jueves, marzo 21, 2019

pagar


Un artículo de la narradora española Sara Mesa pone los puntos sobre las íes. Escribe de un tema del que pocos hablan, además, lo hace con otra diferencia a distinguir: consigna nombres. En una era líquida en la que miles de idiotas asumen como cierto lo eructado en las redes sociales, en donde las tendencias son más falsas que los textos de contratapas de las novedades editoriales, etc., etc., complace toparse con textos que desnudan prejuicios y confrontan pendejadas.
La autora expone los problemas a los que se enfrenta todo artista e intelectual cuando este debe reclamar por el pago de su trabajo precisamente artístico e intelectual. Se cree, con mayor razón en una época pragmática, que las horas invertidas en la lectura, el estudio y la escritura, son meros pasatiempos hueveriles. Incluso, en el plano local, podemos ver esta creencia en personajes ligados al mundo libresco y editorial, y cómo no, también en la llamada gestión cultural. Al respecto, no creo que exista creador o pensador peruano que no se haya sentido maltratado alguna vez, e indignado también, en especial cuando se reconoce el trabajo de otros que no tienen mérito alguno pero que sí exhiben una red de relaciones que no conoce fronteras, ni privadas ni públicas. Por ejemplo, los vemos en la Cámara Peruana del Libro y en el maravilloso Ministerio de Cultura, este último especie de fortaleza para muchos eternos holgazanes sin vocación de servicio, aferrados al cargo y al lobby porque saben que el Estado, así es señores, jamás quebrará. 
Y para terminar, tengo en mis manos la revista española eñe, cuyo número 54 estuvo dedicada a Perú, la cual apareció durante la última FIL de Lima. Se trata de una edición que destaca por la agilidad narrativa de los convocados, pero la inquietud se impone: a los autores se les dijo que les iban a pagar por sus textos, por ello: ¿cumplieron con todos?, ¿acaso alguno tuvo que mandar varios mails pidiendo fecha para el depósito de lo acordado? ¿si no tenían presupuesto, no era más transparente decir la verdad?  

miércoles, marzo 20, 2019

olvidada / rescatada


Días atrás estuve en la presentación del rescate de la novela Mosko – Strom (1933; Espuela de Plata, 2019) de la escritora peruana Rosa Arciniega. Como acababa de leer la novela, escuché con atención a las presentadoras, Andrea Cabel y Victoria Guerrero (su texto de presentación lo pueden leer aquí), y a la editora y literata española Inmaculada Lergo.
Una impresión común entre ellas, que sorprende para mal: ¿qué tuvo que pasar para que una escritora muy conocida en su tiempo haya estado olvidada durante décadas en nuestro imaginario literario? No hablamos de una mujer que escribía, publicaba y luego se olvidaba del oficio hasta otra oportunidad. Arciniega fue una figura estelar en España y Latinoamérica, reconocida por las voces más autorizadas de su época, incluso por el Estado peruano, que le otorgó una pensión.
M-S es una novela con actitud y que refleja un cuestionamiento permanente a la frivolidad de la vida moderna por medio de un mosaico de personajes contradictorios entre sí. Arciniega fue heredera, especulo, de Zola y Stendhal, debido a la intención de testimoniar la época partiendo de la mirada convulsionada de los personajes, caso contrario de otros gigantes decimonónicos, que abordaban primero el contexto para luego diseccionar al personaje.
Creo que no hay que quemar cerebro para entender el olvido, que no hay que asociar al descuido, sino a un borrado de escritoras peruanas, pensado y paulatino. Uno analiza las posibles razones, pero a medida que se lucubra, llegamos a lo que se sospechaba pero que por pudor se calla: la letal combinación del machismo con el sentimiento menor. 
A Arciniega la borraron por ser mujer y por ser una buena escritora. Hay material sobre ella en algunas universidades locales, pero de nada sirve que estén en bodegas de conservación si no se propicia su difusión más allá del paper y la tesis que no interesan a nadie. Por ello, celebremos el milagro, el acontecimiento que significa el rescate de una novela suya. Arciniega no necesita academia, sino lectores.

lunes, marzo 18, 2019

lo que espero


Hace unos días me preguntaron qué espero de la narrativa peruana este año. No sé a qué obedece la pregunta, pero es una que se ha vuelto recurrente en estas últimas semanas, lo cual es entendible porque la editoriales, grandes y pequeñas, harán correr la manquinaria de publicaciones. Se vienen ferias, eventos y presentaciones, de las que salen las más grandes maravillas que haya podido tener este país. Bueno, ese es el rollo que se repite cada año y los mohines no tardan en hacer acto de presencia.
Lo que sí espero es que la narrativa peruana despierte, aunque sea un poco. También que sus autores se den cuenta de que no basta con escribir “bonito”, sino que hay que dejar un algo más mientras se escribe. Y claro, dejarse de cojudeces en cuanto a la falsedad: ¿a quién se le ha ocurrido que lo soporífero debe ser asumido como profundidad o densidad discursiva?, ¿desde cuándo la huachafada es vista como riesgo formal?, ¿por qué nuestros narradores leen tan mal a sus autores influyentes? y ¿desde el cuándo el amaneramiento verbal es categoría estética?
Yo sé que nuestras maravillosas plumas se hallan en un fulminante apuro por la consagración. Hoy más que nunca puesto que las transnacionales están haciendo lo que ya olvidaron las editoriales independientes, apostar por nuevas voces, hecho que siempre implicará un riesgo comercial, pero ello no tendría que importar al autor de verdad. 
Lo que le falta a la narrativa peruana: desenfado, ironía y conchudez, que cumplen la función de insuflar ánimo y carácter a la prosa, no importa en qué registro se esté escribiendo, esa característica invisible es lo que pone orden en la frontera que divide lo verosímil de aquello que no. A muchos les ayudaría volver a las páginas de la novela No se lo digas a nadie de Jaime Bayly. Ahí, en ese desenfado (subliteratura según los puristas del panconmanteca) hay más honestidad narrativa que en muchos clonazepanes llamados libros peruanos de ficción, adornados con las más variadas ocurrencias de la moda editorial.

