interesó en lo absoluto y se propuso humillar a sus contrincantes en lugar de destrozarlos con argumentos, y vaya que hay argumentos para enfrentar lo que decían, como también aristas morales que cuestionan la integridad de uno de ellos.
Si un cantamañana, sea de donde fuera, me viene con una postura moral, pues lo mínimo que este tendría que mostrar es ser dueño precisamente de una moral ajena al cuestionamiento. Si no lo sabes, todo discurso intelectual debe sintonizar con una actitud moral y coherente. Por ejemplo: a mí no me va a venir hablar de pedofilia un pedófilo.
Pero lo de PDR también me hizo pensar en la actitud de muchísimas feministas peruanas, que no dudan en hacer alarde de indignación con lo que es políticamente correcto indignarse, con lo más fácil (Conmishijosnotemetas y estos cantamañanas), así cualquiera, y más en estos tiempos de plataformas virtuales, donde somos espectadores de los discursos que parecen estar dirigidos para el aplauso, sin capacidad argumentativa y a años luz de la coherencia ética.
En este sentido, no justifico la actitud de PDR, pero la entendería (y la hubiese aplaudido) si esa misma indignación con los cantamañanas la mostrara en situaciones locales, específicamente en los casos del circuito cultural peruano, en los que vemos paulatinos acosos a mujeres. Además, ella tiene los medios para expresar esa indignación con argumentación y, si gusta, con nervio emocional. Es decir, en una legítima postura consecuente, no como la que vimos en el colectivo Niunamenos el año pasado, colectivo que hizo alarde de una insalvable hipocresía cuando uno de sus principales defensores era sindicado como un recurrente acosador virtual.

