jueves, agosto 31, 2017
miércoles, agosto 30, 2017
soberbia
Lo digo sin exagerar, sin ningún tipo de
animadversión: nunca he conocido a un fujimorista, o simpatizante del
fujimorismo, que me inspire el más mínimo respeto intelectual. Quizá sea
injusto en la apreciación, pero hablo, como se deduce, bajo mi experiencia
personal.
Digo esto a cuenta de las conversas que
uno escucha en los espacios públicos, esas “ágoras” móviles que nos brindan el
reflejo real de esta sociedad cada vez más dinamitada en su criterio, por
decirlo de alguna manera, ya que la marea naranja se expande como la peste.
Claro, muchos guardianes de la moral y
adalides de la ética se preguntan cómo es posible que cunda la amnesia,
teniendo en cuenta que el tufo de la dictadura fujimorista es reciente. Cada
vez que me topo con esta clase de opiniones, añado un ladrillo a la certeza: la
clase pensante, las mujeres y hombres privilegiados de este país, no viven más
allá de sus pantallas líquidas.
No hay día en que no mire espantado la
escalada naranja en la población, con mayor razón ahora que carecemos de
figuras políticas que representen su antagonismo, no otra alternativa, porque
con el fujimorismo no hay que ir con opciones, sino con actitud clara y
frontal, tal y como debe enfrentarse a las mafias, a todo tipo de
conspiraciones.
Ya lo he dicho: el sentimiento
antifujimorista ha pecado de soberbio y la lleva sacando muy barata en las dos
últimas elecciones presidenciales. Los milagros pueden suceder hasta en dos ocasiones
seguidas, llegar a una tercera es abuso.
No habrá victoria alguna hasta que no
empiece a trabajarse en serio contra la amenaza que Kenji Fujimori significa
para el país. El menor de los Fujimori es la bestia a vencer por las fuerzas
democráticas, pero la batalla, entiéndase bien, no está en el discurso contra
él, sino en el paciente trabajo con la población (dudosos, nuevos electores),
que requiere de trabajo y muchísimo esfuerzo, detalles que no pocos
revolucionarios líquidos no están dispuestos a llevar a la práctica. Y no va
ser: si no hay feedback, no vale.
martes, agosto 29, 2017
la prosa: quintero
Una de las experiencias más
gratificantes que en calidad de lector he tenido en estos últimos meses, ha sido sumergirme en la
prosa del narrador venezolano Ednodio Quintero (Las Mesitas, 1947). Aunque
seamos justos y reforcemos la certeza: Quintero, gran prosista (aquí, la
calificación de “gran” no es reconocimiento, es solo mera descripción).
Lo dicho no es poco, y me alegra porque desde
hace algunos años la narrativa en español viene experimentando cambios de
rumbos, muchos de ellos forzados y algunos naturales en su honestidad. Al
respecto, se nos habla de tendencias, híbridos, andamiajes estructurales, hasta
de la necesidad de una escritura hacia adelante,
que no dudo en calificar de juegos discursivos en pared con las supuestas nuevas
sensibilidades del presente siglo. En esta especie de mentira, más de uno acaba
confundido, desde autores con obra atendible hasta aquellos que comienzan a
forjar poética. Ni hablar de la crítica de medios, que prefiere asegurar el veredicto,
asumiendo el extrañamiento como mérito literario. Obviamente, tenemos saludables
y genuinas excepciones, que el lector atento y con personalidad conoce, por
ello, incluyamos a Quintero en este selecto grupo.
Nuestro autor ha labrado su
reconocimiento gracias a su Prosa (en mayúscula). No nos referimos a una prosa
adornada, menos a una esclava de los vaivenes del efectismo. Por ahí no va,
porque la prosa del venezolano transita por la tersura y la sabiduría. En ella,
en apariencia, Quintero no parece mostrar nada nuevo, pero en esa carencia de
novedad accedemos a una experiencia límite: el estado sensorial en conflicto.
Hablamos de un conflicto proveniente de la calma oral, es decir, la sustancia
discursiva, que prepara al lector para la epifanía que depara Quintero: contar
lo imposible mediante una prosa alimentada de poesía y locura.
Esta es la impresión que nos deja su
última novela, El amor es más frío que la
muerte (Candaya, 2017), en donde el narrador protagonista, un hombre mayor,
realiza un recuento de su vida ni bien huye de un hospital para apestados.
Quintero relata una partida física hacia un paraíso, mas ese paraíso no es otro
que el enmarañado circuito de la memoria y del sueño. He allí la aparente
imposibilidad narrativa de la novela (hallar el lazo que permita el diálogo
entre las situaciones abiertas/reales e íntimas/oníricas), más aún cuando la
misma viene pautada por la linealidad discursiva. Ante ello, Quintero se abre
paso, en tranquilidad y sin pedir permiso a la narratología. En otras manos –no
importa cuán experimentadas se muestren– una novela como esta no hubiese
demorado en naufragar en la inverosimilitud, o si gustas, en la falsedad,
teniendo como boya de salvación alguna jugarreta estructural.
La realidad mimética, el mundo onírico,
la especulación, el testimonio y el desgarrador ajuste de cuentas del narrador
protagonista con los suyos y, ante todo, consigo mismo, confluyen en una
tramposa armonía y en un omnipresente aliento erótico. El narrador protagonista
lo cuenta todo (para más señas, es escritor) y cambia de registro sin hacer uso
de forzadas estrategias; además, en esta narración no hay lugar para la duda de
lo que se cuenta (lo sublime y lo escabroso adquieren un solo sentido), porque
nos damos cuenta de que lo relatado es solo pretexto para presenciar el
acontecimiento de estas páginas, que a estas alturas ya lo sabemos: la palabra
de Quintero.
Hemos indicado que la novela exhibe una
calmada oralidad, también hemos saludado su sabiduría, que calificamos de
iluminadora y corrosiva. Sin embargo, si rastreamos entre sus líneas, en la
prosa no vista, en la médula de su respiro, hallaremos su influencia mayor. En
este sentido, la trayectoria del autor lo posiciona como un estudioso de la
narrativa japonesa. Nos referimos a una tradición que ha hecho de la
observación y la reflexión las columnas de su radiactividad. Los resultados los
tenemos a la vista, Quintero ha asimilado esta tradición, convirtiéndola en la
base de la construcción de su escritura, el punto de partida para el festín
vesánico que transmite su poética, consiguiendo para el lector lo que pocos en
la actual narrativa en español y que podemos ver en toda su magnitud en esta
novela: un hechizo que impide el desprendimiento de sus páginas.
Querido lector: tienes que leer a este
gran prosista.
…
Publicado en SB
lunes, agosto 28, 2017
reediciones
Entre los libros de ficción peruanos de
los últimos meses, considero que un par de ellos vienen pasando desapercibidos.
Al respecto, pueda que mi percepción sea errónea.
Me refiero a dos reediciones: la novela (Ella) de Jennifer Thorndike, editada
por Debolsillo; y el cuentario Las islas
de Carlos Yushimito, por cuenta de Seix Barral.
Conozco muy bien este par de libros, el
primero lo presenté en sociedad en la FIL de 2012 y del segundo he escrito en
más de una ocasión en este blog. A ello, sumo que he podido contar con
Thorndike y Yushimito en las antologías de narrativa peruana última que he
trabajado.
Más allá de esta trivia, no niego la
curiosidad, puesto que en los últimos días estuve intercalando las respectivas
relecturas, que se vieron interrumpidas por culpa de buen un amigo, de esos
malévolos que uno estima tanto, que me preguntó cómo veo a la narrativa peruana
actual, y no contento con ello, remató su inquietud sobre qué década fue mejor,
“¿o esta o la anterior?”
