miércoles, febrero 27, 2013


Cortázar

lunes, febrero 25, 2013

Macedonio Fernández

 

sábado, febrero 23, 2013


viernes, febrero 22, 2013

Colombiano de culto




Sabía algo del narrador colombiano Rafael Chaparro Madiedo (1963 – 1995). Sabía que murió joven, víctima de lupus, y que a la fecha es un autor de culto, pero tan de culto que más de un dizque ecléctico de la lectura habla de su obra sin haberla leído. Digamos, pues, que sin proponérselo, este autor ya alcanzó la posteridad.

Llevaba años buscando su emblemática novela Opio en las nubes. Y esta llegó de la mano de un viajero de a pie, de un pata que ha recorrido toda Latinoamérica tirando dedo, y estoy seguro de que el mismo Chaparro lo eligió desde el más allá para entregármela.

Pues bien, la espera valió la pena. Claro que sí.

Ahora, no hay mejor estación para leerla que en verano. No sé qué sensación tendría si la hubiera leído en primavera o invierno. Como me dice la experiencia, son los libros los que llegan a ti. La novela en cuestión me trasladó a esos lejanísimos meses de verano en los que me veía felizmente forzado a no hacer nada, meses de verano en que esperaba la llegada de la noche para recién empezar el día, el día dedicado a las cervezas, cigarros, marihuana, mujeres, cervezas, tragos cortos, las lecturas y, obviamente, a la mejor etapa del rock.

En Opio en la nubes hay harto rock, y del bueno, pero entre líneas se percibe la sensualidad y el sabor de la salsa, sensualidad y sabor regentada por sus más de diez personajes-protagonistas a los que solo les importa dejar la piel al final de la jornada, personajes de carne y hueso, aunque no necesariamente humanos, que se desplazan en una ciudad innominada, Bogotá a lo mejor, pero una Bogotá con mar, cuya brisa enciende en ellos los arranques más desaforados.

Protagonistas, sí. Una novela coral, también. Una novela sin un tronco argumental, tanto mejor. Una novela de estructura desordenada, a propósito. Su pensando desorden no es gratuito, en absoluto. Si no fuera así, su hacedor no hubiera tenido la libertad creativa de inyectar el gran flujo poético que exhibe su prosa, flujo que se refocila en la variedad de voces que testimonian los avatares, amores, desilusiones de estas sensibilidades de marcado respiro disidente; disidencia contra la nada, una patada artera, y merecida, a un contexto abúlico y apabullante que amenaza arrebatarles lo mejor que tienen: la juventud. Juventud que desfila, animados por las drogas de todos los planetas, en bares y cafés de nominación psicodélica: Bar La Gallina Punk, Bar Kafka, Bar Anaconda, Bar Los Moluscos, Bar La sucia mañana del lunes, Bar Triste México, Bar La Cosa Divina, Café Del Capitán Nirvana, Opium Streap Tease…

Microcosmos en conflicto. Aquí nadie es feliz. Tampoco infeliz. Pero esa nada emocional no les impide eclosionar y vaya que les gusta... No le temen a nada, viven porque sí y en este río de vitalismo aprendes, aprendes en especial de mujeres como Amarilla y Marciana, que irrumpen con sus extensos y líricos monólogos ante la mirada atónita y postura lánguida de sus amantes y amigos que las aman y desean, impartiendo un magisterio perdurable de amor, ternura y sexo. Chaparro conoció bien a las mujeres, pero también a los hombres, su Gary Gilmour, que por momentos parece la parodia de una parodia de James Dean, pero Gilmour no solo es parodia, es de esos tipos capaces de matarse por la revolución, sin importar cuán disparatada sea esta, hace las cosas por el mero hecho de hacerlo, como si su vida estuviera regida por la consigna del no aburrimiento, consigna que también hacen suya Max, Daisy y La Babosa, hasta Lerner, el gato tímido. Tan loco era Chaparro que hasta los animales y las plantas hablan en esta novela.

Hoy en día más de uno se sube al bus Chaparro Madiedo, como sea quieren cogerse del estribo. No es para menos. Opio en las nubes la vio putas durante años. No fue muy bien saludada. Y eso que fue publicada en 1992, a buena distancia de aquellos lustros (de la primera mitad del siglo pasado) en donde había poca tolerancia para la experimentación, poca apertura mental para las nuevas formas y escasa sensibilidad para detectar lo original. A paso de tortuga la novela fue abriéndose paso, empezó a generarse hinchas, cófrades, que la querían para sí y nadie más, algo parecido a la devoción que despiertan algunas bandas en el siempre indefinido rock alternativo, y como estas, ya ha sido captada/rescatada, pero para bien, por Troppo Editores de España, que al menos en teoría le asegura una justa difusión. Ese es el destino de los grandes libros, no ser tan caletas. Aunque la edición que cayó en mis manos pertenece a Babilonia de Colombia, un tanto rústica, sencilla, pero con un apreciable buen gusto en su diseño.

martes, febrero 19, 2013


lunes, febrero 18, 2013

'Incendios' de Richard Ford




Cada quince días aparecerá, en Lee por Gusto de Perú 21, un texto en el que daré cuenta de un libro cuya lectura me fue excluyente y que no obedece a la inmediatez de la novedad editorial. Mi columna se llamará Lecturas de Madrugada y la primera entrega es sobre la novela Incendios de Richard Ford.





El merecido reconocimiento del escritor norteamericano Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) se debe, en gran medida, a la descomunal prensa que ha tenido su trilogía novelística protagonizada por Frank Bascombe, inolvidable personaje de El periodista deportivo, El día de la independencia y Acción de gracias. Novelones, sin duda; novelones que deben figurar en cualquier biblioteca que se respete.