viernes, marzo 15, 2019

bv


El martes pasado recordamos a Blanca Varela.
A Varela se la sigue extrañando, es ya una presencia recurrente en el imaginario de los actuales poetas peruanos y una figura en vías de ser ubicada nominalmente por el gran público, así este conozca o no su obra.
Lo que siempre me gustará de BV: decir mucho en pocas palabras. La síntesis como sublime experiencia literaria. De joven se dio cuenta de lo que muchos escritores no: ser la autora que puede ser.
En lo personal, cada día estoy convencido de que si los autores llevaran a cabo ese ejercicio de franqueza, créanme que no existirían no pocas payasadas.
BV se sabía grande, pero nada más lejos de ella que el estatuismo, esa suerte de costumbre atorrante que adopta el poeta ni bien recibe una chisgueteada de reconocimiento.
Lo que recordé más de BV fue su actitud ante la palabra, es decir, también con la vida. Qué lejana de las argollas y del relacionismo (más en una época en que el circuito cultural contaba con nombres estelares), qué divorciada de la frivolidad del parecer. BV no aparecía pero todos hablaban de ella. Tampoco era una mujer esquiva, cualquiera podía conversar con ella y ser testigo de su inteligencia e ironía. Lo suyo era escribir y publicar sin el prurito del apuro. Construyó su legitimidad sin deberle nada a nadie. 
Tantas cosas, y no solo literarias, para reconocer de BV. Ojalá su imagen sirva de estímulo para las nuevas voces, perdidas en la cojudez de la consagración inmediata sin una obra que roce lo atendible. ¿Qué pensaría BV de los conversatorios, colectivos, la intelectualización críptica de la poética, recitales y presentaciones actuales en las que hasta la entonación del poema es más falsa que el like de un poeta a otro? La poesía como medio de compensación. A eso se llega cuando la palabra ya dejó de ser protagonista en la propuesta del poeta.


sábado, marzo 09, 2019

murdoch


En esta mañana de sábado, o para ser más preciso: desde la madrugada me acompañan un par de novelas de Murdoch. Una de ellas la releeré íntegramente. Imposiblemente destinarla a la relectura a medias, con Murdoch no vale ese criterio, aplicable a muchas novedades que uno tiene hasta por gusto.
Es momento de regresar a Henry y Cato (Impedimenta), que reseñé con desbordado y justificado entusiasmo para un número de la desaparecida revista Buensalvaje. No solo me seduce la contemplación de una prosa nerviosa e insegura, marca de agua idónea para configurar personajes de aparentes seguridades pero destruidos por dentro, protegiendo el horror de la duda existencial, amenazada por la más mínima intervención de elementos externos. La obra de Murdoch viene signada por una especie de alerta emocional, que bien nos haría pensar en la paranoia, en todo caso en un viaje a la locura contenida por lo ya señalada apuesta de la apariencia. Eso es lo que define a los personajes homónimos del título de esta novela.
En este proyecto, Murdoch llevó esa estrategia narrativa hacia niveles de inolvidable conmoción. En distintos grados, todos los hombres y mujeres tenemos cosas de Henry y Cato, y es gracias a la genialidad de la autora que la representación de estas sensibilidades no solo queda en la exposición, sino que se alimenta en la cirugía del gesto y en los diálogos que firman la condena de la crisis personal.
Cuando tengas un libro de Murdoch en las manos (si no la has leído), hazte el favor de fijarte en la geografía del diálogo. En el “pensar expuesto” de los personajes, mediante el cual nuestra escritora transmitió otra de sus grandes pasiones (aunque no mayor a la literaria): la filosofía. 
No solo hay que releerla, también conocerla porque vale la pena la inversión que demandan sus páginas. Uno sale distinto de sus novelas, no mejor, ni tonterías afines. Eres otro, simplemente.




jueves, marzo 07, 2019

relativizar el testimonio


En la web de El Comercio puede encontrarse una sección interesante, que vale la pena revisar: Los más buscados por feminicidio.
Felizmente, de a pocos se vienen tomando medidas en el asunto, muestra de ello es la exposición de casos que tienen que ver con el maltrato y el acoso. Pero lo que indigna es la evidente y persistente relativización que se hacen de los testimonios de las agraviadas. Si ni siquiera tienen valor los informes de necropsia, podemos pues tener una idea del tétrico panorama que le espera a una mujer dispuesta a denunciar a su agresor. Esa es la razón por la que vemos a muchos sinvergüenzas prófugos de la justicia, a la fecha 2543 con orden de captura, 19 de ellos por actos de feminicidio.
De esta realidad no escapa nuestra clase intelectual, conformada por narradores, poetas, académicos y ensayistas, que han construido referencia en base al señalamiento de injusticias sociales de toda índole, pero que en el asunto sobre la violencia contra la Mujer vienen mostrando un silencio que no debería sorprender porque en estos dos últimos años estos guachimanes de la moral han sido estelares protagonistas de condenables bajezas. En este wok de la atrocidad hay de todo: desde el acosador que humilla tras el rechazo hasta andantes cilindros de alcohol que intentan abusar de mujeres, pero a ese wok le falta el condimento, el aceite de la relativización: tienen defensores que buscan la culpabilidad de las víctimas. 
No se habla y no se taladra en el discurso ni el acoso ni el feminicidio, fácil: son pocos los que tienen la autoridad moral para hacerlo. Estamos hasta las huevas.