monumental edición de la traducción en el perú

No me equivoco: estamos ante un proyecto editorial que debemos promover. Nos referimos a uno signado no por su valor comercial, sino por su valor literario y cultural. Por ello, lamentamos que la prensa cultural peruana no le haya prestado la atención que merecía. Pero dejaremos de lado los lamentos entendibles y apostemos por lo obvio: la celebración de su existencia, como bibliografía y como fuente de conocimiento.
Con los tomos VI, VII, VIII y IX de Antología general de la traducción en el Perú (Universidad Ricardo Palma, 2016) el poeta, catedrático, crítico y miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua, Ricardo Silva-Santisteban, cierra un proyecto que lo califica, una vez más, como el Editor peruano por excelencia. Si hacemos memoria, una suerte de repaso forzado, no encontraremos editor que pueda igualar lo realizado por RSS. Tengamos en cuenta lo hecho en colecciones como El Manantial Oculto y Biblioteca Abraham Valdelomar, pensemos también en una edición reciente, los cinco tomos de Obra Completa de César Moro. Solo algunos ejemplos para sustentar lo dicho, si en caso broten inevitables cuestionamientos.
La edición que nos cita consta de cuatro libros, divididos en Poesía (2), Prosa Varia y Teatro, los cuales exhiben un eje común: la traducción en Perú durante el siglo XX. Entonces, basta imaginar la radiación a la que nos sometemos a cuenta de las tradiciones que se nos entregan. Nos enfrentamos a una gama de referencias que no solo pertenecen al siglo indicado, sino ante un amplio viaje literario y cultural. Pensemos en los tomos dedicados a la poesía, en el que hallamos traducciones de la poesía griega y latina, como de la china y japonesa. En otras palabras, asistimos a una escuela poética que parte de su fuente clásica hasta las grandes plumas de la poesía del siglo XX. Este viaje, no menos que psicotrópico para cualquier amante de la lectura, es una invitación a un plácido regreso, que como tal fortalece nuestras lecturas formativas. Además, prestemos atención a las polémicas que se incluyen: Entre un traductor Anónimo y E. A Westphalen y Entre José María Arguedas y el Padre Jorge A. Lira. Podríamos decir lo mismo del tomo dedicado al teatro, en el que encontramos la pieza anónima Debate de Incas, en traducción del quechua de Teodoro Meneses, que es también un periplo hacia las lecturas formativas, a saber, Corilla de Gerard de Nerval y Asesinato en la catedral de T. S. Eliot. En estos tres tomos percibimos un ánimo selectivo del antólogo y editor. Sabemos que hay muchísimas traducciones peruanas, pero la luz que nos deparan los textos elegidos nos ofrece la garantía que los pautó: la calidad.
Obviamente, cada lector ejerce su preferencia, por ello, puse atención especial al tomo IX, bajo el título de Prosa Varia. Podría creerse que estamos ante un tomo dedicado a la ficción, pero no, en su variedad se yergue su riqueza. Dividido en Ensayos, Crítica Literaria, Plástica, Historia, Memorias y Filosofía. Consideramos que de haber estado conformado solo por la ficción, no estaríamos ante la contundencia de este tomo. Si los otros tres venían rubricados por la vuelta a las fuentes, este se caracteriza por el viento de la novedad, es decir, el (re)descubrimiento de autores y tendencias disciplinarias, cosa que no podemos darnos el lujo de no agradecer. Al igual que los tomos precedentes, somos partícipes de la formación de sus traductores, entre los que podemos reconocer a varios conocidos, como Luis Loayza, Juan José del Solar, Jorge Puccinelli, Ciro Alegría, Mirko Lauer, Raúl Deustua, César Moro, Emilio Adolpho Westphalen, Manuel Beingolea, Javier Sologuren, Carlos Calderón Fajardo, Carlos Eduardo Zavaleta, RSS, Ventura García Calderón, Jorge Eduardo Eielson, Edgardo Rivera Martínez, Luis Alberto Sánchez, Iván A. Pinto, Oswaldo Gavidia Cannon, Francisco Miró Quesada, Augusto Salazar Bondy, Federico Camino, Manuel Moreno Jimeno, José Miguel Oviedo, Jorge Puccinelli, Guillermo Dañino, Augusto Salazar Bondy, Rosemary Rizo-Patrón…
Habría que citar también a algunos de los traductores de los otros volúmenes, es lo justo, entre los que encontramos a Antonio Cisneros, Javier Heraud, Marco Martos, Hildebrando Pérez, Leonidas Cevallos, Jorge Nájar, Ricardo González Vigil, Alberto Benavides, Ana María Gazzolo, Mario Montalbetti, Óscar Limache, Luis Rebaza Soraluz, Mariela Dreyfus, Eduardo Chirinos, Patricia de Souza, Violeta Barrientos, Carlos Arámbulo, Camilo Fernández Cozman, Martín Rodríguez-Gaona, Rubén Silva, Lucho Aguirre, Antonio de Saavedra, Alberto Valdivia, Miluska Benavides, Carlos Henderson, Renato Sandoval, Pedro Cateriano, Francisco Bendezú, Julio Isla Jiménez, Carlos E. Zavaleta, Alberto Escobar, Américo Ferrari, Edmundo Bendezú, Pablo Guevara, Cecilia Bustamante, Arturo Corcuera, Manuel Pantigoso, César Calvo y Luis Hernández.
Pues bien, esta publicación no nos libra de esta inquietud: ¿acaso no es hora de comenzar a hablar de una tradición de la traducción en el Perú? Además, RSS, de quien no puedo dejar de recomendar el imprescindible De los ideales de la traducción a la traducción ideal (Alastor Editores, 2016), nos hace actuantes de un legado con esta Monumental edición: las piedras angulares que permitirán un rastreo más detallado en esta potencial tradición, rastreo que debería conducirse en su inherente cauce valorativo (calidad textual). Claro, estamos hablando de una tradición de la traducción en el Perú que no despertará el entusiasmo de muchos, pero poco importa, puesto que bien sabemos que la exquisitez y la epifanía literarias pertenecen a los lectores privilegiados.