Sin embargo, esta famosa trilogía ha presentado más de un obstáculo a la difusión de las otras entregas del autor. Por ejemplo: Rock Springs, delicioso cuentario que fácil debe estar entre lo mejor del género breve de la segunda mitad del siglo pasado. Minimalismo en estado puro, minimalismo con harto nervio y sangre. A lo mejor suene exagerado, pero RS es muy superior a la obra en conjunto de la argollita (de la que Ford también era miembro) conformada por Raymond Carver y el gran Tobias Wolff.

Algunos de los relatos de RS, como "Novios" e "Imperio", exploran el tema de la infidelidad en las parejas. La búsqueda del consuelo y cariño del otro (otra) provienen de un pensado y duro proceso emocional de sus personajes, que no tienen otra opción que aceptar la realidad, realidad que los obliga a hacer suya una inevitable reivindicación, es por ello que encuentran sin buscar la anhelada aventura sentimental y sexual que los salve de la muerte en vida.

En este sentido, la novela Incendios (Anagrama, 1991) vendría ser el spin off del tópico de la infidelidad abordado en RS.

Y Ford no se guarda absolutamente nada en ella…

Estamos en 1960. Una pundonorosa familia, compuesta por Jerry (el padre), Jean (la madre) y Joe (el hijo adolescente), abandona su tranquila Lewison a razón del jefe de hogar, que quiere hacer dinero aprovechando el boom petrolero en Great Falls, Montana. Sin embargo, las cosas empiezan a salir mal: Jerry no consigue la riqueza que imaginaba, lo que le obliga a buscar trabajo en lo que siempre se ha desempeñado: como instructor de golf en clubes privados. Jerry es un tipo apuesto, inteligente y de contextura atlética; sin embargo, se convierte en víctima de la rutina de su empleo, sin querer se ha transformado en un ser apático, y esta apatía termina recargándose al ser despedido a causa de las lluvias de cenizas de los incontrolables incendios en los bosques de Great Falls.

Por otro lado, Jean es una mujer que a sus treinta y siete años mantiene el esplendor de sus años juveniles: bellísima, inteligente y con una curvilínea silueta… Ella y Jerry se quieren mucho, pero el paro laboral, el maldito desempleo, saca a flote sus latentes problemas de pareja… Cansado de no hacer nada, Jerry decide enrolarse en las brigadas que intentarán apagar los incendios de los bosques, cosa que lo lleva a alejarse de casa… Tres días de ausencia en los que Jerry se desentiende de todo… Tres días de ausencia en los que la vida de Joe es marcada… Tres días de ausencia en los que Jean se enamora de Warren Miller, un viejo empresario exitoso, con problemas para caminar, tremendamente feo, pero con la misma necesidad de afecto y cariño que Jean.

Esta es una novela sobre los deseos y la insatisfacción, y es contada por un testigo privilegiado y también el menos indicado: por Joe, quien muchos años después rememora esos días en los que vio a su madre besar y hacer el amor con un hombre que no era su padre. Esta experiencia lo llevó a conocer los sentimientos de los adultos a patada limpia. Sin embargo, es mediante la escritura (“exorcismo”) sobre la infidelidad de su madre que aprende a no caer en el criterio ramplón de juzgar por juzgar, sino que llega a entender, o en su defecto aceptar, la incoherencia de las emociones, no solo de ella, sino la de todos los seres humanos.

La prosa de Ford se muestra como una protagonista velada e inquietante, que enriquece las descripciones de los escenarios de Great Falls, las actitudes de Jean, Warren y Jerry, y, muy en especial, el recorrido que en solitario realiza Joe por una ciudad que no conoce y de la que desea huir. Podría asociarse el estilo del autor con el de Ernest Hemingway, pero basta una mirada un poco más acuciosa como para declararlo heredero de Anton Chéjov. Además, Ford sí ingresa a las sensaciones de sus personajes, los muestra tal y como son, con sus alegrías, frustraciones y perplejidades; son presas de la violencia interna de los sentimientos encontrados, de la que no logran librarse del todo, ni siquiera en una de las escenas cumbre: cuando Jerry prende fuego a la casa de Warren, impulsado, y esto es lo extraño, no por el hecho de que este haya estado teniendo una aventura con su esposa.

Esta novela me la prestó, a mediados del 2009, el escritor Carlos Torres Rotondo –Buco−, y por más que lo intenté, no pude no devolvérsela. La leí en una madrugada, dejando para otras noches las novelas que estaba leyendo; resultó pues un acto excluyente, y fue excluyente porque se trataba de la novela más sucia, dura y salvaje que leía en mucho tiempo. Quizá la más intensa de los últimos cinco años.  Y no era para menos, puesto que ni bien la terminé me sentí otra persona, quizá más fuerte y libre de ciertas taras y prejuicios. Es decir, una cura interior que solo puede depararte la verdadera y gran literatura.

Incendios es otra cosa. E inevitable no preguntarse ante la sospecha razonable de si en verdad Ford vivió lo que aquí nos cuenta. Novelas como esta no se pueden escribir desde la distancia, menos desde los terruños de la imaginación, sino desde la más cruda memoria.

domingo, febrero 17, 2013


sábado, febrero 16, 2013


viernes, febrero 15, 2013


miércoles, febrero 13, 2013

'E13'



Hace una semana estuve un toque donde mi amigo y hermano Abelardo. Conversamos, como siempre, de muchas cosas, y minutos antes de quitarme me regaló Estos 13 (Mosca Azul, 1973), la histórica, legendaria y polémica antología de poesía peruana de los setenta, de José Miguel Oviedo.

Al igual que muchos, he leído varias veces este libro, pero, en mi caso, siempre con un ejemplar prestado o fotocopiado. Así es que ahora con uno propio, bastante usado por cierto, lo volví a leer y lo disfruté aún más que la primera vez.