martes, marzo 05, 2019

la misma fórmula


Más allá de lo que digan los inevitables detractores locales de Mario Vargas Llosa, no se podrá negar que los mismos cumplen la noble función del cucarachismo que debe barnizar a todo autor de renombre. Esta es la impresión que tengo tras leer su último artículo en Piedra de Toque, su ya célebre columna de opinión. No solo hablamos de un texto sesudo y muy bien escrito, sino también dueño de una actualidad que muchos nostálgicos del terror, la miseria, el hambre y la muerte están en la obligación de reflexionar antes de eructar estupideces.
Simplemente brutal el artículo La tragedia de Ucrania, en donde el Nobel describe, basándose en un libro de Anne Applebaum, las acciones llevadas a cabo por Stalin en contra la población ucraniana entre 1932 y 1933, cuyo objetivo era enviar una advertencia de sumisión a las poblaciones que se cometieran el error de no formar parte de la URSS.
Ahora, resulta imposible no asociar lo sucedido con Ucrania a lo que estamos viendo ahora con Venezuela. Es prácticamente la misma fórmula, con distintas variantes, de dictaduras que con tal de perpetuarse en el poder no dudan en someter a los que se supone tienen que defender. Uno termina de leer el referido artículo y no puede dejar de sentir asco por las cerradas defensas que autodenominados intelectuales de izquierda hacen de un régimen que a la vuelta de la esquina viene comportándose como lo que más detestan. 
Esa es pues la diferencia entre un intelectual coherente (así sintonicemos con las ideas de MVLl o no) y aquel entregado al hueleguisismo, encima ahuevado en un discurso que podría pintarse bonito en teoría pero cuya praxis deviene en soberana cagada. Por eso leemos lo que leemos en las paredes de los baños públicos de las redes sociales: la justificación de una atrocidad, que por ser socialista no colapsa y que lo viene acaeciendo no es más que un error menor que proviene fuera de la galaxia de los principios que nutren al sistema socialista. Qué poco amor propio y qué escaso respeto intelectual, cuánta bestialidad junta que trae una cantada consecuencia: la propia destrucción de la moral de izquierda.


domingo, marzo 03, 2019

lescanos


Si hay un tema que viene recorriendo con fuerza el imaginario del peruano en estas últimas horas, ese es sin duda alguna el del congresista Yonhy Lescano, acusado por acoso sexual por una periodista, hecho que ha sorprendido a la opinión pública, más cuando se trata de un parlamentario en funciones durante varios periodos y de quien conocíamos su lado más resaltante: la del fiscalizador.
De ser cierta la acusación, Lescano se convertirá en la metáfora por excelencia del basurismo moral. Esta dimensión inmoral está presente en todos los estratos de la sociedad peruana y el circuito cultural no es nada ajeno de aquella manifestación. Quien piense que el hombre de cultura está signado por la decencia, pues se equivoca. Hay mucho pajero.
 En Perú abundan artistas e intelectuales conocidos por actitudes justicieras y afanes revolucionarios. Venden la imagen de la intachabilidad para la platea virtual, se alucinan el último verso de Ernesto Cardenal, el punto final del manifiesto feminista y otras hierbas de la postura estratégica. Lo cierto es que no son lo que alucinan ser, puesto que se sabe de sus oscuras costumbres en contra de las mujeres del circuito a las que intentan tirarse valiéndose de su posición de poder (o lo que diablos sea esto). Hemos visto cómo los brigadieres de la ética acaban denunciados por las mismas mujeres a las que fastidiaron y, claro, resultó imposible no darnos cuenta de su caradurismo que les ha impedido aunque sea pedir disculpas. El acosador, cuando es puesto en evidencia, se resiste a aceptar su responsabilidad. En el colmo de la conchudez enarbola ficciones que solo pueden ser creídas por subnormales. Las pruebas son insuficientes, su palabra basta y sobra para mofarse de las evidencias. Fácil, el atropello se justifica solo: en el circuito cultural peruano se sigue viendo a la mujer como una entidad de quinto orden. Por eso, no sorprende el blindaje en favor del acosador, el violador y las liliputienses bestias que insultan públicamente a mujeres como muestra de valentía. 
Pero el “triunfo” del discurso virtual conoce su tácito premio: el público no los acompaña en sus campañas de la vida real, la que importa a fin de cuentas (obvio, la vida no puede ser una payasada, no es una extensión de las redes sociales). Por eso los vemos ahuevadazos gracias a ese chicotazo del sentido común. No aceptan la consecuencia de la falsedad de sus palabras, lo que los lleva a refocilarse en indignados posts con los que reclaman un mundo mejor para la mujer, porque escribir de la mujer maltratada es lo que vende. Ya lo estamos viendo y en las próximas horas leeremos encendidos posts que condenen a Lescano. Donde hay guiso se posa el hocico. Conocen su negocio.