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En SB

jueves, abril 20, 2017

cuando no se condena

Hasta el momento, tres muertos dejan las protestas en Venezuela. Como ya se indicó en este blog, y para aquellos que aún no lo sepan, las protestas en dicho país están criminalizadas. Pero el pueblo venezolano ya no está dispuesto a soportar más vejámenes de la dictadura de Maduro, porque este sujeto ya se quitó la careta. Quien defienda esta dictadura refleja no solo un patente grado de ignorancia, también una visión moral de la vida que haríamos bien en cuestionar.
Anoche, mientras regresaba a casa, caminando por la Av. Arequipa, me topé con una manifestación en la embajada venezolana. La manifestación, conformada por peruanos, estaba a favor de lo que consideran un gobierno democrático, el cual lucha contra las prácticas oscuras del imperialismo. Para ser un testigo privilegiado del momento, me adentré en los islotes humanos. El discurso era prácticamente el mismo. A un par de manifestantes, aprovechando que les pasé mi encendedor, les pregunté por los presos políticos venezolanos. Ellos, mujer y hombre, de no más de un cuarto de siglo, comenzaron a hablarme pestes de Lilian Tintori, que por su culpa este país soberano y respetuoso de las libertades viene sufriendo de mala prensa. Felizmente, dijeron su barrabasada mientras prendían sendos puchos. 
Me alejé de la protesta, con el mismo paso cansino que llegué a ella. En los audífonos escuchaba una selección personal de Yo la Tengo y veía en la pantalla del cel las noticias. Me fijaba en especial en las posturas de quienes espero una postura clara en cuanto a lo que ocurre en el país de los tepuyes. Pero nada, se me presenta la misma tibieza discursiva, el infaltable hueveo digresivo que les impide desmarcarse, aunque sea en el verbo, de una dictadura. Lo veo no solo en los líderes locales, sino también en extranjeros, lo que sustenta cada vez una certeza, que nos lleva a dejar de lado la lado la sospecha razonable: el chavismo financió campañas como las de Podemos. En cuanto al contexto local, me apena cada vez más Verónika Mendoza. ¿Por qué quemar una carrera política a causa del temor de condenar lo condenable? Su campaña presidencial fue una de las más modestas, si me dicen que su candidatura no recibió ni un solo dólar, lo creo. Pero esto es insuficiente para no tenerla en el punto del señalamiento. Su campaña no se benefició del chavismo, pero quizá ella sí.

miércoles, abril 19, 2017

ifm

Luego del Barza-Juve me puse a revisar mi biblioteca. Buscaba un libro de Hunter Thompson que no recordaba dónde lo había dejado. Tenía una idea de su posible ubicación, pero estas ideas no son más que ánimos para lo que me espera. Lo que se supone que me demanda no más de quince minutos, amenaza con convertirse en una faena de horas. Felizmente no me tomó horas la búsqueda, porque al cabo de media hora hallé el libro de Thompson, pero también un libro de un escritor peruano ahora no muy conocido, pero en su momento muy popular.
Supe de Isaac Felipe Montoro a mediados de los noventa, en un especial de un programa televisivo de César Hildebrandt. De aquel programa, anoté las señas de su título más emblemático, Yo fui mendigo, que conseguí al cabo de unos meses en el entonces Boulevard Quilca, en el stand de quien sería mi amiga años después, Jacqueline. Por ese tiempo, como si las estrellas temáticas se juntaran, hablé del autor con un narrador y profesor sanmarquino, de quien no me brindó buenas referencias literarias. Igual, seguí buscando sin buscar sus libros y conseguí más de siete títulos, que leí con interés. Era cierto lo que me dijo el catedrático sanmarquino, IFM se hallaba lejos del logro estético. Leyéndolo me di cuenta de que el apuro signaba su prosa, del mismo modo la construcción de sus argumentos.
Ahora, sin lugar a dudas, Yo fui mendigo es el libro más atendible de nuestro autor. En cierta ocasión, un despistado indicó que IFM podía ser ubicado en la tradición de los escritores gonzo, cosa que de arranque se cae por la naturaleza del facilismo de la relación, que solo puede ser esgrimido por un ignorante. Tal y como puede deducirse del título, IFM relató un específico periodo vital dedicado a la mendicidad, haciendo suya esa experiencia conducida por su mirada e intuición, porque nuestro autor sabía que esa era su fuerza, no el trabajo con el lenguaje, menos el efecto estético. En esta honestidad creativa, IFP brinda un aporte peculiar a la narrativa peruana de la segunda mitad del siglo pasado, aporte que debería ser rescatado por un editor valiente, porque hay que serlo en estos tiempos en los que el valor literario transita de acuerdo a sus alcances comerciales.  
Y que este post sirva también para saber qué ha sido de la vida de este escritor. Estaré muy agradecido.