Por eso, para tener una idea de nuestro
sinuoso presente –que se agudiza con la inevitable presencia de reseñistas pura
vida–, miremos hacia atrás, cosa que mediante este ejercicio de memoria podríamos
llegar a una noción de panorama, a una tentativa de lo que podría quedar. En
este sentido, la reedición de estos títulos confirma la proyección de Thorndike
y la consolidación de Yushimito, pero también revela un hecho, que señalo con
el respeto del caso: después de estas entregas, sus autores no han podido
superarlas. Pero tampoco hagamos drama de lo dicho, no se puede forjar una obra
a perdurar si es que la misma no es irregular en su camino.
Se entiende que ambas reediciones
benefician a sus autores (las respectivas casas editoriales aseguran una justa
distribución, que no es poco), en especial a Yushimito, porque LI ya parecía leyenda, título que con
algo de suerte se podía encontrar en librerías limeñas. Esta reedición nos pone
en bandeja al eximio estilista que es y también la razón en la que descansa su
prestigio. En cuanto a la novela de Thorndike, sus páginas nos brindan los
temas y, sobre todo, el nervio narrativo que jamás debió abandonar. Esta novela
no solo le trajo reconocimiento, también uno que otro inevitable detractor (olvidables
letraheridos, para variar).
Pues bien, relacionando estas
reediciones con las dos preguntas de mi malévolo amigo, podría responder que –salvo excepciones en nuestra breve historia
narrativa del Siglo XXI– estábamos mejor que ahora. He leído pocos cuentarios
peruanos del calibre de LI, del mismo
modo novelas peruanas que reflejen contundencia emocional y que se abran paso
sin apelar a forzadas interpretaciones teóricas, menos a estratégicas lecturas
feministas.
ocio
Ayer domingo me encontraba en la
pastelería Belgravia, quizá el espacio que me ha visto crecer, al menos desde los
ocho años. Esta pastelería –suerte de destino infantil/adolescente/juvenil
al que iba con mis amigos y compañeros del colegio, todos dulceros, menos yo,
que de dulces jamás he sido adicto– sigue manteniéndose fiel a la identidad de
su tradición, he allí pues la razón de su exitosa supervivencia. Los años no
pasan en vano y algunos cambios ha experimentado su local, sin duda, exigencias
de la llamada modernidad, pero esta no atenta su esencia. A saber, ahora hay
bancas fuera del local, cosa inimaginable en mis años escolares. Antes de pedir
mi pastel de acelga, ocupé una banca, prendí un pucho y contemplé la paz
dominguera de Arenales.
Pero esa paz dominguera se vio interrumpida
al recibir la llamada de una amiga, que, entre varias preguntas, se mostró
interesada por el final de temporada de GOT.
Le di una respuesta amable, pero en realidad mentí. No se trata de ver después
ese final, para que ello suceda, tendría que ponerme al día con todas sus
temporadas, o, mejor dicho, darles otra oportunidad. Para mi buena suerte, he
sabido aceptar que no sintonizo con ella. No, no creo que sea una cuestión
generacional, solo que mis ánimos no encuentran los lazos emocionales e intelectivos
que me permitan seguirla como sí millones en el mundo.
Lo que sí me tiene entusiasmado en este
asunto de las series, son los nuevos capítulos del policial galés Hinterland. Otra cosa, pues. Aquí la
experiencia visual requiere de un compromiso del espectador, con mayor razón
cuando la serie está inscrita en la tradición de las novelas policiales inglesas,
a ello indiquemos que cada episodio dura poco más de hora y media. Con estas
series sintonizo, de las otras paso, sin juzgar.
domingo, agosto 27, 2017
clausura
Por medio de la columna de Mirko Lauer
en La República, me entero de la destitución del periodista y escritor Raúl
Tola de la agregaduría cultural en España.
Como bien señala Lauer, quizá Tola pudo
ser un buen agregado cultural, además, en su momento hemos tenido a Ribeyro y
Zavaleta en estas funciones diplomáticas. Si la memoria inmediata no me falla,
recuerdo saludos y críticas en esta designación, en especial los señalamientos,
algo tan común en el circuito literario, en el que vemos a escritores capaces
de todo con tal de beneficiarse de los favores políticos (pienso en las
zalamerías que gozan los argolleros burocráticos del Ministerio de Cultura).
Pues bien, si hacemos un repaso periodístico de la trayectoria de Tola, notamos
en ella una coherencia en cuanto al asunto del fujimorismo. Desde esta
trinchera, saludo esa coherencia.
Por otra parte, hablamos también de un
asunto menor, porque referirnos a la cultura en este país, en cómo es percibida
por la clase política y la gran mayoría de la población, nos lleva a la triste
realidad de asumirla así. Pero también estamos ante una señal preocupante,
porque las presiones políticas en cuanto a esta designación, nos brindan una
idea de la cacería política que está dispuesta a realizar el fujimorismo contra
toda persona que consideren incómoda/enemiga. Pero tengamos en cuenta que lo
ocurrido con Tola es solo un renglón del capítulo que ya está escribiendo el
fujimorismo.
Bien sabe el lector informado, la
bancada naranja viene haciendo lo que le viene en gana en el Congreso, actitud
que se refuerza con los desaciertos del gobierno de PPK –al que más de un
idiota anhela su fracaso (vacancia)–, que guste o no, es el único poder
institucional con el que contamos para cuidar no solo el orden democrático,
sino también las pocas reservas morales que nos quedan como país.
A pocos meses del nuevo gobierno, hubo
un fuerte rumor en la población antifujimorista sobre la pertinencia de cerrar
o no el Congreso. Para nuestra “felicidad”, los hechos siguen testimoniando la gracia
naranja: hacerse fuerte por medio de la destrucción política y económica del
país. Por ello, esta población antifujimorista tendría que empezar a barajar la
idea (construir el discurso) de una
posible clausura congresal. No queda otra, así se piense en que la situación podría
cambiar, el ganado naranja tiene muy clara su misión. Solo hace falta leer un
poco, como revisar la Constitución, que para este tipo de conspiraciones ofrece
la salida si la estabilidad democrática corre peligro.
sábado, agosto 26, 2017
memoria dañada
En los últimos días las redes sociales y
los medios de comunicación se han visto invadidos por un debate en torno a la
muestra artística Resistencia visual 1992,
bajo la curaduría de Karen Bernedo en el Museo Lugar de la Memoria. Como suele
ocurrir, se habla hasta por gusto, pero no se parte del hecho medular:
presenciar la muestra. En este sentido, aproveché el horario nocturno del LUM –los
últimos viernes de cada mes– para ver la referida muestra y así constatar cuánta
verdad, exageración y desinformación están presentes en el debate.
En este sentido, estoy de acuerdo con lo
expuesto por el Ministro de Cultura Salvador del Solar: el LUM debe ser un
espacio de reflexión en el que tengan cabida todos los puntos de vista sobre los
años de la violencia política; sin embargo, me resulta imposible sintonizar con
sus torpezas políticas, como llamar al director del museo, Guillermo Nugent,
para pedirle explicaciones sobre la muestra en cuestión, quedando en evidencia
la presión política a la que se vio sometido. Ahora, Nugent no puede ser ajeno
a los señalamientos. Él sabía que las muestras del museo debían reflejar una
pluralidad (y aceptó esas condiciones cuando se le ratificó en el cargo), tal y
como podemos ver en las otras muestras que se desarrollan en paralelo a la que
nos convoca. Entonces, ¿qué pasó?, ¿acaso Nugent creyó que el discurso de
varias obras de RV1922 iba a pasar desapercibido?
Nugent no tuvo la más mínima voluntad de
sugerencia en cuanto a lo que se iba a exponer, y cuando me refiero a
sugerencia, no estamos hablando de censura. Como director de un importante
centro cultural debió pedirle a la curadura todas las manifestaciones posibles
para lo que iba a hacer (si en caso no se contaba con suficientes artistas,
bien pudo usarse material bibliográfico que reflejara en amplitud lo que
ocurrió en el país en 1922). ¿Tan complicado costaba ser plural?