miércoles, febrero 27, 2019

un autor a tener en cuenta


Los años de esta segunda mitad del siglo XXI no han sido del todo auspiciosos para la narrativa peruana. A diferencia de lo visto en la década pasada, escasean las llamadas revelaciones narrativas. Solo un puñado entre tanto debutante que anhela la falsa consagración de los ya no tan jóvenes. No solo hay pocos, sino que de ahí la mayoría no pasa la media valorativa, y no me refiero únicamente al logro de estilo para destacar determinada voz, ni siquiera encuentro en sus propuestas la energía verbal y sensorial que pueda brindarme la esperanza de que algo el debutante podrá ofrecer en el futuro.
Claro, el agua tibia del extrañamiento no podía ser eterna y ya tenemos consecuencias de su caducidad: muchas propuestas que aprobaron gracias a esa dimensión ahora habitan la zona del recuerdo esporádico ejercido por algún familiar, o yunta cercana del autor.
Como dije, no han sido años fértiles en voces a considerar.
Por eso, gratifica toparse con textos que proyectan una postura narrativa no muy en boga entre nuestras últimas voces. Apunta las señas: Su póliza no cubre esta eventualidad, Sr. Samsa (Vivirsinenterarse, 2018) de Gianni Alfredo Biffi.
Lo que veo aquí es la construcción de una personalidad. Biffi cumple con lo básico que debe honrar todo escritor, pero por eso el cuentario no es recomendable, lo es por la morfología de su temperamento, risueño e irónico, que podemos leer en cuentos logrados como “¿Quién va para nazi?” y “El diablo viste de Graña” e incluso en los menos favorecidos “El hombre que amaba a las mujeres guapas” y “Dedicatoria”. Como señalé, existe un temperamento, reflejo del oficio y la manera en que este es asumido, sin creérsela. O sea, estamos lejos de un autor que se siente la cagada cuando escribe (si no me creen, vean los muros de nuestros activistas del autobombo) y que subestima al lector porque este ha leído poco. Biffi hace uso de muchas referencias literarias y librescas, pero estas no son elementos decorativos, sino el condimento con el cual el autor se burla de la pose, del caletismo ilustrado y de cualquier maravilla engendrada por el amaneramiento discursivo. 
Biffi puede dar mucho más, ojalá.



martes, febrero 26, 2019

a mover el culo


Ahora que la situación de Venezuela está más insostenible que nunca, debido a una dictadura que la mayoría de gobiernos condena, resulta curioso que autodenominados intelectuales de izquierda salgan a defender la atrocidad. En estas últimas horas he estado leyendo artículos y estados que condenan el intervencionismo extranjero, poniendo en duda el propósito de la ayuda humanitaria y resaltando la “resistencia” de un pueblo que apoya a un presidente elegido democráticamente, entre otras barbaridades.
Muchos de estos nostálgicos ideológicos no aguantan la contundencia de la realidad, les es imposible aceptar la desgracia que vienen pasando cientos de miles de venezolanos que han tenido que abandonar su país en pos de un futuro más digno. Reyes del verso barato y conspicuos representantes de la ceguera ideológica, leen/ven lo que prefieren, distorsionan la desgracia para disfrazarla de discurso ético cuando lo cierto es que no solo hay que ser insensible, sino también imbécil para defender un modelo político y social dinamitado por la corrupción. 
Qué fácil es escribir y comentar desde la comodidad y no desde el mismo lugar de los hechos. Ya que abogan por el régimen de Maduro y condenan una invasión digitada por la derecha, sería bueno, por no decir saludable, que estos defensores de la miseria se vayan a vivir un par de meses a Caracas, cosa que así serán testigos de la historia en tiempo real, y de paso se enfrentarán a las mismas críticas que ejercen por estos lares, como la política del asistencialismo, que les recordará mucho a la que Fujimori llevó a cabo para perpetuar su dictadura. Muchos de ellos son capos de la estadística y podrán verificar, si la verdad es su propósito, que la dictadura chavista y su engendro ya han cobrado más vidas humanas que las que tuvimos en los años de la violencia terrorista. De paso, la luz los hará recapacitar: el problema no es de la derecha ni de la izquierda, sino que hay que hacer algo en contra de una tiranía. 
Eso es, señores, a mover el culo ya que no quieren informarse bien. Un par de meses en Caracas los desahuevará.


domingo, febrero 24, 2019

leer: "lpp"