caminar

A razón de un artículo a presentar, me encuentro releyendo a Iain Sinclair, tanto La ciudad de las desapariciones y American Smoke. Obviamente, sugiero su lectura a los que aún no hayan tenido la oportunidad de leerlo. Lo que llama mi atención del autor es su mirada, reposada, fría y atenta al detalle. Se ha hablado mucho, y con razón, de la radiación de su prosa, y no es para menos, pero nos preguntamos también cuánto le debe su prosa a la mirada. Esta pregunta resulta pertinente en estos tiempos, en los que el escritor promedio (y no solo me refiero al escritor peruano (¿por qué los defectos de percepción los asumimos como patrimonio nacional?), hablo pues, de certezas, no de impresiones) anda entregado más al hueveo efectista que a la caza de la epifanía de las pequeñas cosas, los pequeños acontecimientos que ocurren frente a nosotros, por lo general, diariamente. No es para menos, tanto el escritor como el artista dejaron de ser tales para convertirse en actores de sí mismos, en esclavos felices de la imagen que les confiere la nomenclatura. Cada día estoy más convencido del daño de la nomenclatura en aquellos que creen ser lo que imaginan que son.
Entonces, detengo la lectura y hago lo que me gusta, y lo que gusta también a Sinclair: caminar. Caminar sin rumbo fijo, de paso, vuelvo sobre algunas ideas y reflexiono sobre algunos actos, como ese que amigos cercanos señalaron como prueba irrefutable de mi gran corazón, pero gran corazón no creo tener, y si así fuera, pues muy bien. Imposible no pensar en un amigo, editor de una revista, designémosla, de combate. A este amigo lo puse contra la pared y lo convencí de no publicar una denuncia contra un editor que se alucina intocable, proyectando por la vida y las redes sociales una imagen de hombre abnegado. A mi amigo de la revista le dije que no era pertinente hacer pública la denuncia, porque el afectado de la estafa no estaba dispuesto a ratificar que le robaron más de tres mil euros, bajo promesa de una edición pulcra de su nuevo poemario. Y este poeta no dirá nada, y pienso a veces cómo sería habitar en su mente, seguramente bajo los cuidados de la atmósfera zen, en paz con medio mundo así te cabeceen con dinero. Mas su silencio sobre la estafa obedece a las prácticas cuestionables de una amorfa pequeña bestia, quien lo convenció de no brindar testimonio, que hubiese servido como fuente de primera mano. La amorfa pequeña bestia cuida de la imagen de su siamés, el editor que ha hecho de las suyas una vez más. Ya les caerá, pronto, con nombre y apellido, como suele ser mi costumbre. 
No sé cuántas cuadras he caminado, volteo la mirada y son varios kilómetros recorridos. Pero no me siento cansado, aunque sí tengo algo de sed. Entonces, busco una tienda o un Minimarket, quizá sea la necesidad de agua lo que me haya hecho alucinar sobre las estafas tan características de nuestro circuito literario. Por ello, todo lo pensado es falso, ya sea la pequeña bestia amorfa, su pata el editor sinverguenza y el buen poeta en estado zen. Lo único real es el artículo que debo terminar sobre Sinclair.

lunes, abril 17, 2017


pluralidad

Luego de un fin de semana pautado por el sueño, la lectura y la caminata nocturna de domingo, me pongo al día en algunas cosas que debí comentar y que por extrañas circunstancias no lo hice. Me explico: temprano, golpe de ocho, un amigo me pasó un Link sobre una noticia que haríamos bien en celebrar y difundir.
Mediante la presente Resolución Ministerial se ha creado el Premio Nacional de Literatura, en seis categorías. Ahora, lo que gusta de esta resolución es que se premiaran obras editadas, las mismas que ya gozarán del escrutinio de la lectoría y, de ser el caso, la valoración de la crítica especializada, como la que se practica en medios, antes de ser parte de las preselecciones.
Tenía que ser así, solo de esta manera comenzaremos a librarnos de las leyendas que se tejen en cuanto a los premios a obras inéditas otorgados en Perú, sea por cuenta de entidades del Estado e instituciones privadas. Estímulo es pues lo que necesita el escritor peruano, más aún en un contexto editorial que aún sigue en pañales, que pese a sus avances, no logra desprenderse de elementales taras logísticas. Lo que permitirá este premio, en principio y en teoría, es una limpia competencia y dependerá de cómo se desarrolle para lograr su verdadero objetivo: la pluralidad. Cuando nos referimos a pluralidad, apuntamos a combatir la desatención existente sobre la producción literaria de las ciudades del interior, de la que se han construido discursos que parten de una verdad (ninguneo por parte de los medios capitalinos), pero que han devenido en las más alucinadas demagogias (la literatura de provincia es mejor que la capitalina, a saber) que se estrellan a la más mínima lectura comparativa. Esto, en cuanto a la pluralidad que descansa en las entendibles ansias de reconocimiento, y en el caso de los más tarados, la fama, de los escritores peruanos. Pero la pluralidad que prefiero se encamina hacia una apertura de los nuevos registros que se vienen pergeñando en silencio y ajenos a los circuitos académicos y editoriales. 
Con este premio no se garantiza la calidad literaria, pero sus bases sí permiten que pueda brindarse una transparencia, y eso, por el momento, resulta suficiente.