Ahora, la falla evidente de la muestra. Y
lo digo con el respeto y el cariño que le tengo a Bernedo, con quién no
converso hace muchos años, y a la que siempre reconocí como una tenaz luchadora
social. Ocurre que no se puede negar una verdad: la presentación de RV1992 está divorciada de la calidad de
las otras salas. Uno se pregunta si una exposición así está a la altura de lo
que podríamos esperar de un museo como el LUM (si el presupuesto no era
suficiente, se pudo apelar al ingenio pautado por el buen gusto). Este es pues
su descuido mayor, del que también dan cuenta –fui testigo de ello en mi
visita– mujeres y hombres de distintas tiendas ideológicas.
Muchas cosas fallaron en seguidilla: el
poco manejo político de Del Solar, la irresponsabilidad política de Nugent (qué
bueno que haya renunciado, gestores así los necesitamos bien lejos de los
organismos estatales que trabajan con un tema tan sensible como la memoria, en
especial la inscrita en la violencia y que pasa revista a la masacre de miles
de peruanos) y el poco cuidado de Bernedo en la presentación de su muestra.
Estos horrores dañan a la Memoria
contemporánea peruana y de este daño se aprovecha la derecha ultramontana del
fujimorismo.
viernes, agosto 25, 2017
suceso político
Días atrás, mientras caminaba por el Jr.
Camaná, me puse a buscar libros. No se trataba de una búsqueda dirigida, menos
aún interesada, que considero la mejor manera de buscar libros. Para mí, esa es
la actitud que siempre tengo, y haciendo sumas y restas, creo que no me puedo
quejar. A esta suerte de búsqueda sin objetivo, debo añadir el ambiente tenso
que se sentía en las calles, esa extraña sensación de que en cualquier momento
puede ocurrir algo a razón de los miles de profesores que prácticamente viven en la Plaza San Martín.
Me fijé en la hora y aún tenía tiempo
para seguir en la no-búsqueda.
Entonces, en uno de los muchos galpones
de libros del jirón, vi el lomo de un ladrillo que no sé por qué no encuentro
en mi biblioteca, pero allí estaba ese título, quizá anacrónico en cuanto a
tema, lejano del interés político actual, y quizá también lejano del interés
político de cuando lo leí y que por alguna extraña razón he querido volver a
leer. Entonces lo compré. Hice caso al hormigueo nervioso del pecho, que se
muestra inquieto en los momentos de indecisión. Lo sabía bien, se trataba de un
libro relativamente fácil de ubicar, pero que a mí se me esquivaba desde casa.
Alguna vez, o seguramente en más de una
ocasión, he escrito en este blog sobre Manuel Vázquez Montalbán, de quien leí
todo lo que pude entre los 20 y 25 años. Compraba sus libros, del mismo modo
los leía de prestado o en bibliotecas. El libro: Y Dios entró en La Habana, que hermano con esa otra maravilla
titulada Marcos: el señor de los espejos.
Entonces, con mi nuevo ejemplar del
libro me dirigí al Domino de la Plaza San Martín. Una vez allí fui presa, tras
el pedido del espresso, de los recuerdos de las muchas reuniones que tuve en
ese café con Miguel Gutiérrez. Aunque no era un lector asiduo de Vázquez
Montalbán, a Gutiérrez le gustaba mucho su obra maestra, la novela Galíndez. Como bien saben sus lectores,
el tema político y sus aristas ejercían en él una fascinación especial, e
imposible no pensar en la política mientras observaba lo que sucedía en esos
precisos momentos en la plaza. El suceso
político, ahora a cuenta de los profesores, que tanto gustaban a Vázquez
Montalbán y Gutiérrez.
miércoles, agosto 23, 2017
evaluación
Mientras (re)leía Los niños, novela de la escritora colombiana Carolina Sanín, ubicado en una mesa esquinada de un café de Real
Plaza del Centro, no pude dejar de ver a algunos maestros que pasaban por
la zona de comida rápida del centro comercial. Imposible no prestarles atención, a razón de sus
pancartas y una bolsa de yute (al menos eso supuse por el color). De haber
podido, habría colaborado, pero entre los profesores y yo había poco más de 50
metros de distancia y casi 10 metros de altura. Igual, ayudé, pero minutos después, ya en la Plaza San
Martín.
Seguía en la novela y tomaba notas de ella. Además, mi presencia en el Sarcletti obedecía a
una fuerza mayor: la hora punta. Como no tengo paciencia para el tráfico de la
ciudad, suelo entrar a cafés y restaurantes, bajo la sana idea de aprovechar el
tiempo y no sentir que me pudro en vida, sea en transporte público o
privado.
Al rato, decido dirigirme a la plaza, en donde me encontraría con una amiga que iba a realizar algunas fotografías de
los profesores reunidos allí. En el trayecto creí conveniente
revisar algunas noticias. Y eso fue lo que hice, me puse al día tras muchas
horas dedicadas a la edición y la reescritura. Entonces, con lo leído
más el respectivo cruce de información, supe de los requerimientos de los profesores, pero uno de ellos resulta imposible cumplir, menos negociar: la evaluación a la que deben ser sometidos.
Pues bien, tampoco me fío de los dictados de la prensa, últimamente llena
de pulpines idiotas en vez de periodistas de raza y convicción. Al llegar a la Plaza hablé con los profesores, los escuché y, en
especial, les pregunté si era cierto o no sobre su negativa a ser evaluados periódicamente.
Lamentablemente, no están dispuestos a ser evaluados. Pero también es cierto que muchos de ellos no son dueños de una información detallada sobre su problemática, solo hacen caso a sus líderes, que para incitar a la violencia e insultar sí son eficaces. Basta escuchar a estos líderes para saber que detrás de tanta protesta hay otros fines.
Lamentablemente, no están dispuestos a ser evaluados. Pero también es cierto que muchos de ellos no son dueños de una información detallada sobre su problemática, solo hacen caso a sus líderes, que para incitar a la violencia e insultar sí son eficaces. Basta escuchar a estos líderes para saber que detrás de tanta protesta hay otros fines.
martes, agosto 22, 2017
aclaración / "lpi"
Cuando el Blogger reseña un libro que
nadie quiere reseñar.
*
Pero antes de la reseña, algunas
aclaraciones necesarias, cosa que nos situamos en el espacio-tiempo-histórico
del post:
El autor de la novela a comentar no es
para nada santo de mi devoción y yo tampoco lo soy para él. Entre las no pocas diferencias, una esencial: yo no practico el oscuro arte del bombardeo virtual a
los amigos y conocidos en común: mensajes de Inbox, mails y cuanta maravilla
exista del sentimiento menor (“¿por qué presenta tu libro?”, “no deberías ir a
las charlas que organiza”, “¿cómo es posible que lo tomen en cuenta en eventos
importantes?”, et al). Si el aludido quiere pruebas, pues que las pida, cosa
que permito que eso suceda.
Por otra parte, cada vez que me he
referido a él, lo he dicho en este espacio, y la opinión ha sido la misma fuera
de los terrenos líquidos. Y si alguna vez se ha sentido ofendido por llamarlo
“Chibolín” o “Chiboliné du France”, pues las disculpas del caso. De él depende
que no lo vuelva a llamar “Chibolín” o “Chiboliné du France”.
Ahora, el autor sabe que los libros, una
vez publicados, toman sus propios caminos. No vale forzar su valoración –cosa
distinta a su presencia (entrevistas y notas promocionales)– porque los lectores no son
idiotas, se dan cuenta. En el caso de su novela, todo indica que la lectoría ya
sentenció: no se ha vendido como esperaba.
Pero así la novela sea un fracaso en
ventas, ello no debe impedir su comentario. No lo vamos a negar: el reseñismo local
ha pecado de mezquino, puesto que se trataba de una novela a valorar, así sea buena o
mala. Razón no falta: su autor es dueño de una trayectoria imposible de obviar.
Hasta aquí, las aclaraciones.
Lo leído no es parte de la reseña.
No te perihuevees.
*
Empecemos: La procesión infinita (Anagrama, 2017) es un buen reflejo del
dominio de su autor en el ejercicio narrativo. En este sentido, poco o nada habría
que objetar a su estructura, menos a su argumento, lo que beneficia al lector
(no necesariamente uno entrenado), porque es partícipe de una lectura rápida.