No estoy muy seguro de la repercusión local del último libro de Fernando Iwasaki, Las palabras primas (Páginas de Espuma, 2018), galardonado con el IX Premio Málaga de Ensayo. Lo digo porque no he visto notas sobre la publicación en medios peruanos. A lo mejor me equivoque, cosa que deseo porque se trata de un texto que es una delicia por donde se le mire.
Es conocido por todos que Iwasaki no tiene que demostrar nada sobre su valía literaria. En los géneros que ha incursionado no solo lo ha hecho muy bien, sino que se ha insertado en el imaginario del lector, lo que es un triunfo para la experiencia de lectura, más en estos tiempos en los que se empelota libracos que más temprano que tarde conocerán el irremediable destino del remate o en todo caso la máquina trituradora.
Ahora la rompe en un registro que ya conoce y que también le ha deparado un justo prestigio como ensayista. En LPP despliega un sesudo y festivo repaso sobre la tradición del idioma castellano y su protagonismo en el mundo actual, revelando su riqueza mediante los clásicos, sean peruanos, latinoamericanos y españoles. Hay pues una actitud, que tiene que ver más con el ánimo de difusión que con el ejercicio estéril del muestreo de conocimiento validado por cinco gatos. A ello, sumemos la soltura en la escritura, que me recuerda a la estela impresionista del cuaderno y nota al vuelo, es decir, divorciado de la pose sentenciosa. En ningún momento Iwasaki impone, menos intenta convencer, por el contrario, establece un diálogo, suerte de complicidad con el eventual lector. Eso es ensayo, género que viene sufriendo muchos atentados a su esencia y no solo por estos pagos, a causa de la confusión de sus eventuales exponentes. 
Si hay un libro por leer y que colmará la expectativas, ese es LPP.



viernes, febrero 22, 2019

expo jw


Entre los acontecimientos del 2019, de lejos: El ojo y sus razones, exposición sobre la vida y obra de José Watanabe, curada por Rodrigo Vera. Va hasta agosto en la Casa de la Literatura Peruana.
Vale la pena verla por muchas razones, una por mientras: lo inagotable que sigue siendo Watanabe como poeta. Qué lejos se encuentra del envejecimiento prematuro y qué cercano de la conexión con los lectores, en especial los jóvenes, que asistieron en gran cantidad en la inauguración.
He ido a muchas exposiciones, pero muy contadas veces a sus inauguraciones. La de anoche no pudo ser más gratificante. En lo personal me permitió firmar una admiración por un poeta al que releí cuando murió. A Watanabe siempre lo había considerado una voz importante, pero nunca me sentí un rendido entusiasta de su obra. Incluso me costaba sintonizar con el gusto arrollador que profesaban amigos y conocidos. Para variar, me tocó llegar muy tarde a la fiesta de celebración de su obra.
Como dicen los entendidos, a los poetas llegamos en su momento. Quizá ese redescubrimiento se debió a un hartazgo de la decepción que me deparaban algunos autores peruanos vivos, en especial aquellos que transitan por la hora punta de la fama inmediata mediante la repartija de favores. Puro huevonazo, a secas, capaz forzar cualquier tipo de conexión pasando por alto la sensibilidad del texto. En este sentido, la poesía de Watanabe arribó en su mágica sencillez, con su sabiduría vital que no depende del gran tema, sino del detalle, el objeto en apariencia inane, haciendo suya esta máxima: hacer fácil lo complicado. 
Los versos usados para la muestra cumplen el propósito de la transmisión, cosa que me alegra ya que serán muchos los que se acercarán a Watanabe por primera vez.



jueves, febrero 21, 2019

la verdadera recomendación


Por más que lo he intentado, la última temporada de House of Cards me ha aburrido tremendamente. Imagino que esa es la impresión de miles de seguidores de la serie, que exhibe el mérito, entre varios, de haber hecho de lo inverosímil un producto atractivo. Quienes vieron la entrega final lo hicieron más por orgullo y fidelidad que por mero gusto. Se entiende, esa es la prerrogativa que puede darse el espectador, no así el devorador de libros, que tiene que pensar al detalle el libro a leer, programando el tiempo y haciéndose la inevitable pregunta de que si lo que leerá valdrá la pena.
En verdad, ¿cuántos libros merecen ser leídos? Pienso en la cantidad de títulos que salen (y en los que vendrán en las próximas semanas), del mismo modo en el saludo que estos generan en los medios, en donde una estafeta también sirve como reseña. Por ejemplo, los libros locales de ficción, la mayoría de los cuales son una invitación al bostezo, pero lo curioso es que las portátiles los barnizan con esas mentiras de la “densidad” y la “extrañeza”, calificaciones valorativas que no sé cómo se instalaron en nuestro imaginario para dar sentido a títulos que bien merecen ser picados o tirados al tacho de basura. 
Felizmente, no todos los títulos peruanos de ficción cargan con esa falsedad. Si sabemos buscar, podemos hallar libros que aún deben conocerse y que, para bien, no dependen de la reseña positiva/negativa, pero que sí necesitan de una visibilidad para los nuevos lectores. No es ingenuidad lo que digo, porque hablo desde la experiencia, la conmoción. A saber, días atrás conocí a un joven lector que en su bolsa de una cadena de librerías llevaba no pocas publicaciones de ficción peruana. De lo comprado tenía cosas bastante buenas, pero me sorprendió cuando me respondió que no había leído a ciertos autores que cualquier seguidor de narrativa peruana debe conocer, como Gregorio Martínez y Carlos Eduardo Zavaleta. Sin duda, me fastidió más lo de Martínez, uno de nuestros más grandes estilistas, al menos para mí después de Martín Adán. Quise saber a qué se debía esa dejadez y su respuesta fue más que atendible: pocos hablan de autores como él. Estos autores gozan del reconocimiento, hasta podrían catalogarse de clásicos actuales y que en esa condición se cree que no necesitan de difusión porque “quien se interese, llegará por su cuenta”, cuando lo cierto es que con escritores como Martínez urge la sugerencia del boca a boca, es decir, suscitar la experiencia. Fácil: los autodenominados conocedores andan en la campaña de la aceptación, escribiendo de libros menores y olvidables en redes, espacios en los que hay mucha luz pero poquísima verdad.