domingo, abril 16, 2017

contra la indignación pasiva

Un libro que no dudo en recomendar: Morir de amor (Aguilar, 2017) de la periodista Teresina Muñoz-Nájar. Y lo recomiendo porque su lectura no debe quedarse en dicha experiencia, sino hacerla pragmática. De no ser así, esta publicación solo será parte de la hoja de vida de la autora y considero que esa, ni por asomo, es su intención.
Bien sabemos que se ha estado escribiendo mucho sobre el feminicidio en el Perú. Sin embargo, es justo señalar que la mayoría de estos textos hacen alarde una de jerigonza que impide llegar a un público mayor. Ante esta realidad, especulamos sobre la existencia de la presente entrega de Muñoz-Nájar, que también habría que asumir como una postura, porque un libro de este respiro sin postura, sin toma de posición, no tendría la más mínima validez moral.
La autora nos presenta cuatro casos de feminicidio, que vendrían a ser la metáfora de cómo la sociedad peruana trata y desarrolla los abusos y asesinatos contra las mujeres, que por ser tales ya tienen todas las trabas, como los vacíos legales, para concretar lo obvio: justicia. En este sentido, Muñoz-Najar narra con pericia y solvencia los sinuosos senderos que los familiares de las víctimas (Simona, Lisbeth, Tiffany y Karol) han tenido que esquivar en pos de la señalada justicia.
El fastidio es lo primero que se posiciona en la mente del lector de turno. No es para menos: los circuitos del sistema legal peruano fungen de aliados de la impunidad, y si a esta alianza le añadimos sus buenas dosis de prejuicio, la situación se vuelve mucho más jodida para los demandantes. Por ello, en estas páginas es posible detectar una patente indignación de la periodista, y es precisamente esta indignación presente en los silencios narrativos (de no haberlo hecho, estaríamos ante un texto muy distinto), la que eleva sus casos, la que los aleja de la fugacidad informativa para sustentarse en la perdurabilidad documental.
En cada caso somos testigos de logrados contrapuntos narrativos. Por un lado, la exposición de la historia familiar y sentimental de la víctima, y por otro, la administración de la información legal que se nos muestra para explicar sendos feminicidios. Hablamos de un recurso muy usado en reportajes y crónicas de largo y mediano alientos, y no pocas veces la tensión narrativa suele caer, y de estas caídas no se han salvado ni las plumas mundialmente reconocidas del periodismo y la no ficción. En este sentido, Muñoz-Najar, consciente del fin de su reportaje, sabe salir a tiempo del óbice, y se lo agradecemos, no porque nos facilite la lectura, sino porque ese es el camino hacia el cuestionamiento que busca el libro, un cuestionamiento que no debe quedar en la indignación pasiva.

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En SB.