En la presente antología tenemos tres grandes secciones. En la primera, nos topamos con el polémico prólogo de Oviedo. En la segunda, con una selección de poemas de los trece vates convocados (Manuel Morales, Antonio Cilloniz, Jorge Najar, José Watanabe. Óscar Málaga, Elqui Burgos, Juan Ramírez Ruiz, Abelardo Sánchez León, Feliciano Mejia, Tulio Mora, José Rosas Ribeyro, José Cerna y Enrique Verástegui). Y en la tercera, “material periodístico (reportajes, críticas, comentarios, etc.), teórico (manifiestos y polémicas) y textos inéditos (declaraciones personales…).”

Como bien dicen los que saben, las antologías se leen y discuten por sus prólogos. Es muy importante hacer hincapié en este punto porque, así guste o no, los prólogos denotan el grado de compromiso del antólogo, en el prólogo pues yace el criterio de escogencia de sus autores. Entonces, no debería sorprendernos que los florilegios que no arriesgan nada, que solo ofrecen frescos descriptivos (casi siempre de una página, a lo mucho de página y media) merecen lo que obtienen: el ninguneo.

En este sentido, Oviedo se lanza con un estudio acucioso y poco concesivo. Nos brinda, más allá de las luces sobre las virtudes poéticas de los seleccionados, un testimonio de época signado por turbulentos discursos ideológicos, afán iconoclasta y espíritu contestatario, que bien recogieron los poetas que empezaban a aparecer. En especial los del Movimiento Hora Zero; Estación Reunida también. Sobre este grupo, Rosas Ribeyro, director de la homónima revista, dice lo siguiente: “Poetas de San Marcos que publicaron poco antes (1967 -1968) la revista Estación Reunida, a partir de la cual se inventó un grupo literario que nunca existió.”

Pues bien, gran parte del prólogo está dedicado a Hora Zero, en especial a sus líderes naturales Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel. Como se sabe, ambos poetas son los firmantes del manifiesto Palabras Urgentes, que remeció el ambiente literario de entonces, con el que desde el arranque mandaron literalmente a la mierda a los poetas de generaciones anteriores, salvándose César Vallejo de la hoguera de “improperios.”

Veamos lo que se dice de Martín Adán:

“Martín Adán, su tenaz hermetismo y su vuelta a las formas clásicas no tiene ninguna justificación histórica, ni tampoco se ajusta a estos tiempos ni a esta realidad la manera como trata los elementos con que aborda su poesía.”

Bueno, al menos para este blogger, Adán es lo más grande de la poesía peruana. Así va mi jerarquía (solo los cinco primeros): Adán, Eguren, Eielson, Westphalen y Vallejo.

Sigamos.

Mirko Lauer y Antonio Cisneros, importante nombres de la década del sesenta, tampoco se salvaron:

“Lauer y Cisneros perdidos en el círculo de la problemática burguesa, oscilando dentro de un intelectualismo helado y estéril. Y otros “jóvenes” dentro de pueriles rezagos románticos o los propósitos de atrapar la realidad a partir de una experiencia personal, dejando de lado la experiencia de clase que hoy pospone a ese remanido movimiento de hace muchos años.”

Se deduce pues que Pimentel y Ramírez Ruiz no tenían pelos en la lengua. Pero como bien dijo Roberto Bolaño: si dices lo que quieres, debes escuchar lo que no quieres. Es por ello que estos grandes poetas no fueron ajenos a las respuestas, como esta de Cisneros:

“Compañeros: Veo que el primero número de Hora Zero lo han empezado con el pie derecho –que la próxima lo escriban con la mano. Así mismo no puedo dejar de felicitarlos por una serie de descubrimientos, sobre el Perú (“país latinoamericano, subdesarrollado”), el mundo (“la sucia y poderosa mano del imperialismo norteamericano”)… Perlas que forman, desde ya, el Pequeño Larouse de Gran Lugar Común…”

Oviedo nos explica la intención de la poética de HZ: acercar la poesía al pueblo, volverla masiva, llevarla a la calle. El crítico no se muestra del todo entusiasmado con la propuesta, sin embargo, aquel parecer personal no le impide reconocer que esas “expresiones” sí debían tomarse en cuenta, ya que conformaban el tono de combate, lucha y entrega que se respiraba por doquier a inicios de los setenta.

De los horazerianos (Pimentel, RR, Mejía, Nájar, Morales, Cerna), Oviedo trata bien a Verástegui, cosa que es entendible porque para ese entonces este ya gozaba de la celebridad de En los extramuros del mundo; además, Verástegui era el menos fosforito del movimiento.

Las páginas dedicadas a Estación Reunida (Mora, Burgos, Rosas Ribeyro, Málaga) son pocas, al punto que sería descabellado pensar que se escribieron por mero cumplimiento. En otras palabras: la estrella del prólogo es HZ y a este van dirigidos los dardos disfrazados de objetividad crítica.

Aunque breve, pero certero, el crítico rescata a los insulares de la selección: Watanabe, Sánchez León y Cilloniz, más preocupados en buscar una voz propia a una colectiva (HZ). Aunque eso sí, todos los poetas se conocían, frecuentaban los mismos bares, recitales, prostíbulos; leían a los mismos autores; tenían pues inquietudes parecidas. Por ello, no es de extrañar que también se incluya, al menos como un simpatizante, a Watanabe en ER.

Ahora, el prólogo de a pocos abandona su “objetividad crítica” y comienza a travestirse en un abierto ajuste de cuentas, abriendo terreno y desplazando, como si la obsesión de Oviedo fuera únicamente HZ.