Sin embargo, sabemos que la lectura rápida de un libro de ficción no
necesariamente nos lleva a la experiencia literaria.
Y eso es precisamente lo que le falta a LPI: sustancia literaria, o llámalo
epifanía.
Estamos ante una novela compleja que
falla en su tratamiento. En este punto, señalemos como su mayor lastre su
forzado discurso político, que en lugar de apelar a la metáfora, hace uso de
una directa presentación de la historia política peruana última, en especial, a
las secuelas dejadas por la dictadura fujimorista. Bien sabemos que el discurso
político ha estado presente en los últimos años en nuestra novelística, con
resultados para todos los gustos.
En no pocos tramos, LPI nos depara la impresión de estar asistiendo a una clase
acelerada de historia política contemporánea. Si el autor hubiese administrado
bien la furia de la denuncia política, y vaya que lo pudo conseguir con sus
protagonistas Francisco y “El Chato”, en las referencias sobre Cayetana Herencia
y también por medio del curioso Pocho Tenebroso, quizá estaríamos ante una
novela al menos aceptable.
En estas páginas hay furia, pero no
furia bajo la sombra literaria. La novela, además, cae en los pantanos de la
inverosimilitud, cosa que sorprende en un autor que ha hecho de la calle un
mundo que domina (lo intuimos a cuenta de sus declaraciones). Una pequeña
muestra: llamar Av. 9 de Julio a la histórica Av. Paseo Colón (no hay que fiarse
de Google Maps). Partiendo de este ejemplo, al que sumamos el ya señalado
forzado discurso político y la plástica configuración moral de sus dos
personajes centrales, podemos tener sospechas razonables sobre la pretensión
del libro: que fue escrito para un público no peruano. Al respecto, me es
imposible no pensar en algunas novelas peruanas que dialogan con LPI en política y violencia, mas estas
supieron mantenerse fiel a la realidad de su contexto, novelas que también han
sido editadas y saludadas en el extranjero, como Grandes miradas de Alonso Cueto, Generación Cochebomba de Martín Roldán Ruiz y Los niños muertos de Richard Parra.
Indiquemos que sus errores/horrores
suceden hasta poco más de la mitad. Es necesario consignar esta información,
porque a partir de allí la novela transita por una calmada furia por la que
considero debió empezar. De esta manera, hubiésemos apreciado su influencia
mayor, Los detectives salvajes de
Roberto Bolaño (ver los pasajes sobre los escritores peruanos residentes en
Francia y la visión coral de la novela, entre los lazos más visibles), no
hubiésemos tenido problemas con los microcosmos emocionales en conflicto de
Francisco y “El chato”, hubiésemos asimilado lo relatado sobre el legado moral
del fujimorismo, y claro, hubiésemos considerado el peculiar caudal verbal de
Pocho Tenebroso.
Expliquemos mejor lo que pasó, en
términos futbolísticos: un partido entre los equipos A y B. Comienza el
partido. El equipo A se lanza al ataque de su par B. Este equipo adelanta sus
líneas, quiere asegurar el partido antes del primer cuarto de hora. Para tal
fin, lleva a cabo un brutal despliegue físico, pero sin orden, sin estrategia;
entonces el equipo B, a ritmo de entrenamiento, aprovecha los espacios dejados
por A… Acaece lo inevitable: las pepas de B: 1, 2, 3, 4, 5 y 6. Para el segundo
tiempo, el equipo A sale más calmado. Sus jugadores saben que es posible el
milagro. “Por algo esto es fútbol”. Dominan el juego, pero están lejos de
anotar el gol de honor. Pitazo final.
Dueño de una obra compuesta por dos
cuentarios, un ensayo (Copé, 2016) y tres novelas, que pueden o no gustar a los
lectores, el libro de ficción que nos convoca significa para este escritor el más flojo de su
trayectoria.
Y para acabar, en este post le sugiero el
camino a seguir en sus próximos libros de ficción. Ojalá haga caso.
sábado, agosto 19, 2017
madurez y oficio
Entre los libros de ficción que me deja
la última edición de la FIL, uno llamó gratamente mi atención: el cuentario Incorruptos (Montacerdos, 2016), de la
crítica y escritora chilena Carolina Melys.
Su lectura –lo pueden intuir los
seguidores del blog– me confirma el buen momento que atraviesa la narrativa
chilena, cosa que me alegra porque pensaba que el asunto corría el riesgo de
experimentar una natural desaceleración. A diferencia de otros libros de
ficción chilenos, percibo en la autora no solo seriedad de oficio, sino también
madurez, que se reflejan en la fuerza de su tema y en la funcionalidad de su estilo.
Obviamente, no hablo de un libro
perfecto, sin embargo, todos sus cuentos exhiben un nivel a celebrar. De los
cinco cuentos (Las historias que nos
contamos, Fragmentos de una higiene
doméstica, Uniformes, Como un rey y el que titula la publicación),
hallamos dos que sobresalen, el primero y el último, destaquemos del mismo modo
el tercero.
Si hay un tema (literal y metafórico)
que viene siendo muy abordado en la narrativa latinoamericana actual, ese tema
es precisamente el de la muerte. En este sentido, Melys lo aborda desde la
condición de la enfermedad, el cáncer, que vemos en todo su esplendor en los
cuentos que acabamos de celebrar. En el primero, el duro viaje interior de la
despedida y en el segundo el reconocimiento, ambos en relación a la figura del
padre. En Fragmentos… y Como un rey, la autora nos brinda un
acercamiento a las secuelas de la dictadura de su país, mas hubiésemos
preferido un desarrollo más extenso a cuenta de que sentimos que los argumentos
pecan en la ansiedad de su cierre; cuestión aparte, quizá algo ajeno del hilo
temático del conjunto, Uniformes se
nos revela como un fresco de la adolescencia noventera, en donde el hecho de parecer no solo es el camino a la
aceptación colectiva, sino que acarrea duras consecuencias, tal y como lo vemos
en la adolescente mormona que protagoniza el cuento.
Líneas atrás indicamos que Melys exhibe
madurez, cualidad que no podemos dejar de saludar en un primer libro. Más allá
de sus evidentes logros literarios que ubican desde ya a su autora en la órbita
de la justificada expectativa, también se desprende de la publicación un
mensaje a considerar para los (muchos) autores que quieren publicar ya: no caer
en la desesperación, los libros salen cuando tienen que salir.
viernes, agosto 18, 2017
vanidad
Hoy en la mañana, caminaba hacia San
Borja, en dirección a la BNP. No recuerdo si fumaba, pero mis pasos eran lentos
y deseaba cuanto antes no pocas tazas de café. A medida que me acercaba a la
BNP, por la Av. De la Poesía, de la nada hace su aparición, saltito mediante,
Agustín, quien a lo mejor estaba escondido detrás del frondoso arbusto ubicado
al lado de la caseta de parqueo de bicicletas.
Agustín me saluda emocionado, como si
nunca me hubiese visto; quizá su actitud era una manera de lavarse la cara
luego de días de esmerada práctica como comentarista en este blog. No le digo
nada, no tiene sentido llamarle la atención, además, como reza el dicho: no
todos han tenido tu suerte.
Pese a sus desvíos emocionales,
reconozco cierta inteligencia en este joven de alma avejentada. Por ello, dejo
que me acompañe y él aprovecha en hacerme una pregunta: ¿por qué muchos escritores peruanos
dicen que no existe crítica literaria en nuestro medio?
Su pregunta se asocia a ciertas
impresiones escuchadas también por mí en las últimas semanas. Entonces, presto
atención a su inquietud y enciendo un cigarro. Agustín se manifiesta expectante
ante mi respuesta, pero esta no es para nada abstracta, puesto que la queja nace de la fuente
de todos los males: la vanidad,
o la vanidad dañada.