viernes, abril 14, 2017


jueves, abril 13, 2017

biografía de un rebelde

Volví a leer Rebelde sin pausa (Altazor) de Paco Moreno.
Lo recomiendo, en especial a todos los periodistas cuajados y en ciernes, porque en estas páginas se nos relata la vida y trayectoria del mayor periodista peruano en actividad: César Lévano.
Estamos ante una entrevista biográfica que intenta poner en primer plano la épica vital de Lévano, una épica por demás marcada por el esfuerzo, la convicción y una apuesta férrea por la verdad. A medida que vamos conociendo a Lévano, nos preguntamos por qué las nuevas generaciones de periodistas no lo conocen, es decir, nos referimos a un conocimiento que vaya más allá de lo nominal. En realidad, la vida de Lévano resulta ejemplar, no solo por la superación de las carencias que tuvo que sortear desde niño y la formación intelectual que por cuenta propia llevó a cabo, bajo un genuino afán de conocimiento, pero en el sentido de lo que Octavio Paz llamaba la sabiduría generosa, aquella que comparte, y vaya que Lévano sigue compartiendo sabiduría, he allí una de las razones que le permite ser testigo de lo que pocos: tener seguidores que lo admiran.
De niño, canillita, que en una nefasta mañana fue atropellado por un militar. A causa de este accidente se le tuvo que amputar la pierna izquierda. Además, desde muy joven nutrió un compromiso social que lo llevó a ser un incómodo activista político, por lo que pasó más de una vez por las cárceles. Este compromiso político de izquierda tuvo una consecuencia inmediata: su presencia en el periodismo, en el que destacó por su acervo cultural, a saber, Lévano domina cuatro idiomas que aprendió a punta de ganas, y mucho estudio, sin pasar por aula alguna.
Pues bien, lo que resalta en estas páginas es la entereza moral de Lévano. Jamás se prestó a ser comprado o alquilado como periodista. Como hombre de prensa consciente de su oficio, sabe que la opinión propia, así esté o no equivocado, es un privilegio. En este sentido, esta entrevista biográfica calza con el contexto actual en el que no pocos hombres de prensa de larga trayectoria han visto mancilladas sus trayectorias a causa de haber hipotecado su opinión a los mejores postores. Pensemos en la maligna radiación del caso Odebrecht, que no solo se limita a los sucesos ya conocidos, sino también a hombres de prensa que jugaron en pared con la constructora con el objetivo de mejorar su calidad de vida, traicionando de esta manera las piedras angulares que dignifican a este oficio. Por eso, la lectura de este libro se hace necesaria en estos tiempos en los que el ejercicio del periodismo parece haberse convertido en una práctica empresarial.
Como ya señalamos, recomendamos esta lectura, pero también consideramos que Rebelde sin pausa es solo el prólogo de un proyecto mayor. Además, debemos indicar que hizo falta un mejor trabajo de edición. En su brevedad, la narración peca de reiterativa en más de un tramo. Por otro lado, nos queda la sensación de que los capítulos debieron desarrollarse con más ambición. La biografía de Lévano demanda ambición discursiva y eso es lo que extrañamos en esta publicación.

miércoles, abril 12, 2017

inmediato olvido

Anoche vi Avenida Larco.
Como ya sabemos, la película viene despertando comentarios encontrados. No podía ser de otra manera, con mayor razón cuando hablamos de una película que pretende venderse como generacional cuando en realidad no sobrepasa su esencia natural: una soberana mediocridad.
Me explico. Porque sé que más de un defensor de la película dirá que estamos ante una de mero divertimento, que no podemos exigir de ella más de lo que puede ofrecer como tal. Eso es cierto. Sin embargo, por ser de divertimento no podemos caer en valoraciones plásticas, tampoco pasar por alto sus errores técnicos, el poco trabajo histriónico de sus actores y un guion que no es más que una verguenza.
La responsable de esta película es la productora Tondero, que ha sabido sintonizar con el interés cada vez más creciente sobre las manifestaciones sociales y culturales de los años ochenta. Hablamos de un interés que ya dejó de ser exclusivo para la academia, más bien, ahora se ha convertido en uno generacional. Así lo vengo percibiendo, y desde hace ya buen tiempo, una especie de viaje hacia aquella sensación térmica, característica de esa década, que se proyectó hasta el lustro siguiente. No es para menos, nos referimos a los años más complicados de la segunda mitad del siglo pasado. En los ochenta, quien esto escribe era un niño, pero conozco a no pocos amigos y conocidos que vivieron sus veinte en esos años, veinteañeros hoy en los cuarenta que desde distintas ramas profesionales y artísticas recuerdan ese tiempo como si fuera una épica social y existencial.
Por ello, fastidia que una película como AL no se haya preocupado en la representación de la verosimilitud de su contexto, a partir del cual sí podía elaborar su objetivo: el entretenimiento. Pero ya sabemos que es más fácil aplicarse a la tontera del lugar común que al trabajo. Solo así podemos entender la magnitud de la bestialidad interpretativa y coreográfica de las canciones, canciones puestas sin el más mínimo criterio del ritmo narrativo de la historia, porque debían figurar sin importar el cómo. 
No estoy en contra de las películas hechas bajo el afán del divertimento, pero sí en contra del mal gusto y la mediocridad y esta película se adueña con orgullo de estas características. Encontrar méritos en AL, pues claro que los hay, tan presentes como en cualquier película destinada al inmediato olvido.