El crítico dice:

“Hora Zero liquida y remata la poesía peruana entre otras cosas porque “estaba circunscrita a ámbitos cerrados, olía a Biblioteca Nacional”, lo que no les impedirá organizar cinco recitales en ese mismísimo lugar en 1971; condena a “los jóvenes que llenan los cafés de Lima o inflan la burocracia”, pero ellos han llenado los primeros y han llegado a inflar a la segunda; exaltan a Lukács pero no conocen a Thomas Mann; Casi todos han publicado libremente textos en el Suplemento Dominical de “El Comercio” sin hacer mayores salvedades por esa aparente concesión. No, evidentemente los grupos poéticos no alcanzaron una definición transparente o a vertebrar un pensamiento más o menos claro sobre la función de la poesía y el sentido de ese ejercicio en un país como el Perú. Se han desgarrado las vestiduras, pero olvidaron por qué lo hacían.”

Sin embargo, hay un fragmento que, al menos a mí, me da la seguridad de que el antólogo no terminó ahogado en las olas de los sentimientos menores.

Aquí va:

“De lo que sí no queda duda es de que los mismos jóvenes que no sirvieron como conductores o teóricos –hablo de los que se comprometieron a serlo, han revelado ser buenos y hasta excelentes poetas, lo que al fin de cuentas, es lo más importante y lo que basta para apreciarlos.”

Cierto. Estoy totalmente de acuerdo.

A lo largo de los años siempre he escuchado que Oviedo no incluyó a Pimentel en E13 debido a irreconciliables diferencias personales. Eso ocurre cuando se repite como papagayo lo que otros dicen, cuando se da más bola a alcoholizadas versiones orales que a los verdaderos motivos de la no presencia del autor de Ave Soul, verdaderos motivos que se leen en el mismo prólogo. No es que el crítico no haya querido contar con el poeta. Pimentel se excluyó. Y Oviedo reconoce que sin su ayuda, porque le facilitó, entre varias cosas, el contacto con no pocos de sus seleccionados, sencillamente E13 no existiría.

(Dejo la selección de poemas para el final.)

En la sección “Documentos” encontramos un riquísimo muestrario de lo que fue este peculiar contexto poético. Tenemos el extenso cuestionario que el antólogo formula a los poetas; las declaraciones de Rosas Ribeyro, Verástegui, Cerna y Cilloniz; el intercambio de cartas entre Cisneros y Pimentel, a razón de un duelo poético –hoy en día muy comentado—llevado a cabo en el auditorio de la Biblioteca Nacional; el manifiesto PU. De este muestrario, resalto “De “v” a v”” , delicioso artículo del recordado José B. Adolph, publicado en La nueva crónica el 15 de abril –por cierto, cumpleaños del progenitor de este servidor-- de 1972, en el que disecciona algunas declaraciones de Verástegui, de las que se vale para detallarnos en qué consiste la verdadera rebelión en poesía.

Cito una fragmento:

“Al poeta –si es buen poeta- se le pueden perdonar los absurdos teóricos, pero no al teórico. Que prefiera a Eielson es su pleno derecho, pero siempre y cuando conozca lo que rechaza, y no sólo lo que prefiere. La honestidad es uno de los pilares de la sabiduría.”

¿Qué tuvo que decir Verástegui para que Adolph escribiera esto? Fácil: el niño genio había denostado de Vallejo sin haberlo leído. “Yo no lo he leído, porque en mi pueblo no habían libros de él. Cuando alcancé a los libros, ya no me interesaba.”

Todos los poetas que conforman E13 han envejecido. Pero no su poesía, en ella sigue vigente la frescura y la irreverencia, el voltaje verbal, el instinto animal, la mierdita que todo poeta de verdad jamás debe perder.

Por ello, de la sección Poemas, quedé principalmente embelesado con Sánchez León (gran poeta subvalorado, creo), Cerna, Morales, Ramírez Ruiz, Mora, Watanabe, Rosas Ribeyro y Verástegui.

Pues bien, E13 no es una antología que pretendió ser definitiva. Sin embargo, se presentaron factores que ayudaron a su perdurabilidad, factores que aparecen en determinados y privilegiados momentos históricos. El tiempo la ha legitimado, los lectores acuden a ella y sienten su toque mágico. Se preguntan qué fue de algunos autores, como el J. D. Salinger de la poesía peruana, José Cerna, autor de un maravilloso poemario titulado Ruda, del cual tuvimos una pulcrísima reedición hace un par de años, poemario que lamentablemente no tuvo la repercusión que merecía. Se vuelve a la génesis de poéticas que han afianzado más de una vocación…

Es por ello que una reedición de la publicación se hace necesaria, que sirva de escudo, y se convierta en referente, contra la mediocridad que socava a la poesía peruana desde hace algunos lustros, mediocridad que yace en una complacencia aberrante, en un ausencia de crítica que permite que cualquiera pueda llamarse poeta por el solo hecho de pagarse una edición, mediocridad que la vemos hasta en los mismos censores literarios, que se guardan sus verdaderos reparos bajo el temor de no generarse enemistades. Mediocridad que la vemos en las influencias de los nuevos vates peruanos, que miran, y encima con orgullo, a poetas menores de otras tradiciones, pasando por alto el reciente legado de nuestra tradición. Hoy en día, así joda, el nuevo poeta peruano, salvo excepciones, publica con el fin de que se le invite a un festival de poesía, con el fin de aparecer en Somos (no es exageración),  con el fin de gozar del reconocimiento inmediato…

Obviamente, sé que este anhelo de ver una reedición de esta perdurable antología –quizá la mejor de la segunda mitad del siglo XX— resulta imposible, puesto que el gran crítico jamás lo va a permitir, y no lo permitirá porque sigue preso de sus resentimientos. Uno piensa que los años cambian a las personas, que redefinen conceptos que en su tiempo creían inquebrantables; pero qué pensar, qué esperanza abrigar, cuando se constata en sus últimas antologías que continua refocilándose en sus taras, taras de las que es consciente y que risiblemente intenta justificar, como el bodrio La poesía en el siglo XX en Perú (Visor, 2009).

lunes, febrero 11, 2013



domingo, febrero 10, 2013

Buco, otra vez



El rock peruano es un tema harto sensible, del que muchísimos se han llenado la boca, cuando en realidad ninguno le ha dedicado la debida importancia que demandaba. No es lo mismo ser un especialista en artículo que uno en largo aliento, puesto que si hay algo que indefectiblemente notamos en Demoler y Se acabó el show es la envidiable dimensión de trabajo de Carlos Torres Rotondo –Buco en adelante.