lunes, febrero 18, 2019

"perú: tiempos del miedo"


Un libro que he disfrutado y que recomiendo, por su espíritu de época, carácter testimonial y porque es tremendamente incómodo, no por nada los medios han pasado de él como si fuera un objeto apestado, cosa que me parece injusta porque si algo necesitamos es saber todo lo que se pueda de los años de terror que sufrió el país: Perú: Tiempos del miedo. Violencia, resistencia y neoliberalismo (Punto Cardinal, 2018) de Deborah Poole y Gerardo Rénique.
Se trata de la primera edición en castellano de un libro (traducción llevada a cabo por Alberto Gálvez Olaechea) que se publicó en inglés en 1992. Desde su salida, PTM ha ido forjando una referencia en el ámbito académico norteamericano y por estos lares era citado como si fuera una rareza bibliográfica, que espero deje de ser tal para convertirse en lo que es: un título de referencia obligada para todo aquel interesado en escribir y estudiar los años más complicados de la historia peruana contemporánea.
1992 no es un año más, es más bien medular. Pasó de todo en aquellos meses, a saber, el autogolpe de Estado de Alberto Fujimori y la captura del líder senderista Abimael Guzmán. Poole y Rénique analizan estos y otros acontecimientos políticos, como los orígenes de Sendero Luminoso, las políticas de los gobiernos para frenar el avance terrorista, lo que devino en paulatinas violaciones a los derechos humanos, la crisis económica y la desazón de la población que anhelaba largarse de un país que no ofrecía la más mínima oportunidad de desarrollo personal.
Los autores muestran una postura en cuanto a la visión de su trabajo. Hay una visión de izquierda, pero esta no los inhibe de la crítica hacia los grupos que la representan. Además, hay que subrayar el carácter de su escritura, para nada timorata o ahuevada como sí leemos de los supuestos especialistas que vienen lucrando con una etapa sensible de nuestro imaginario nacional. Es precisamente esta postura en la escritura la que dota de nervio al trabajo, más cuando este se hizo al galope, es decir, a medida que sucedían los acontecimientos, sin importarles el riesgo de la mirada y análisis inmediatos. Hay pues una sensación en el lector informado a medida que avanza las páginas: sus autores no cayeron en el cálculo, lo suyo fue el todo o nada. 
Obviamente, no estoy de acuerdo con no pocos conceptos que manejan, pero de eso trata: no sintonizar en todo, en casi nada, pero sí en lo que importa: necesitamos más trabajos de este corte, urge una discusión sobre esos años de sangre y miseria, guiada por registros que proyectan sinceridad. PTM es un ejemplo de ello.

viernes, febrero 15, 2019

la farsa


Aunque la mayoría de especímenes del circuito literario diga que los Premios Luces del diario El Comercio sea todo un canto a la frivolidad, lo cierto es que muchos de estos mutantes empeñarían hasta la histórica cocina Surge de la familia con tal de ganarlo o aparecer entre los nominados.
Ahora que sabemos los títulos ganadores en la categoría Letras, creo que hay poco que discutir, incluso en Mejor libro de Cuentos, que benefició a Biblioteca Peruana de Alejandro Neyra, bien pudo ser para Lluvia de Karina Pacheco. El libro que no he podido leer, y creo no ser el único en esta situación: El espía del Inca de Rafael Dumett. Espero que este premio, que sintoniza con la valoración crítica que viene obteniendo la novela, quiebre la demagogia que la daña y lleve a su editor a ponerse las pilas: distribuir con responsabilidad el libro, cosa que de esta manera encontraremos la genuina sintonía: libro-lector.
Verdad de Perogrullo: en los Premios Luces entran en juego otros factores, la mayoría reñidos con la “verdad” de su propósito, porque el voto se guía más por simpatías y preferencias, y claro, se potencia la certeza con las infaltables portátiles. No olvidemos que a uno de los ganadores del año pasado se le tuvo que anular más de diez mil votos, travesura de un hacker que hizo colapsar la web del diario anfitrión. No sorprende: en el largo y tortuoso sendero hacia la fama, algunos no solo pierden la paciencia una vez conseguida la nominación, también los escrúpulos. 
Acabada la algarabía, vuelve la normalidad, es decir, desaparece la mentira del éxito virtual (hay que ser un subnormal para ver en la dimensión líquida la representación de la vida), se impone la presencia de lo que no se quiere aceptar: ese premio es una cojudez.