lunes, abril 10, 2017


no ocurre nada, pero sucede todo

Resulta por demás curiosa la existencia de un cineasta como el norteamericano Jim Jarmusch, que a la fecha goza de un justo prestigio, aunque este no provenga de la masa cinemera, sino de una parcela, a lo mejor pequeña, conformada por los cinéfilos y los autodenominados como tales. Por ello, no se trata de una referencia fácil de lograr. El camino de este director se ha presentado aún más complicado que la media de colegas de oficio.
Cuando hablamos de cinéfilos queremos señalar su sentido de clase privilegiada, haciendo hincapié en su naturaleza devoradora de películas, para quienes es lo mismo asistir a un estreno que ver una película de culto de Singapur. El verdadero cinéfilo ve de todo, sin prejuicio. Solo sobre la base de esa amplitud oceánica puede estar en condiciones de apreciar las poéticas de determinados géneros y tendencias. Por eso, si hablamos del prestigio de Jarmusch, este se debe a su apuesta por una de las poéticas más férreas y honestas de las que tengamos conocimiento. Lo suyo es el circuito independiente, pero solo en lo nominal, porque sus películas, con voluntad, pueden verse en cineclubes y en otras plataformas a disposición de los interesados.
Habría que señalar que Jarmusch funge de artista y maestro para cinéfilos. En este sendero, somos testigos de una coherencia discursiva que nunca se ha visto traicionada por la demanda de la industria. Jarmusch se ha convertido en una marca, en un sello de garantía de buenas historias, contadas bajo un ritmo pausado y preparando al espectador para más de una revelación, porque si algo signa su propuesta, son las revelaciones exentas de efectismo.
En su último trabajo, Paterson (2016), nos encontramos con la vida en una semana de un hombre común y corriente, un conductor de bus de transporte público, llamado Paterson (Adam Driver), que en sus ratos libres, como antes de recibir la orden para realizar su recorrido y muy avanzada la noche, escribe poemas en una libreta de páginas blancas. Paterson está casado con Laura (Golshifteh Farahani), con quien lleva un matrimonio ajeno a todo conflicto. Más bien resalta la coinonía en la pareja, a saber, Laura anima a su esposo a que dé a conocer sus poemas, que los considera buenos. No estamos ante una esposa que lo estimula porque quiere a su pareja, sino porque ella también tiene inquietudes artísticas, como la pintura y la música. A este dúo se suma Marvin, el Bulldog de Laura, que para más señas, y a manera de trivia, hizo que la película ganara el Premio Palm Dog de Cannes el año pasado. Paterson saca a pasear a Marvin todas las noches, paseos que le significan al poeta una extensión de la experiencia diurna, ya que al recorrer las calles de Paterson encuentra situaciones y personajes, como los maleantes que le advierten que cuide a su perro, porque en cualquier momento podría ser raptado.
En apariencia, no ocurre nada en Paterson, pero a la vez sucede todo y eso es el cine de Jarmusch: transmitir en la epifanía de los detalles. Pensemos en las conversaciones de Paterson en el bar de Doc (Barry Shabaka Henley), pero en especial en las conversaciones de los pasajeros mientras conduce el bus. Jarmusch sabe que captar el instante es su divisa y lo demuestra una vez más: una tarea en la que los gestos y frases cortas de Driver contribuyen en buena medida.
La crítica ha señalado la fuente de inspiración de la película: la vida y obra del poeta norteamericano William Carlos Williams. Entre sus poemarios, destaca el proyecto poético Paterson, en el que estuvo abocado doce años, con el objetivo de patentizar en la escritura poética los modos y niveles del habla norteamericana partiendo de Paterson como espacio nutriente. Añadamos también que el director es un cuajado conocedor de literatura y un amante de la cultura oriental. Hasta determinado punto, la película es un homenaje a Williams, pero también un rendido tributo a la cultura oriental y la experiencia poética. Prestemos atención a la escena en la que Paterson conversa sobre poesía con un innominado poeta japonés (no es broma: este poeta tiene todos los visos de Kenzaburo Oé, pero con diez años menos). Más allá de estos guiños, la película queda libre de deudas referenciales. Como tal, se impone en una agraciada poética visual y a ritmo de entrenamiento, que la convierte en un pequeño ejemplo de la mirada privilegiada de Jarmusch.