Pues bien, las comparaciones entre ambas publicaciones vienen al caso, pero estas tienen que abocarse a señalar sus grandes diferencias, no su contenido valorativo, puesto que en Demoler se hablaba de nuestra primera escena rockera, la comprendida entre 1957 y 1975, al punto que se llegó a decir, y al respecto no creo que haya duda alguna, y sin ánimos chauvinistas, que el mejor rock que se hacía en Sudamérica era el de estas tierras. Se trataba de un libro, bajo ciertos matices, enteramente musical.

Ahora en Se acabó el show. 1985, el estallido del rock subterráneo (Mutante, 2012), Buco pone sobre la mesa a toda una generación, generación que vivió la década más complicada y sangrienta de la historia del Perú contemporáneo. Generación de la desazón, la desesperanza, el exilio y el frenesí. Una generación que lo tenía todo para perder, pero una facción de esta, sabiendo que iba a perder, se lanzó a la realización de una utopía: la música de la furia. Había que gritar, la única opción. Y hubo mucha gente a la que le gustó esta propuesta que sintonizaba con lo que sentía, propuesta que también se hizo presente en otras manifestaciones artísticas. No era para menos, todos estaban inmersos en la misma mierda.

Se acabó el show presenta algunas trampas, placenteras e intelectivas, por cierto. Y la mejor manera de disfrutarlo no es asumirlo como un libro, sino como un documental. ¿Libro objeto?, se preguntara alguno. (Llámalo como quieras, potencial lector.) Lo que sí tengo en claro es que el formato en el que se nos narra el estallido del rock subterráneo era el idóneo. Durante el proceso de su lectura, tenía la sensación de estar ante una narración en 3D, como golpes canábicos en medio de la frente que enriquecían los testimonios de los casi cincuenta personajes convocados, convocados a quienes no les interesa quedar bien con la verdad de la historia oficial –fácil es hablar de la historia oficial desde la distancia – sino con su verdad, verdad mezquina, ególatra e irritante, pero que guarda relación con la violencia emocional que los llevó a hacer no poco, puesto que en medio de las discrepancias y chismes y los pocos recursos, se llegó a formar un circuito en donde la música venía repotenciada con el voltaje lírico de sus letras. No había pues espacio para lo fino y bien trabajado. La gente quería poguear y sacarse la mierda pogueando y olvidarse que vivían en un país que no les ofrecía absolutamente nada, salvo frustración.

Lo que es evidente es que la presente publicación se hubiera visto mermada en el formato de libro que conocemos. Los recortes de prensa, afiches de conciertos, fotografías, manifiestos y demás, no son elementos aditivos de la historia, no juegan al efectismo, son más bien parte del discurso central, discurso en donde el zurcido invisible de Bucco es no menos que magistral, llevando a buen puerto la negación de su voz –que vimos en primera persona en Demoler− en pos de una presencia ausente en cada testimonio, testimonio coral, en especial en aquellos grupos que alimentan y retroalimentan a la primera camada de rock subterráneo: Leuzemia, Narcosis, Guerrilla urbana, Zcuela cerrada y Autopsia.

En los últimos años viene creciendo el interés por la historia del rock peruano. Son cada vez más las personas que no solo lo consumen, sino que también leen sobre el mismo. Pero los registros textuales eran pocos, por decir algo. Y en esa escasez de textos, abundaban los que se escribían por el mero hecho de cumplir, reflejado en laxas investigaciones, o sea, poca ambición por parte de sus especialistas de turno. Se hacía necesaria la presencia de un escritor que no solo sea un intelectual, sino también un comprometido con su tema. Y para bien de todos, ahora lo tenemos.

Ese es Buco, ¿quién más?

Lo que ha hecho este autor es impresionante y me alegra que seamos testigos directos de su proeza, porque lo que logró solo lo logran los elegidos: Buco escribió Demoler y editó/escribió Se acabó el show, es decir: la tradición del rock peruano.

No se diga más.

jueves, febrero 07, 2013


miércoles, febrero 06, 2013

Buensalvaje 3



Aproveché la mañana de ayer para leer en integridad el tercer número de la revista Buensalvaje. Hasta ese momento, solo la había picado. Y la verdad es que nos estamos malacostumbrando a decir lo mismo desde su primer número: es todo un lujo que una revista como esta circule en Lima. Una revista especialmente de literatura. A este paso, BS llegará a convertirse en una marca, en una suerte de distintivo.

Pero en qué radica la calidad de la revista. Sabemos que Dante Trujillo es el hombre detrás del proyecto, sabemos que lo acompaña un equipo que imagino repotencia sus ideas. A lo largo de muchos años he visto una buena cantidad de revistas literarias que, aparte de morir en el primer número, no las leía nadie. Pero BS se deja leer, sientes que la hora y media que la lees es una inversión, porque siempre hay algo que queda contigo, un título de novela que apuntas, una idea de un ensayo, una respuesta de una entrevista, un párrafo de un cuento. Por eso, repito: ¿en qué radica la calidad de la revista? Le puedo dar muchas vueltas al asunto y lo mejor es no pensar demasiado, corres el riesgo de atentar contra su encanto, y solo habría que conformarnos con un par de detalles, detalles sencillos que no se compran: el buen gusto en el diseño y diagramación y la calidad de sus colaboradores. Así de simple.