Más allá de la calidad/deficiencia de la
crítica (eso lo podemos abordar en otro post), a los escritores les gusta aparecer reseñados. Lo peor que le puede
pasar a un escritor es no ser tomado en cuenta. No existir es peor que una
reseña negativa. A partir de esa realidad
se tejen las más risueñas conspiraciones o, como viene ocurriendo, la puesta en
escena de una coreografía de relaciones. En este juego de vanidades no hay filtro:
puede ser partícipe el escritor más discreto, como aquel que es premiado y
reconocido. Por esa razón, somos testigos de efímeros aparatos críticos,
también de escándalos sociales causados por el letraherido que siente que
merece una porción más grande de torta (¿de qué me vale ser premiado si nadie
me empelota?, se lamentan). Y los más arriesgados, carcomidos por la impotencia
causada por el ninguneo, se quejan de su poca resonancia ante los mismos editores
de los medios.
El buen Agustín queda en silencio,
cubriéndose el rostro.
Así es, rareza, esta es una cuestión de
vanidad. Podría explicarte más, pero ya tengo que entrar y debo regresar a casa
en unas horas, pero si gustas, otro día quedamos y seguimos hablando, le digo.
Agustín salta de alegría y me pregunta qué otro día vendré a la BNP. No estoy
seguro, a veces dejando un día, aunque por lo general vengo a diario. Solo te
pido que no me asustes, de la nada apareciste haciendo ese saltito. Pero antes
de irme, tengo una curiosidad: ¿estabas detrás del arbusto ubicado al lado de
la caseta de parqueo de bicicletas, no? Agustín baja la mirada, respira hondo y
se franquea: no, estaba detrás del tacho de basura, ubicado al lado del baño
químico.
jueves, agosto 17, 2017
espiral de palabras
La algarabía que viene generando la
narrativa peruana en los últimos años —de la que somos testigos mediante una
variopinta gama de discursos, como los entusiastas, los veraces y los
demagógicos— ha opacado la atención sobre la poesía que se viene escribiendo. Asistimos
a una suerte de eclipse que no solo afecta a las nuevas voces, sino también a
autores con trayectoria. Claro, se dirá que la narrativa siempre ha gozado de
mayor luz que la poesía, pero pensar así es ceñirnos a la realidad
distorsionada de que el libro solo se justifica en su condición de mercancía. Peor:
es darle la espalda a la tradición literaria peruana, cuya riqueza le debe
absolutamente todo a su poesía. En esta desatención podemos hallar a varios (¿involuntarios?)
responsables, en este sentido, me es imposible no pensar en la prensa cultural,
atontada y extasiada con la novedad narrativa.
Los lectores de poesía peruana hemos
venido percibiendo que algo ha estado
ocurriendo en los últimos tres lustros. Sobre lo que ha venido ocurriendo se ha
especulado mucho, pero quien escribe prefiere ver la situación como un
necesario silencio en el que se han reforzado poéticas, como también la
desaparición de algunas. Lo peor que le puede pasar a un poeta no es ser un mal
poeta (la ley se aplica a todos: nada está dicho hasta que te mueras), sino
enfrentarse al horror de la verdad: que la práctica poética jamás fue lo suyo.
A inicios de año publiqué mi recuento
literario de 2016, en él escribí lo siguiente:
“Pero algo ocurrió este año, algo que hará callarse por muy buen rato a
los críticos de la poesía peruana última (me incluyo), algo que no deberíamos calificar de milagro, mucho menos de suerte,
porque ni la suerte ni los milagros suceden en conjunto. En este sentido, hago
un llamado a preservar en nuestra memoria este 2016 como un año en que los
nuevos poetas se sacudieron de la mediocridad y de la posería escénica. Se
concentraron en lo que importa: sus textos.”
Cuando hablamos de nueva poesía peruana,
nos referimos a la escrita y publicada a partir del 2000. En este arco de
tiempo hemos visto de todo. Fuimos testigos de contadas consolidaciones, pero no
pudimos ser ajenos a los espectáculos del parecer
poeta, que terminó distrayéndonos de la verdaderos poetas. Ante ello, la
obra poética de Paul Forsyth ha sabido mantenerse al margen del parecer, y bajo este cuidado nos ha presentado
siete poemarios que lo ubican, en especial desde su tercer título El oscuro pasajero (2012), entre las voces
poéticas más atendibles. El camino no ha sido fácil, percibimos en su escritura
una exploración con el lenguaje pautada por el nervio expresivo, ejercicio que
lo ha llevado a logros y a la vez a la irregularidad por exceso, pero la
irregularidad es el precio a pagar cuando se busca la fuerza y verdad en poesía.
Al respecto, pensemos en Anatomía de
Terpsícore (2014), título bisagra que nos señala los caminos que el poeta
no volverá a transitar.
Por ello, tras leer su última entrega, El sendero del irivenir (Celacanto,
2017), nos queda muy claro que Forsyth no solo ha escrito su mejor libro, sino
también uno de los más contundentes de la poesía peruana del presente siglo.
Razones no faltan: asistimos a una festividad de la palabra en aliento a locura
y experiencia sensorial límite (tengamos en cuenta que el título pertenece al
tercer volumen de la trilogía Los colores
invisibles de César Calvo, que inició con la conocida novela Las tres mitades de Ino Moxo).
Dividido en El desierto en silencio, La
frecuencia del relámpago, La diosa
blanca y El oasis bajo la lluvia,
el presente poemario se manifiesta como un solo poema atravesado en cuatro
direcciones temáticas, que nos guían hacia un lisérgico follaje de palabras que
se conducen a la esencia presente/ausente de sus cuatro cruces, que nos hacen
partícipes de una experiencia polarizada: la desesperación verbal y su calma. Solo
de esta manera el autor consigue lo que busca: la revelación del poema. Para
tal fin, el poeta no duda en potenciar los registros que domina, sometiendo a
cuestionamiento su tradición poética personal. En esta actitud detectamos las
potenciales influencias de los norteamericanos Robert Creeley y Charles Olson.
Lo que en sus anteriores entregas el
exceso verbal era un señalamiento, aquí su explosión se erige en la
contundencia de su virtud. Como ya indicamos, Forsyth parte de su limitación:
saber qué camino no frecuentar. En esa limitación encuentra su cima expresiva. Las
objeciones (cuándo no el terreno de la subjetividad) a este libro quedan de lado,
y las preguntas se presentan en cuanto a lo que Forsyth hará en el futuro,
mientras tanto haríamos bien en destruirnos (y también salvarnos) en estas
páginas.
…
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miércoles, agosto 16, 2017
un libro de 1997
Caminaba tranquilo, fumando un pucho,
rumbo a Sarcletti, en donde me encontraría con un buen amigo para hablar de lo
que siempre hablamos: poesía, música y antifeminismo.
Pero en el trayecto recordé que no
recordaba cuándo caducaba mi carné de investigador de la BNP. Como entre la BNP
y el café había no más de 300 metros de distancia, decidí hacer la renovación,
aprovechando que aún tenía tiempo, además, suponía que la renovación del carné
no iba a demandarme más de diez minutos.
Aunque demoré poco más de quince minutos
para la bendita renovación, apuré el paso hacia el café, en donde ya se
encontraba mi pata, me entregó una antología de poesía de reciente publicación
y un cuentario que ya había leído años atrás, en 2002 si no me equivoco, en una
acelerada tarde de marzo en el entonces local central de la BNP. No era un
libro del todo esquivo, conocía amigos que lo tenían, pero cuando tuve
oportunidad de comprarlo, algo
ocurrió, pasé de largo bajo la idea de que lo compraría al día siguiente, pero
cuando regresé, el libro ya no estaba y lo busqué durante años.
Como indiqué, hay libros que son
esquivos y pese a tener la reedición de 2008 de Matalamanga, siempre quise
tener la edición de 1997, de Australis.