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Publicado en SB.

domingo, abril 09, 2017

ausencia de policial

Luego de un par de días en los que me aboqué a terminar un par de ensayos relativamente extensos, me puse al día con el nuevo programa de televisión Entre Libros, dirigido por Alonso Rabí y José Carlos Yrigoyen. Por cierto, semanas antes de su estreno, escribí un pequeño post al respecto y si en caso no lo leíste, aquí.
De las entrevistas en EL, una llamó mi atención. La vi dos veces para poder estar seguro de lo que diré en el presente post. Me refiero a la entrevista a Fernando Ampuero. De lo que dice nuestro muy buen escritor, una sentencia más o menos así: “el Perú es un carnaval de corrupción.”
De esta sentencia, se desprende una pregunta: ¿por qué no se ha desarrollado la narrativa policial entre nosotros, cuando nuestro contexto inmediato e histórico se ha mostrado por demás generoso para que al menos tengamos una tradición ajustada a las leyes de la narrativa policial?
Una mirada breve a esta situación pero en su intención abarcadora, nos arroja una realidad por demás desperdiciada: la narrativa policial no existe en Perú. Lo que sí ha habido es una que otra incursión en el género, con resultados mucho más que interesantes, digamos que muy logrados. Aunque subrayemos lo que sí ha habido: una enorme confusión al respecto, en la que más de uno considera que es lo mismo narrativa policial y narrativa negra, mutación de la que hemos leído títulos también interesantes (interesante, detesto esta palabra, pero qué se la va a hacer), pero insuficientes para hablar de una tradición. En este sentido, el auge de las narrativas de ciencia ficción y fantástica escrita en Perú, y sin ser la gran cosa en títulos, se ha portado mucho más coherente, y con una mayor producción si la comparamos con su par policial. A ello sumemos que estas en poco tiempo han construido un aparato crítico que a este paso va a legitimarse sin contar en su hoja de ruta con al menos tres obras maestras.
Luego de meditar en el asunto tras dar cuenta de una Coca Cola, la iluminación se presenta en la fuerza de su espanto: los escritores peruanos no conocen las leyes del género policial. Por eso confunden policial con novela negra, cuando son registros totalmente distintos. Aunque debemos tener en cuenta que la narrativa de ayer y hoy se ha beneficiado de la plasticidad del policial. Es por eso que bien podríamos aseverar que el 90 % de las novelas que se publican exhiben este corte, que también ha entregado títulos a considerar (nos referimos a la narrativa extranjera, obviamente). Sin embargo, y centrándonos en el caso peruano, el policial como tal, en la pureza de su registro, ha brillado por su ausencia y uno vaya a saber la razón de esta situación, con mayor razón cuando el contexto peruano puede contribuir a su desarrollo. Se extraña pues la ausencia de un Mario Conde y un Pepe Carvalho, si nos abocamos al vuelo en referentes en español. El problema, se deduce, no es el género, sino el desinterés de los escritores por el mismo, conformándose con incursiones esporádicas. 
En su momento, en este mismo blog, sustenté una teoría que nos podría brindar algunas luces al respecto: el escritor peruano promedio se forma muy tarde como lector, y casi siempre con lecturas catalogadas de canónicas. Este escritor en ciernes no conoce de las lecturas formativas, de aquellas que suceden en la adolescencia con las llamadas novelas de género. Por eso, y en la mayoría de los casos, ven con desdén, y como buenos, a autores como Georges Simenon, Jules Verne, Salgari, Agatha Christie…, cuando por estos autores desdeñados se conducen las leyes formativas de géneros como el policial. Por eso, cuando hablamos de policial en el Perú lo hacemos con títulos signados por su carácter esporádico, no en la línea de una tradición que obedezca a una pureza de registro. 

sábado, abril 08, 2017