Esta es una revista de difusión, no obedece a una de corte académico, plagada de una jerigonza entendible para un par de gatos. Pero en su espíritu de difusión, no debe caerse en el impresionismo sin crítica. No hay nada mejor, y sano, que hablar de un libro bajo la mirada del lector impresionista, puesto que así cimentamos más nuestro compromiso con la literatura, y este compromiso se alimenta precisamente con los libros que nos gustan, pero por más que guste un libro, este nunca es del todo perfecto. En este sentido, las reseñas son una deuda, adolecen de reparos, tampoco pido una orgía de chavetazos, un festín de patadas arteras… Solo discrepancia… Te puede extasiar una novela, ensayo, cuentario y poemario, pero el placer es también disconforme, y señalando la disconformidad, bajo argumentos, obviamente, al final termina repotenciada la publicación que se reseña. Aquí hay plumas importantes, que cualquier otra revista ya quisiera tener, como Alejandro Neyra, Carlos M. Sotomayor, el ex poeta José Carlos Yrigoyen, Jennifer Thorndike, el mismo Dante Trujillo, Jaris Mujica, Paloma Reaño y Armando Bustamante.

En este tercer número hay colaboraciones imperdibles, textos de lectura obligatoria, como el ensayo “Big bang boom” de Gustavo Faverón, sobre el boom latinoamericano, los artículos “Deconstruyendo a Paul Auster” de Abelardo Sánchez León, “Un señor muy negro con unos bigotes enormes” de Alonso Rabí, “Cossery, el quieto” de Andrés Felipe Lozano; también el excelente acercamiento que nos ofrece Diego Otero a la poesía de James Tate, la risueña “La biblioteca básica de Waterloo” de Marco Avilés y la provocadora cartografía de David Flores-Hora sobre el arte peruano (2000 – 2012).

A diferencia de las anteriores ediciones, en lo que vendría a ser creación, BS la rompe con los relatos del Bartleby nacional Enrique Prochazka, la mexicana Valeria Luiselli y de la que considero la mejor narradora peruana hoy en día: Karina Pacheco. En poesía no se queda para nada atrás, mucho ojo a “Diario de una costurera proletaria” de Victoria Guerrero.

Cada número viene con una entrevista central. Ahora tenemos dos. La primera de José Tsang a Jorge Pimentel y sus hijos, también reconocidos escritores, Sebastián y Jerónimo. A primera impresión, las respuestas de los Pimentel dan la sensación de ser políticamente correctas, pero no, leyendo entre líneas nos encontramos con flamígeros mensajes subliminales que a más de un letrateniente le habrá hecho cambiar la postura de su lectura. Por otra parte, es reconfortante lo que dice el patriarca, a razón de Antonio Cisneros, demasiado reconfortante más bien, que tendría que ayudar al proceso de desahuevamiento que a gritos pide nuestro circuito literario, en donde impera una suerte de huachafa diplomacia hipócrita, por la que se nos dice que todos debemos vivir felices y escribir y editar en el bien de la maravillosa literatura. Cojudeces, a fin de cuentas, de los que nunca han leído. Si quieres que tu discurso creativo vaya reforzado con tu discurso ético, tienes que marcar distancia, quebrar con lo que es inadmisible, porque si eres consciente de tu talento, este tarde o temprano será reconocido, y ello te salvará de hipotecar tu discurso, como esos reyes de la diplomacia que, aparte de no aportar nada literariamente, lamentablemente vienen dejando una escuela de esterilidad opinativa en aquellos que anhelan cuanto antes, y a lo bestia, la fama.

Cito a Pimentel: “Lamento su pérdida (Cisneros), como la de todos los poetas auténticos. Pero es saludable que en la poesía existan posiciones diferentes. De lo contrario caeríamos en totalitarismos y fascismos. Por eso saludable que se hayan dado esas diferencias entre Hora Zero y otros poetas. Y eso ha servido para dinamizar la poesía y hacerla más actual, vigente y saludable, con futuro”.

Cuando vi la portada de la presente edición, en donde aparece el estupendo narrador español Javier Marías, pensé que la nota o entrevista la hacía Octavio Vinces. Hace siglos que no veo a Vinces, pero lo que siempre tengo presente es su admiración rendida por toda la obra de Marías. Y eso es lo que marca la diferencia de este tipo de entrevistas-acercamientos de BS: el entrevistado se siente cómodo y estimulado al momento de responder. No se les falta el respeto con preguntas que revelan el nulo conocimiento de su obra por parte del entrevistador, algo lamentablemente muy usual en nuestro periodismo cultural.

Marías responde por fax y Vinces enriquece sus respuestas. Y vemos porque Marías es el “rey”. No se calla nada y porque no le debe nada a nadie, se dá el lujo de rechazar el Premio Nacional de Narrativa de su país, de no hacer vida literaria y de pensar y escribir sin importarle lo que se dirá de él. Prueba de ello, Los enamoramientos, novela que escribió motivado por el ejercicio escritural, sin apuro alguno, en muestra tajante de que él no es parte de la carrera de caballos en que se ha convertido la literatura.