Bien lo deduce el lector informado y
memorioso, me refiero a Un único desierto
de Enrique Prochazka. Releeré el libro en lo queda de la madrugada y lo más
probable es que escriba de él en los próximos días. Pues bien, mientras
conversaba con mi pata, miraba la portada que tenía al lado de la(s) taza(s) de
café, quizá bajo el temor de no hacer un mal movimiento y manche con café la
sobria portada del libro. No sería la primera vez que me ocurren esta clase de torpezas, por ello, puse
sobre el libro la antología de poesía, cuyo prólogo me promete una malsana
diversión. Ya les cuento.
martes, agosto 15, 2017
hora de pronunciarse
Muchos amigos y conocidos me preguntan
por mis críticas a la izquierda letrada de este país. Los más elementales
consideran que me dejo guiar por mis ímpetus y broncas con ciertos
personajillos de la zurda del circuito literario.
Ya lo he dicho, si la izquierda en este
país fuera normal, no tendría problema alguno en simpatizar con ella. Pero
nuestra izquierda letrada es demasiado posera y cínica, presa de una superioridad
moral que la tiñe de estratégico desentendimiento si de aceptar sus errores se trata. Algunos
de estos errores bien podrían tirar por los suelos la proclama de sus
principios, errores que la derecha aprovechará para justificar sus serios
señalamientos hacia esta izquierda letrada que no se sacude de la demagogia.
Por ello, si esta izquierda aún no dice
nada sobre su apoyo a Ollanta, en quien, como sabemos, recaen sospechas
razonables sobre violación de derechos humanos, al menos que diga algo al
respecto sobre la situación en Venezuela.
Claro, los que se la llevan fácil dirán
que lo de Maduro es un tema que no les compete. Ceñirse a ese criterio –que
tiene más de criollada discursiva que de razón– no es más que negar una cercana
evidencia: miles de venezolanos que vienen a Perú en pos de un futuro mejor.
La izquierda también tiene sus dictaduras
y contra ellas tiene que pronunciarse su llamada reserva moral, a menos que sus
líderes guarden hacia ellas algo más que forzadas simpatías ideológicas. Lo que
hizo la dictadura chavista fue comprar las consciencias de sus líderes
latinoamericanos mediante pingues donaciones. Lo intuíamos y ahora lo sabemos.
En este sentido, Salomón Lerner Ghitis
hace bien en pedir a la lideresa Verónika Mendoza un pronunciamiento firme ante
lo que viene deshaciendo/destruyendo Maduro en Venezuela. Aparte de haber
llevado a cabo semanas atrás una elección puesta en entredicho por los veedores
internacionales, la gracia de este dictador de seguir en el poder viene
generando un altísimo costo en vidas humanas (la mayoría de jóvenes). Ni hablar
de la crisis económica que viene sufriendo ese país, lo que nos suena muy raro tratándose de uno sumamente rico.
Mendoza no puede perder
tanto por tan poco. Puedo estar o no de acuerdo con sus planteamientos
económicos que expuso en la pasada campaña electoral, pero perder lo avanzado
por ceguera ideológica –no por carácter, porque si hay algo que le sobra a esta
mujer es precisamente carácter– es por demás estúpido, porque abrigo la esperanza de que es eso:
ceguera ideológica y no un anticucho en una cuenta bancaria que desde Caracas nos den
señas de su existencia si en caso ella llegara a pronunciarse contra esta dictadura
tropical.
lunes, agosto 14, 2017
reseñismo pura vida
Lo digo en buena onda, a ver si
empezamos a cambiar un poco.
*
Desde que tengo conocimiento, el
reseñismo literario practicado en medios siempre ha estado en crisis. Al
respecto, se ha reflexionado mucho sobre la idoneidad de quienes lo deberían
ejercer, y en parte se tiene razón cuando se reclama por críticos de oficio.
Sin embargo, habría que recordar que muchos críticos provenientes de la
academia no han sabido proyectar en el lector lo que se esperaba (descriptivos,
aburridos, demagogos y, en algunos casos, amigueros), al punto que —salvo excepciones
como Abelardo Oquendo— ya no se les extraña.
Se supone que el reseñismo tiene que
mostrar la voz y la personalidad de su juez de turno, así estemos o no de
acuerdo con sus juicios, más aún en estos tiempos en los que el reseñismo local
ha tocado fondo: convertido en una rama promocional de las grandes editoriales
y, eventualmente, de los sellos independientes.
No sorprende, estamos siendo testigos
del miedo a la emisión del juicio valorativo. Pienso en la sección Don Lucho
Review of Books a cargo de Pedro Escribano en La República; en la incoherencia de Juan Carlos Fangacio en El Comercio (¿descripción y señalamiento
a novelas que no le gustan y descripción y saluditos a novelas malas/mediocres?); imposible olvidar los obsequios
semanales que nos deparaba un ejército académico en Exitosa: reseñas que exhibían el compadrismo de los textos de
presentación. Pienso también en Dante Trujillo, eficiente lector y muy buen
editor (me consta). Los lectores de su página en Somos no esperan de él la pepa
libresca, sino una opinión más elaborada sobre la misma, que puede lograrse en pocos
caracteres (nos hayan parecido o no sus opiniones, recordemos lo que hacía
Oquendo en un espacio reducido).
El reseñista tiene una responsabilidad
moral con el lector y con nadie más. Este no debe jugar en pared con la
tentadora aceptación, como lamentablemente somos testigos en las redes
sociales. El reseñista está llamado a ser una presencia incómoda, un
pinchaglobos, no un aliado de ocasión. Ya lo dijo el crítico mexicano
Christopher Domínguez Michael: “hay que tener la piel dura porque la mitad de
la sociedad literaria te detesta y la otra mitad te quiere mucho, si te gusta
caerle bien a todo el mundo, pues esto no es lo tuyo.”
domingo, agosto 13, 2017
de reparto
La venía postergando, pero decidí verla
a razón de una buena amiga que siempre acierta con sus recomendaciones. Lo que escuchaba
y leía de la serie Ozark (2017),
valía conocerla de inmediato, mas no podía porque estaba viendo otras series,
como revisitando algunas películas de Paul Mazursky.
Creí que la vería a ritmo de siempre:
dos capítulos por día. Pero como la ansiedad es uno de mis males característicos,
miré de corrido sus diez capítulos, en maratónica sesión –de noche y madrugada–
que valió la pena.
De las muchas cosas que me gustaron de
la serie, más allá de su tema medular del lavado de dinero (en verdad, este
post da para otro mucho más largo), queda en mi retina la galería de sus
personajes secundarios. Al respecto, mientras desfilaban el agente del FBI Roy
Petty (Jason Butler Harner), la joven, peligrosa e inteligente Ruth Langmore
(Julia Garner) y la desconfiada y tan llena de carácter Rachel (Jordana Spiro),
pensaba en la rica tradición de actores de reparto que exhibe la industria
gringa. Es cierto, habría que hacer eco de los años de oro de la series, pero
esta celebración no sería lo que es sin esos actores y actrices que dan vida a
personajes en los que se sostienen no solo los personajes principales, también el
tronco argumental.
Pensaba en estos tres personajes de Ozark. Y me preguntaba por qué el asunto
del lavado de dinero no es explorado en nuestro contexto (sea en series,
películas y novelas), tan rico en esta clase de maravillas para la ficción. Me
lo pregunté y se lo comenté a mi amiga, pero también la respuesta inmediata a
esta situación no es menos que apabullante: nuestros creadores no están
pensando en la Historia. Piensan en la forma y la experimentación, y los que
piensan en la Historia, lo hacen de forma barata y efectista, acicateados por
los resultados pecuniarios inmediatos. A esto sumemos el desconocimiento de una
tradición (literaria o visual) que los lleve a ubicar a los personajes
secundarios, es decir, si ni siquiera pueden ubicarlos, no nos extrañe la
incapacidad para configurarlos. Un personaje secundario bien perfilado resulta
más importante que el principal, lo dice el manual. Venimos, pues, desaprovechando
por desconocimiento e intereses snobs el crisol de historias que nos ofrece
precisamente la calle.
sábado, agosto 12, 2017
profesores
Para los que fuimos adolescentes en la
década del noventa, lo que estamos viendo en los últimos días en la Plaza San
Martín es una versión pacífica de las reuniones que sucedían allí. No recuerdo
el año con exactitud, pero sí que los alumnos de los colegios nacionales
estuvieron a nada de perder el año escolar. Aunque los reclamos de ahora son en
parte justos y otros sencillamente innegociables, los perjudicados son los mismos
de siempre, los alumnos, la mayoría del interior del país.