lunes, febrero 11, 2019

quintero / balza


Una relectura y un descubrimiento.
Venezuela no solo es su crisis, de la que espero salga pronto, así digan lo contrario los subnormales piquichones locales del terror, barristas sin calle de la corrupción política y otras maravillas de la ceguera ideológica. No es para menos, defender la ideología es una práctica lícita, siempre y cuando no se haga pasando por alto el sufrimiento de un pueblo.
Hace muchos meses, un amigo me trajo desde Caracas una maravilla: Cuentos completos (El Estilete) de Ednodio Quintero. En estos días lo he estado releyendo, como quien somete a sano juicio la primera impresión que me dejaron la lectura de sus novelas (que pueden encontrarse en librerías locales, pienso El amor es más frío que la muerte) y esta suerte de lingote de oro (tapa dura y dorada). La vuelta no pudo ser más gratificante: Quintero es un gran prosista de la lengua castellana. Las comparaciones con voces actuales resultan inevitables, pero no hallo muchas que sean dueñas de una escritura bella en composición y que también exhiban el mágico hechizo de la transmisión, cualidades presentes en la exigencia del cuento, género en el que cualquiera no puede mostrar maestría. No hay que pensarlo mucho, hay que conocer más a este tremendo narrador. 
La otra publicación está inscrita en el ensayo, género que consumo como una bestia voraz. Su autor sí era desconocido para mí. José Balza, para más señas: goza de prestigio, respeto y es un intelectual muy querido. En Pensar a Venezuela (Bid & Co) ofrece un mural de su profundo conocimiento de la literatura, historia y antropología venezolanas. En el ensayo que titula la publicación, Balza, con prosa cautelosa pero por ello no carente de personalidad, desmenuza los senderos emocionales de la cultura de su nación. En no pocos pasajes apela a la dependencia de otros títulos para reforzar conceptos, mas cumple ese cometido no con fines epigonales, sino para forjar la opinión propia, que como tal, y he aquí su epifanía, no escapa de la duda, sino que se hace fuerte en ella, proyectando lo que contados ensayos hoy son capaces: contagiar interés y compromiso por saber más de Venezuela. Gracias.


viernes, febrero 08, 2019

maravilla breve


Podría llamarse novela, pero creo que vendría bien el rótulo de pequeño artefacto narrativo (en el buen sentido, lejos de las impresiones que catalogan lo que el “opinante” de ocasión sencillamente no puede entender) a Pornografía (Periférica) de Manuel Arranz.
Del autor no hay mucha información, y no tiene que haberla, porque basta lo que importa: se ha desempeñado como traductor de importantes autores franceses. Basta y sobra la práctica de la traducción para generar el suceso: el perfil del estilo.
En esta novelita, Arranz nos habla de la posibilidad de escribir una novela, pero no apela a estructura lineal, sino más bien a la libertad que nace del dietario y el aforismo, intervenidos por el aliento del ensayo, es decir, por la no seguridad en la sentencia. Si a esta estrategia le sumamos entrega o nervio en la moral de la palabra, terminamos siendo testigos de una narración que ingresa en la parcela del extrañamiento. ¿De qué va la novela?, será la primera inquietud del lector, que felizmente no será duradera, ya que se impone el placer, tanto intelectivo como sensorial por cómo se dicen las cosas y no por el mero enunciado de las mismas (he allí el motivo del título).
Tras su lectura, quedan en uno algunas sensaciones, lo que dinamita la mentira de su brevedad. La novelita dice más que muchos ladrillos que apelan al facilismo lineal y el temático lugar común. No proponerse grandes metas deviene en mérito. Pornografía cuenta una vida y su respectiva circunstancia, en su carencia de propósitos mayores yace su importancia, lo que seduce para leerla y tener por momentos el deseo de no acabarla. 
Búscala.

jueves, febrero 07, 2019

intelectuales contra la pared



Uno de los temas que seduce a la mayoría de escritores e intelectuales peruanos es la política. Les fascina hablar de política, no importa si se sabe mucho o nada, lo que les atrae es la proyección de la (supuesta) postura justiciera haciendo uso de todos los medios al alcance.
No pocos de estos especímenes tienen una preferencia por los principios de izquierda. Principios con los que sintonizo, no por afinidad, sino por sentido común: ¿no hacer nada en contra del maltrato a la mujer?, ¿quedarme callado ante los abusos laborables?, ¿no condenar las dictaduras?, etc.
Pues bien, ahora la superioridad zurda se halla en un serio cuestionamiento en tiempo real a razón de la desgracia que ocurre en Venezuela. No dicen nada contundente al respecto. Impera la creencia imbécil de que hay que defender la ideología que está siendo atacada por el imperialismo, actitud con la que se demuestra una incuestionable inhumanidad hacia el venezolano que sufre. 
Nuestro circuito intelectual está podrido. Veamos este maravilloso criterio: se condena la violación de derechos humanos si el perpetrador es de derecha pero no si este es de izquierda. Un intelectual puede equivocarse, pero nunca traicionar su coherencia, que es la firma de su credibilidad. Cuánta diferencia con Mario Vargas Llosa en los asuntos dictatoriales. En su última columna en Piedra de Toque, Venezuela: Largo caminohacia la libertad, Vargas Llosa reafirma su posición sobre la dictadura de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. No olvidemos que en muchas ocasiones hizo lo mismo con la tiranía derechista de Augusto Pinochet. Dictadura es dictadura, algo que deberían aprender aquellos que se delatan en redes como intelectuales baratos. Campea la indecisión y la cobardía para llamar a las cosas por su nombre. Fácil, muchachón: entre un chavista y un borracho que habla huevadas, no hay diferencia, es lo mismo.