Profetas de la ciencia ficción - Philip K. Dick


martes, febrero 05, 2013

La poesía empieza por casa

 
 
Las antologías de poesía son lo que más abundan en la literatura peruana. En ellas tenemos de todo, absolutamente de todo. Para bien o para mal, son necesarias, fungen de entes cartográficos. La historia de la poesía peruana está en sus antologías. Allí vemos lo más grande, lo perdurable, como también las rutas torcidas de sus antologadores, carcomidos de sentimientos menores. Lo mismo podría decirse de las antologías disfrazadas de muestra, que por lo general suelen ser lo más bajo e improvisado que pueda existir, salvo excepciones, salvo excepciones.
Hace un rato me preguntaron por una antología representativa de la generación del sesenta. En principio se me vino a la mente Los nuevos (1967) de Leonidas Cevallos. Antología canónica, una suerte de fotografía escrita de lo que pasaba en su contexto, que para algunos, entre los que me incluyo, se hace necesario releer cuantas veces sea posible.
Tenía el libro en cuestión en manos. Sin embargo, levanté la mirada y vi el lomo de Generación poética peruana del 60 (Universidad de Lima, 1998), de Edgar O´Hara y Carlos López Degregori. Conocía ambos títulos. Y como tenía tiempo libre, me puse a hacer lo que hago en mi tiempo libre: leer. En este sentido, para un lector no hay nada mejor que comparar. La mayoría de las veces resulta estimulante hacerlo.
A comparación de Los nuevos, la presente antología, disfrazada de muestra, tenía una ventaja, puesto que se forjó bajo un universo ya establecido por el tiempo. Sus encargados tuvieron que escoger de lo bueno que quedó de esa generación, es por ello que su selección, aparte de fuerte, no experimenta el envejecimiento prematuro, envejecimiento prematuro que por momentos contamina al florilegio de Cevallos.
En el prólogo, cuyo título encabeza el post, se hace énfasis en los caminos recorridos hasta antes de la salida de Los nuevos. Los nuevos significó el punto de llegada, la meca, de lo transitado en cuanto a estilo y temática durante los sesentas. Sus vates forjaron obra bajo el influjo de la “tradición anglosajona y francesa (Pound, Eliot, Perse)”, poéticas no ajenas a las convulsiones políticas y diferencias ideológicas, es decir una poesía política, pero sin discurso político, en “solidaridad política con la imagen de la Cuba revolucionaria”. Pues bien, y aunque no se diga ni en Los nuevos ni en esta antología disfrazada de muestra, queda en evidencia la influencia mayor de estos otrora poetas sesenteros, al menos para mí: Bob Dylan.
Ahora, lo que hace el dúo de antólogos disfrazados de compiladores es más que plausible. Nos entregan un amplio espectro de poemas referentes,  sueltos e incluso poemarios íntegros, a la fecha inubicables (no los hallas ni en Mercadolibre)… En espera del otoño de Javier Heraud, Las palomas y la fuente de Mario Razzeto, Ausencias y retardos de César Calvo, David de Antonio Cisneros, Charlie Melnik de Luis Hernández, Los encuentros de Reynaldo Naranjo, Chloe de Antonio Claros, Sol interior de Joaquín Martínez Pizarro, Elogio de los navegantes de Juan Ojeda, De la voz y el estío de Raúl Bueno, Los días hostiles de Carlos Henderson, Casa nuestra de Marco Martos y En los cínicos brazos de Mirko Lauer… A ellos se suman Rodolfo Hinostroza, Arturo Corcuera, Luis Enrique Tord, Manuel Ibáñez Rosazza, Mercedes Ibáñez Rosazza, Julio Ortega y Winston Orrillo.
Veinte poetas que nos brindan un panorama completo, muy completo, de una década valiosa para la tradición poética peruana. Es posible ver  el trabajo de alfarería que se reconfigura en cada uno de sus poemas, en ellos es posible notar no solo la sensibilidad, sino también los nuevos cauces que en cuanto a forma van emprendiendo. Poesía de aprendizaje, sin más, en franca búsqueda del yo poético y en onda con el “Arte poética” de Heraud.
Toda selección viene con sus límites. Un lector atento de poesía peruana se dará cuenta de que hay algunas ausencias, pero el dúo de antólogos disfrazados de compiladores marcó bien su criterio de escogencia, tejiendo un puente cronológico entre Corcuera (1935) y Lauer (1947). A lo mejor una injusta arbitrariedad, pero en este caso necesaria.
Este imprevisto acercamiento hizo que volviera valorar lo que pensaba de ciertos poetas de esa generación, en especial con aquellos que nunca he podido sintonizar: Corcuera, Naranjo, Orillo, Hernández, Tord, Lauer y Martos. Y ahora sé, por milésima vez, porque nunca me transmitieron nada.
Si Los nuevos es la cumbre, Generación poética peruana del 60 es el sendero a esa cumbre. El paisaje que ofrece es diverso y desafiante y el mero hecho de recorrerlo vale la pena. Como suena.

lunes, febrero 04, 2013

¿Imposible amor?



Una de las cosas que siempre me ha gustado de Alonso Cueto es esa aparente facilidad con la que saca adelante sus novelas. Digamos que estamos ante un discípulo aprovechado de Chéjov y Carver, en cuanto a estilo. De su rica obra, algunos títulos me son predilectos, como La hora azul, Deseo de noche, El susurro de la mujer ballena y La batalla del pasado.

Cuerpos secretos (Planeta, 2012) es su última entrega. Y seamos francos: se trata de una muy buena novela. Pero la misma no es de lo mejor de su producción, aunque si esta fuera firmada por otro autor, estaríamos hablando de una novela consagratoria. Esto es lo que les pasa a los grandes: tienen que lidiar con hijas (porque las novelas son eso: hijas) con más experiencia y contundencia.

Sabemos que los intereses narrativos de Cueto siempre se han movido en los conflictos existenciales de las sensibilidades de la clase media y alta limeña. Y si la memoria no me es tramposa, es la primera vez que el autor sale de sus caminos temáticos ya recorridos --y dominados en los libros señalados líneas arriba-- para abordar ahora una realidad que solo había explorado de perfil, nunca de manera frontal: la clase emergente. De manera frontal porque si no fuera así, no estaríamos ante una un cruce violento de realidades, en donde priman las diferencias sociales, raciales y económicas; cruce canalizado en sus dos protagonistas: Lourdes de Schon y Renzo Lozano Quispe.