Ante esta posible catástrofe, he
leído/visto un sin número de estupideces que vienen encendiendo los ánimos en
los patios de recreo de las redes sociales. Para ciertas mentes la “solución”
más “celebrada” sea la de capacitar a los profesionales de otras carreras para
que puedan, en situaciones así, entrar al rescate de los miles de alumnos
perjudicados. Quienes han propuesto esta barbaridad vienen recibiendo los más
justificados ajusticiamientos virtuales, cosa que me alegra.
Capacitar a profesionales, como reserva,
no es la solución. Más bien, la solución siempre ha estado a la mano, solo que en
este país ya no sabe dialogar. En este caso nos hallamos ante bandos de poder
que han hecho de la tolerancia y el diálogo sus banderas de promoción. Ahora
vemos dónde quedan esas banderas, a qué intereses políticos, económicos e
ideológicos obedecen.
Anoche me encontraba por Miraflores, compré
en una librería un par de libros de Fernando del Paso. Cuando me disponía a
regresar a casa, me despedí de mi amiga que me acompañó en esta breve cacería
libresca y decidí ir al Centro. Para mi buena suerte, llegué rápido y me alegra
que haya sido así, porque lo vi fue una muestra festiva del reclamo, pautado
por cánticos y danzas. Claro, era la algarabía después de muchas horas de arengas.
La plaza también estaba poblada por carretillas de comida y venezolanos que
vendían café y arepas.
Hablé un rato con algunos profesores,
les pregunté lo que tenía pensado preguntarles. Estaban los que buscaban el
diálogo, los infaltables revoltosos de la ceguera ideológica y los ociosos que
se hacen llamar profesores. Para bien, los del primer grupo eran más.
miércoles, agosto 09, 2017
Gregorio Martínez, la carnalidad de la prosa
La partida de Gregorio Martínez viene
confirmar, una vez más, el inminente relevo en el que se encuentra la narrativa
peruana. No estamos en un relevo natural, sino ante uno forzado e inesperado,
manifestado en una seguidilla de ausencias de nombres medulares para la
tradición narrativa de los últimos
cuarenta años. En el caso de Martínez, se trataba de un autor de quien no
sabíamos mucho, bueno, sabíamos lo que teníamos que saber de él: era dueño de
una obra muy apreciada. Como ya se viene indicando en medios, uno de los mayores
logros del autor fue convertir en experiencia literaria la oralidad afroperuana
de la costa. Sin embargo, lo que siempre me gustó de él fue su administración
de la mirada vital, el talento para escribir y la erudición, que en su
confluencia nos convirtieron en agasajados partícipes de una naturalidad
discursiva que descansaba en la verdad de la transmisión.
Sin duda, y en toda justicia, muchos
escritores que lo conocieron darán cuenta de sus dotes humanas. Ante ello,
prefiero repasar lo que pensaba/pienso de Martínez y su obra, porque al igual
que yo, son muchos los que llegamos a saber de sus libros mediante la
recomendación de terceros. Tampoco hablamos de un autor marginal, porque se podía
estar informado sobre sus publicaciones ya sea por diarios y revistas.
Para un entonces joven lector interesado
en narrativa peruana, había transitar por caminos seguros, partiendo de los autores
canónicos e ingresar sin sentimientos culposos a los autores que podían exhibir
una proyección. Supe de Gregorio Martínez gracias a una referencia que hizo
Antonio Gálvez Ronceros en el Taller de Narrativa que dirigía en San Marcos.
Aquella noche, tras leer el cuento de un aspirante a escritor, GR le sugirió
que leyera el cuentario Tierra de
caléndula. No sé si el aspirante hizo suyo el consejo, pero yo sí, puesto
que en esos años noventeros apuntaba todas las referencias bibliográficas
posibles y me lanzaba a la cacería de ellas. No fue difícil leer ese libro,
porque lo pedí prestado de una biblioteca que se respetaba como tal.
A partir de entonces, pasé a recorrer su
bibliografía, que no era extensa. A saber, leí La gloria del piturrín y otros cuentos del amor, Crónica de músicos y diablos y Canto de sirena. Tras estas lecturas, supe
que Martínez no sería una referencia a seguir en mi condición de indeciso interesado
en la escritura. No quiero decir que no conectara con su poética, por el
contrario, me sentía muy atraído por ella a razón de su sabiduría y su pulsión
vital, esa suerte de celebración del erotismo en la esencia de la prosa. Me di
cuenta de que Martínez no sería un autor del que pudiera aprovechar un
magisterio narrativo, pero poco o nada me importaba el magisterio a fin de
cuentas. Me bastaba y sobraba con leerlo para llegar al estado orgásmico de la
lectura.
Años después leí Biblia de Huarango, Cuatro
cuentos eróticos de Acarí, Libros de
los espejos. Siete ensayos al filo del catre y Abracadabra. Tanto la ficción y la ensayística de Martínez
compartían varios elementos en común, no detectaba divorcios temáticos, ni
variaciones de estilo, y más de una vez barajé la remota sospecha de que el
cambio de registro venía avalado por la manera en que las editoriales
presentaban sus libros. Por ello, lo que siempre he creído es que Martínez no
estaba del todo preocupado por los registros a abordar, entonces se deduce que
lo suyo era la carnalidad de la prosa. Esto nos permite explicarnos la calidad
de su literatura hasta en sus contados títulos irregulares.
Por otra parte, Martínez se me presentaba
como un autor de armas tomar. Recuerdo sus intervenciones en la sonada polémica
entre escritores andinos y criollos, también en los encendidos comentarios que
suscitó la publicación de su Copé de Ensayo Abracadabra.
A estas alturas, no quiero detallar si Martínez tuvo o no razón en estas
batallas discursivas, pero había que ser de piedra o carecer de alma para no
haberse sentido tocado por su jodida
lengua de acero, cargada de barrio, ironía, humor corrosivo e inteligencia.
Martínez mereció más reconocimiento, es
decir, su obra no tenía sentido alguno en el estrecho círculo de conocedores
que la condenaron a las miradas antropológicas y sociológicas. En un circuito
cultural normal, Martínez hubiese
sido un clásico, cuyos cuentos y leyendas formarían parte del imaginario
popular, imaginario que no necesariamente debía conocer sus señas personales. Este
habría sido el mayor reconocimiento para Martínez.
Y siguiendo la idea expuesta en el primer
párrafo, la muerte de nuestro autor vuelve a poner en alto relieve al Grupo
Narración, como cantera política, ideológica y literaria. Crucemos información,
veamos sus nombres, leamos sus títulos y juzguemos. Si Narración es lo mejor
que le ha pasado a la narrativa peruana contemporánea, se debe a los proyectos
narrativos de sus integrantes, pensemos en Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez, y
ahora en Gregorio Martínez.
…
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martes, agosto 08, 2017
en otro lado
Mientras acababa mi jugo de mandarina y
granadilla, pensaba en lo que dejó la pasada edición de la FIL. Al respecto, no
hay mucho que pensar, porque ha sido la mejor edición en la historia de la CPL.
Negarlo, aparte de efectista, es también mentir. Lo dicho no se ajusta a un posible
éxito de ventas, tampoco a razón de la asistencia de público, aspectos muy
relativos y que solo los ases de las calculadoras asumen como determinantes al
momento de dictaminar sus logros y fracasos.