miércoles, febrero 06, 2019

acoso



La congresista Marisa Glave denuncia por acoso al periodista César Rojas del portal Manifiesto. Glave presenta las pruebas pertinentes. Pero ni siquiera estas resultan suficientes para que el testimonio no sea puesto en cuestionamiento, primero por el portal al que pertenece el acusado y segundo por algunos representantes del gremio periodístico, que sostienen esta barbaridad: la denuncia obedece a una venganza por la actitud crítica del portal en contra de los políticos de izquierda del país.  
Leo el descargo de Rojas y este no es más que la repetición de un abominable patrón. O bien toman como chongo el descargo o, en todo caso, apelan a la práctica criolla de hacerse el huevón, es decir, arroparse en el silencio hasta que la “tormenta” se calme y regresar de la acequia como si absolutamente nada hubiese pasado.
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Semanas atrás el escritor Salvador Luis Raggio denunció a un escritor, que tiene una columna en un diario local, por acosar a una escritora (de la que no dio su nombre a pedido de la agraviada) y no vimos ninguna postura al respecto, ni del diario, menos del acusado. Esta es una prueba más de que el silencio cómplice es el principal aliado de autores que hacen un mal uso de sus espacios de opinión. Ni hablar de esos columnistas virtuales que se la pegan de críticos, que bajo el cuentazo de la reseña pretenden acercarse a la autora que ni en sus sueños más alucinados les dirigiría la palabra.
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Pero claro, esta fiesta de la atrocidad no termina. Tenemos también la presencia del acusado conchudo, que reclama integridad para su imagen cuando él mismo se ha encargado de dinamitarla a lo largo de los años, siendo el acoso el guindón que faltaba al pastel de sus inconductas. El acusado conchudo no está solo, tiene un grupo de amigos que lo defienden, que abogan por él en la valentía del Inbox, pero ni hablar de hacerlo públicamente porque su galopante izquierdismo se los impide (claro, construyen referencia hablando de los demonios de Arguedas (de vivir, Arguedas les daría una lección de vida: los llevaría al espacio al que pertenecen: el inodoro, y en una jala la palanca para que se pierdan en el remolino del que jamás debieron salir), reclaman por las mujeres violadas en los años del terror, viven de la leyenda de la juventud revolucionaria (y disidente) y otras maravillas de la estrategia discursiva). El acusado conchudo apela a la victimización y, en el colmo de la inverosimilitud, construye la narrativa de que todo fue consensuado con la agraviada y que esta te acusa por despecho (claro, en medio de tanta cojudez, no respondes ninguna de las pruebas que te delatan).
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Y en las últimas horas, una joven escritora acusa a un editor (conocido por su enemistad con el jabón) por acoso. Este editor aplica la misma táctica que el acusado conchudo y el comentarista virtual que oferta reseñas: contacta a la potencial escritora, la llena de halagos sobre su poética y, sin más preámbulos, le propone un encuentro sexual. La joven escritora cuenta su caso en la redes, refuerza su testimonio con capturas de pantalla, recibe el apoyo de muchas mujeres. Entonces, qué hace el editor acosador, pues lo mismo que el acusado conchudo: hacerse el pendejo, disminuir la versión de la agraviada. Carece de testículos para aceptar su responsabilidad, pedir disculpas y asumir la condena social por sus actos.
Lo bueno entre tanta inmoralidad: las mujeres agraviadas están exponiendo sus casos. La literatura, quizá lo mejor que en materia cultural tenga este país, ni el periodismo, pueden ser utilizados para maltratar psicológicamente a las mujeres que escriben y publican, ni a las que desempeñan cargos políticos. Esto no es feminismo, es sentido común.

martes, febrero 05, 2019

actitud / pregunta


En contra de la costumbre, me despierto temprano. No sé a qué hora me acosté en la madrugada, solo recuerdo que me tendí en la cama tras sentir un fuerte cansancio. Quizá el despertar se deba al calor, que este verano amenaza con ser más cruel que en anteriores años.
Sea como fuere, prendí mi celular. No pasó mucho para que en el wsp aparezca una serie de mensajes con archivos adjuntos y enlaces, la mayoría de ellos de contenido literario y otros de meros memes que  hicieron cagarme de risa.
De lo literario, presté atención a un archivo con la transcripción de una entrevista a Blanca Varela, la gran poeta peruana. En la entrevista Varela dice cosas que nos dan una idea de su carácter. Varela era una mujer ajena al chanchullo discursivo, que tanto ayer, hoy y mañana, es muy usado por los autores peruanos, siempre tan adeptos a la diplomacia y el lustrabotismo. No es novedad, en nuestra fauna cunde el arrastrismo y la posería, elementos extraliterarios que condimentan más la dimensión del parecer.
Por eso, es gratificante leer a Varela como persona. Qué mejor ejemplo para los nuevos poetas que seguir o intentar seguir su actitud. Es decir, no venderse y morir en las posibilidades expresivas de la palabra si es que la poesía es lo tuyo.
Y claro, no podía faltar el enlace sobre la última ganadora del Premio Biblioteca Breve, la española Elvira Sastre.
Vaya novedad: las críticas no faltaron.
Como ya lo he dicho, lo mejor que le puede pasar a un autor es que su obra genere opiniones encontradas. Como poeta, hay quienes aprecian su trabajo y otros que no, algunos de estos hasta la detestan. En lo personal, como poeta Sastre cumple con honestidad, escribe sin ningún afán de trascendencia y en ese sendero despliega una sencillez de escritura que propicia el suceso: miles de lectores que se sienten identificados con su poética. Obviamente, también tengo reparos a esta, como el exceso en la repetición de los tópicos, uno de ellos, el amor/desamor. 
Pero lo que hay detrás de las críticas no es más que envidia, la cual se cura con la formulación de una pregunta, que de responderse con la verdad hará que este mundo literario tenga menos pataletas: ¿ser un buen escritor o uno famoso? Si puedes ser ambos, genial, te felicito, pero si en caso no, el mundo aún no acaba, puedes seguir escribiendo.