Lourdes pertenece a la clase alta, tiene la vida comprada y ostenta cuarenta años bien llevados. Renzo, de veinticinco, de origen provinciano, cuya única aspiración en la vida es tener su propia academia de matemáticas en Los Olivos.

Entre ambos nace un romance. ¿Parece imposible, no? Obvio.

Sin embargo, lo que los une no es la dependencia sexual ni la mera atracción física, sino la insatisfacción que despiertan en ellos las realidades a las que pertenecen. Lourdes llega al punto límite de su vida, está cansada del continuo baile de máscaras, de la frivolidad que la rodea, de las infidelidades de su esposo, no se siente mujer y tiene todo el derecho del mundo a serlo, es un ente mecánico que sonríe y aguanta. Renzo es idealista, muchacho esforzado, pero también sufre del hartazgo que le depara su realidad inmediata, por ejemplo: el mal gusto de los que nunca tuvieron y que ahora tienen. Lourdes y Renzo se encuentran lejos de lo que algunos tarados designan como “aristotélicamente imposible”, sino que resulta verosímil su romance, siempre y cuando se comprenda el vacío que los coloca en el borde de la vida misma, esas ganas de vivir que ya no pueden reprimir más. Como es lógico, en el tratamiento el autor narra mejor lo que conoce, la geografía emocional y sensorial de Lourdes, y evidencia más de un óbice en cuanto a la de Renzo (hizo falta un mayor trabajo de campo).

El romance entre una mujer mayor y un hombre menor no es suficiente para una novela que pretenda ser un espejo de la sociedad peruana actual. Ni hablar. Y eso lo sabe su autor, es por ello que recurre a otros registros, como el policial y el melodrama. Muy en especial en el policial, género tan permeable en la novelística contemporánea, en el que es todo un capo. Por medio del policial Cueto hace posible que su novela se ramifique y cuestione, porque eso es lo que depara Cuerpos secretos: un constante cuestionamiento a las taras de todos sus protagonistas, como el esposo de Lourdes, José, y el amigo de Renzo, Félix. Cada personaje aquí es un elemento simbólico de una realidad mayor, realidad mayor que hostiga a los amantes y a la que deciden enfrentar, motivados por la honestidad de un amor que se nutre de la oportunidad de llevar adelante una tan anhelada segunda vida.

sábado, febrero 02, 2013


viernes, febrero 01, 2013

Aquí hay poesía

 
 

Es cierto que la poesía peruana en los últimos treinta años (o quizá un poco más) experimenta un franca caída libre. Ya no estamos en los decenios maravillosos, cuando la cantidad de poemarios publicados no sentía divorcio alguno con la calidad. Ahora debemos hurgar, dejar de lado los amiguismos o favores. Visto así, no digo gran cosa; sin embargo hay repetirlo cuantas veces sea necesario. Hoy en día estamos en la casi “nada” poética, “nada” repotenciada por los ánimos ocultos al momento de valorar, se nos miente de manera descarada y pobres de aquellos que creen y hacen suyas esas mentiras, entonces corremos el riesgo de seguir en el círculo vicioso de la mediocridad, porque la poesía, muchacho/muchacha, no es solo ritmo y efectismo verbal, es también compromiso vital con lo que escribes, puesto que solo así, por más bueno, regular y malo que seas en tu comunión con ella, llegarás a hacer algo mínimamente honesto.
Porque la poesía es honestidad. En la poesía no hay lugar para lo falso. Un chorrito de falsedad (posería), lo pudre todo. Así de simple. Así de dura y pendeja es la poesía, y más aún la de nuestra tradición, quizá la mejor en castellano.
Semanas atrás leí el último poemario de Victoria Guerrero, Cuadernos de quimioterapia (Paracaídas Editores, 2012). Y lo volví a leer la noche de ayer, motivado por la visita de un poeta, que admiro y respeto, con el que estuve conversando de, vaya novedad, de poesía peruana contemporánea, rememorando en algo las sesiones de su ya mítico taller de poesía que dirige, algo más de dos décadas, en una universidad nacional.
Cuando hablamos de la poética de Guerrero, coincidimos en una conclusión: Guerrero es lo más importante que le ha pasado a la poesía peruana en los últimos treinta años. Su poesía, ante cada entrega, no ha experimentado otra cosa que no sea el fortalecimiento, proyectando en el lector una lozanía discursiva, haciéndola más fresca y vigorosa, en comparación con otras propuestas –algunas de ellas, a la fecha, canónicas o en vías de serlo – a las que no solo ya le han salido canas, también visibles arrugas.
Hay que tenerlo en cuenta desde ya: Guerrero debe figurar entre nuestras cinco voces poéticas vivas más importantes. Claro, si incluimos a nuestros queridos muertitos, estaría un “poco” más atrás. Pero esta es nuestra realidad, una grata realidad, porque estamos ante una pluma que indefectiblemente tiene todos los requisitos para dejar escuela, tradición personal; escuela y tradicional que estoy seguro a ella no le interesa impartir. Porque es una poeta de verdad. Lo suyo es escribir y lacerarse en la poesía, cimentar incomodidad en ella misma, disponer del sufrimiento personal-familiar (ver el pequeño sobre que acompaña la presente entrega), siendo este el único canal con el que atraviesa los tópicos que le conocemos desde El mar, ese oscuro porvenir, título bisagra en su obra. Tópicos que ya le conocemos, pero ahora bajo una voz íntima que grita y llora, llevando la indignación y decepción personales hacia una interpretación del mundo de hoy; hacia una desacralización de referentes poéticos no solo en castellano; hacia una postura política, porque estamos ante un poemario político; hacia una estado de violenta contemplación ante las oleadas de las enfermedades, la enfermedad, violenta contemplación que arde con la verdad de la palabra, su palabra.
Cuadernos de quimioterapia, no apto para lectores fáciles, mucho menos ingenuos.