Felizmente, yo me fijo en lo que ofreció
la FIL como espacio cultural, destacando, en primer lugar, su oferta
bibliográfica, que este año se vio reforzada gracias a libreros (contados, pero
son, y no confundamos con vendedores de libros) que decidieron apostar por la
calidad en lugar del olfateo comercial. Claro, la feria son sus libros, pero
también lo que ofrece su programa de actividades, que se vio recompensada con
salas llenas, al punto que debías hacer cola si en caso no encontrabas una
silla libre. No hablemos del buen gusto de la infraestructura, al respecto,
felicito a Germán Coronado por contratar a un arquitecto capaz, que hizo un milagro:
convertir en recorrido agradable lo que parecía un mercado en gestiones
anteriores.
Claro, ni hablar de los invitados
extranjeros, muchos de ellos escritores importantes y algunos de primera línea,
como Leonardo Padura, Jorge Edwards, Juan Villoro, Fabio Morabito, Margo Glantz
y Richard Ford. El público respondió a lo que se le estaba ofreciendo. Obviamente,
la representación local también tuvo lo suyo, pero en este sentido habría que
subrayar la participación de Renato Cisneros, de quien aún no leo su novela Dejarás la tierra. Más allá de
eventuales saludos y reparos a su nueva entrega, resulta importante ver a un
autor peruano con miles de lectores. Claro, se podría explicar el “fenómeno” en
función a su herencia mediática, pero tengamos en cuenta que Cisneros no está
ofreciendo un producto plástico, sino uno noble, que como tal, si no conecta con
su público potencial, este no dudaría pasar sin más de su libro. La herencia
mediática puede ayudar en los inicios de una trayectoria, pero no es
determinante en nada. Ya hemos visto otros ejemplos de autores que provienen de
los medios y cuyos libros no conocen otro destino que el olvido. Autores como
él son necesarios para una industria editorial, a la que permite apostar por
plumas que no tienen mucha resonancia. Ocurre en otros circuitos, así es que lo
dicho no tendría que sorprender.
Y siguiendo con los escritores locales,
ninguno que participó en esta feria puede quejarse. Todos se sintieron
importantes, al menos durante más de veinte minutos. Algunos cumplieron porque
se prepararon, en cambio otros no hicieron más que hablar huevadas y prestarse
a los mecanismos de la contactología. Además, lo que me quedó muy claro es que
la mayoría de nuestras plumas no están contentas con lo que tienen. Felizmente,
la literatura está en otro lado.
lunes, agosto 07, 2017
tdp: "destierro"
Texto de presentación, leído el domingo
6 de agosto. Sala José María Arguedas. FIL de Lima.
…
Buenas tardes.
Antes que nada, me gustaría agradecer a
María Fernanda Castillo del Grupo Editorial Planeta por invitarme a presentar
la nueva novela de Alina Gadea. El agradecimiento viene por partida doble,
puesto que la novela en cuestión es una de las mejores novelas peruanas que he
leído en los últimos años (y no hay nada mejor que poder hablar de los libros
que te gustan) y también porque la autora es muy amiga mía. El azar hizo su
parte, porque María Fernanda no sabía de mi amistad con Alina cuando me
preguntó si podía presentar su novela el día de hoy.
Y antes de hablar de Alina y su novela,
un dato ¿menor? que no puedo pasar por alto: la portada. De los
muchos libros peruanos presentados en esta edición ferial, la portada de esta
novela la rompe en su sobriedad y minimalismo. Felicitaciones a su responsable.
*
Lo mejor sería empezar con una pregunta:
¿qué pensamos cuando pensamos en la obra literaria de Alina Gadea? Cada uno de
nosotros puede tener su respectiva opinión, pero esta es la mía: Gadea es a la
fecha una de las plumas más destacadas de la narrativa peruana del presente
siglo. Nos encontramos aquí para celebrar la aparición de Destierro (Emecé del Sur, 2017), pero antes, tengamos en cuenta que
su aparición es una consecuencia natural de la obra narrativa que nuestra
autora ha ido construyendo desde 2009, año de la aparición de su primera novela
Otra vida para Doris Kaplan. Si
llevamos a cabo un fugaz ejercicio de memoria, Gadea ha recibido los saludos de
la crítica (entre positivos y ambivalentes), la atención de la prensa y, en
especial, de los sinceros favores de los lectores.
Pero este reconocimiento no ha sido
gratuito, más bien, obedece a una coherencia que la autora mantiene y exhibe en
su poética narrativa. Hablamos de su tópico recurrente: la representación del
mundo interno de la mujer y sus afanes por liberarse de las estrecheces morales,
sociales y emocionales. Por ello, habría que fijarnos mejor en su biografía
literaria. En este sentido, ¿por qué Alina Gadea es la tremenda escritora que
es? Fácil, al menos para mí la respuesta lo es: la contundencia que vemos en su
estilo es lo que ubica a Gadea como una narradora atendible. Bien lo
señalan los que saben, los maestros, desde Hemingway a Ford: la coherencia del
estilo en un proyecto de obra define la poética de los verdaderos escritores.
En este sentido, Gadea se propuso en sus novelas taladrar y conmover al lector
partiendo de un estilo diáfano, en apariencia aséptico, pero tramposo a fin de
cuentas. Lo hemos visto en toda su dimensión en su ya indicada primera novela,
también en Obsesión y La casa muerta, y ahora en el título que
nos reúne.
En la aparente sencillez de sus recursos
narrativos, Gadea ha forjado una obra sólida. Es decir, no hablamos de una
pluma vendida a los intereses del mercado, mucho menos a los tanteos de las
vertientes estilísticas y temáticas de moda. Gadea ha sabido edificar una comunidad
de lectores a cuenta del Gadea Style, o sea, por medio de una claridad
expresiva cargada de palabras nerviosas y mucha poesía en sus silencios, en
realidad, demasiada poesía, que en Destierro
alcanzan cimas que difícilmente vamos a olvidar.
Una muestra al vuelo: “Nos hemos quedado
dormidos. La tarde ha caído y yo despierto como quien sale de la reventazón de
una ola salada. Él observa la foto de su hijo y el mío junto con los demás
niños de la clase… Cierro fuerte los ojos. Tengo miedo de ser una caja vacía.
Papel amarillento en un cajón.”
En Destierro
asistimos a la potencialidad narrativa de Gadea. Destierro no es un paso más en su trayectoria, es su novela
consagratoria que la posiciona como una voz interesante de la narrativa peruana del presente siglo.
Esta novela de poco más de cien páginas
es extremadamente peligrosa. En ella, Gadea cuenta mediante una voz quebrada un
proceso de separación. Pero aquí el tema, aparte de importante para su
linealidad histórica, es solo un pretexto, porque la verdadera protagonista de
la novela es su estilo, que canaliza el dolor y la posibilidad de emancipación
de la mujer que narra. Gracias a la sencillez de la prosodia, ingresamos a los
senderos emocionales de la voz que cuenta, y al contar esta voz ingresamos a
una dimensión del horror que supone toda separación, al quiebre emocional que
no solo deja daños inmediatos, sino también colaterales.
Mientras leía Destierro, me fue imposible no recordar una idea que esgrime Paul
Auster en su novela El palacio de la luna,
aquí su narrador Marc Stanley Fogg dice algo más o menos así: “lo más triste no
es la pérdida del amor, tampoco el rechazo de la persona que amaste, lo
verdaderamente trágico es no sentir absolutamente nada por la persona por la
que sentiste amor, ese es el vacío.”
Eso es Destierro, la radiografía del amor que ya no se siente, el amor
perdido que en el dolor busca su emancipación y en esa búsqueda el lector de
turno se identifica con la voz que narra, viajando en ella por un camino que se
manifiesta tortuoso, impactándolo y dinamitándolo. Alina Gadea consigue, gracias
a la poética transparencia de su estilo, quebrar los moldes narrativos
establecidos. Sin efectismo mentiroso, sin recursos narrativos promocionados
hasta el hartazgo el día de hoy y vendidos como “nuevos”, nuestra autora ve
justificada su lugar de relevancia en la tradición narrativa peruana. En Alina
Gadea, el estilo y la fragmentación son experiencia
literaria.
Muchas gracias.